sábado, 31 de octubre de 2020

Profesor de instituto, por Antonio Muñoz Molina

El terrorismo nunca es ciego. El que padecimos nosotros en el País Vasco y en muchos otros lugares de España ejerció su cirugía maléfica apuntando a cada uno de los pilares del Estado democrático: los defensores de la ley, los representantes de la soberanía popular, las voces intelectuales solitarias que se alzaban en los medios contra la resignación a la barbarie. Al terrorista su fanatismo no suele estropearle la puntería: el 16 de octubre, en Francia, un islamista le cortó medievalmente la cabeza al profesor de instituto Samuel Paty, que daba clases de Historia y Geografía, y de valores cívicos, y que en un debate con sus estudiantes sobre laicismo y libertad de expresión les había mostrado, entre otros materiales, las caricaturas de Mahoma de la revista Charlie Hebdo. El primitivismo mental de los fanáticos es perfectamente compatible con las tecnologías de la modernidad. Los apóstoles del 5G y de las redes sociales llevan ya décadas predicando, con un fervor que en algunos casos podía parecer ingenuo pero que a estas alturas ya solo es descarado y cínico, las múltiples bondades que esos inventos están esparciendo por el mundo, rompiendo barreras, favoreciendo la creatividad, la hermandad entre los seres humanos. Gracias a las redes sociales, o a las redes fecales, como tal vez convendría empezar a llamarlas, padres de alumnos hostiles al profesor Paty organizaron una campaña de odio contra él: en Facebook, en Twitter, en WhatsApp, en YouTube. El más activo fue el padre de una estudiante que según se supo después ni siquiera estaba en la clase. En un vídeo que se hizo rápidamente viral en medios extremistas musulmanes, este padre ultrajado aseguraba que el profesor Paty había mostrado una foto de un hombre desnudo diciendo que era Mahoma. La libertad de expresión y de crítica es un derecho fundamental en las sociedades democráticas, y ninguna ideología ni religión puede estar a salvo de ellas, explicaba cada año Samuel Paty a sus estudiantes, con ese entusiasmo vocacional que parece un don reservado a los profesores de instituto, y que tiene la virtud, si cae en terreno fértil, de espabilar para siempre a una inteligencia joven. Aprovechándose de esa misma libertad, padres de alumnos y militantes islamistas empezaron a llamarlo canalla, enfermo, blasfemo, propagandista de la pornografía. A quienes vivimos del uso libre de las palabras nos provoca un rechazo visceral cualquier intento de ponerle límites, incluso cuando se usan para mentir e insultar. Pero los enemigos del profesor Paty, además de bravatas e insultos, también difundieron por las redes sociales su foto, y la dirección del centro en el que enseñaba. Las palabras son inocuas hasta que llega el momento en que se convierten en actos. Un viernes por la tarde, el profesor Paty salió del instituto con el cansancio físico de varios días de trabajo escolar y la perspectiva tan grata del fin de semana. Se fue despidiendo por el camino de los alumnos, y al llegar a la puerta puede que no se fijara en que alguien lo señalaba con el dedo a un desconocido también muy joven pero que no tenía pinta de estudiante. La fe religiosa y el interés tampoco tienen por qué estar reñidos: al alumno o alumna que señaló a su profesor el asesino le pagó 350 euros. Un poco después el cuerpo decapitado del profesor Paty yacía en una acera sobre un charco de sangre. Al asesino, al justiciero, solo le quedaban unos minutos de vida, pero tuvo tiempo de tomar una foto con el móvil de la cabeza del infiel y subirla a su cuenta de Twitter. Estuvo recibiendo alegres visitas y parabienes hasta que por orden del juez fue cancelada. Samuel Paty tenía 47 años, y un hijo de cinco. Quienes lo conocieron recuerdan a un profesor entusiasta, enamorado de su trabajo, orgulloso de haberlo ejercido en barrios de trabajadores e inmigrantes, en los que la enseñanza pública cobra su máxima relevancia como instrumento de formación y de ciudadanía, como uno de los pilares de lo que en Francia se llama con reverencia y solemnidad la República. A nosotros todo lo solemne nos despierta rechazo, o burla, porque nuestra idea de la solemnidad la asociamos tristemente al autoritarismo eclesiástico y cuartelario de la dictadura, también porque nuestra sórdida tradición de sectarismos y discordias políticas nos han privado de instituciones o símbolos merecedores del respeto de la inmensa mayoría. Pero cuando se ven las imágenes del homenaje nacional al profesor Samuel Paty en el patio de La Sorbona, su foto sostenida en el escenario por un oficial de la Guardia Republicana con uniforme de gala, o cuando se leen los discursos pronunciados en la ceremonia, uno no puede no sentir cierta envidia, una profunda melancolía civil y española: hay ocasiones supremas en que la democracia ha de ser solemne, y afirmar explícitamente sus valores con sobria elocuencia, y honrar a quienes los defienden y los enseñan. Al ensañarse con un profesor de un instituto de barrio los islamistas están revelando el valor de lo que hace, la importancia que ese trabajo en apariencia tan común tiene en el orden de la vida democrática. Eligiendo La Sorbona para la ceremonia de homenaje, se está reconociendo a la enseñanza secundaria lo que muchas veces no se aprecia, el rigor de un ejercicio intelectual y de un proceso de transmisión y aprendizaje que con mucha frecuencia influye más en el porvenir de las personas que su paso por la universidad. Yo recuerdo uno por uno a los profesores, hombres y mujeres, que tuve en mi bachillerato superior, en un instituto público. Eran mucho más jóvenes de lo que a nosotros nos parecían entonces, antifranquistas, respetuosos, como adelantados de un país que aún no existía, y que ellos empezaban a hacer posible al abrirnos los ojos. Sabían mucho, y casi todos lo explicaban muy bien, pero no solo aprendíamos de sus especialidades: también del hecho simple y novedoso para mí de compartir la clase varones y chicas, y de que fueran también voces de mujeres y no solo de hombres las que nos incitaban al conocimiento, y las que se dirigían a nosotros con un respeto exigente y cordial. Dijo Macron en su discurso en La Sorbona: “Daremos a los profesores la autoridad y el lugar que les corresponden, los formaremos, los consideraremos como se merecen, los apoyaremos, los protegeremos en todo lo que haga falta”. Palabras semejantes agradecerían escuchar los colegas españoles de Samuel Paty, dichas con algo de solemnidad y vehemencia.

miércoles, 28 de octubre de 2020

Fuga hacia la realidad, por David Trueba

Fue un error llamarlo la nueva normalidad. Porque no existía la antigua normalidad. Pongamos un ejemplo. En los días en que se derribó militarmente al Gobierno de Bolivia y acontecían terribles situaciones por casi toda Latinoamérica, leí una tribuna muy persuasiva en la que se venía a decir que el único modelo para el continente era Chile. Sus datos macroeconómicos lo situaban como ejemplo de gestión. Y sin embargo, a los tres días estalló una revuelta generalizada en Santiago. Tras la fachada había termitas y un destrozo generalizado de la igualdad, con sectores vitales como el sanitario y educativo confiados a la privatización más dura y desalmada. El domingo se aprobó en votación proceder al redactado de una nueva Constitución. Quizá se termine así con un periodo convulso y violento, respondido por fuerzas represoras desmesuradas. En Bolivia, tras una larga pausa, se repitieron elecciones y triunfó el partido que había sido desocupado del Gobierno bajo la amenaza de las fuerzas armadas y una dudosa intervención de instituciones de salvaguarda. Es bien complicado llamar a algo normalidad. Y sin embargo, nos hacíamos ilusiones con eso de atravesar la crisis sanitaria apresuradamente y alcanzar la nueva normalidad. Sería mejor hablar de la realidad. Y por lo tanto, observar con atención en qué consiste la nueva realidad. Pero ahí llega el problema. De tanto mediatizar nuestra percepción, de tanto aislarnos y de tanto convencernos de que la revolución sería televisada o tuiteada, hemos dejado de lado la única estampa objetiva de nuestro tiempo: la calle. La calle no es una red social, es la red social. Cuando hemos necesitado una respuesta colectiva, responsable y atenta, se ha consumado el fracaso. Los discursos oblicuos de refutar por decreto lo que dice el partido contrario nos han empujado a fabricar asociaciones de escépticos, desgañitados y aprovechateguis. Si algunos se hubieran fijado en el efecto que tenía en la calle la negación de la gravedad de la crisis y el nulo rearme de los servicios sanitarios, ahora no se sorprenderían tanto de que haya fiestas clandestinas, desprecio por las precauciones y abandono del ideal de unidad. Llevamos demasiados años propiciando que la zoquetería sea la más rentable postura pública. Los niños españoles han crecido convencidos de que ser tramposo precoz, gañán de reality y caradura profesional era su única posibilidad de alcanzar la relevancia. Eso era la normalidad. Que un chico en España quisiera estudiar o apostar por la ciencia o el arte significaba remar a contracorriente, ser un antisistema. Ahora nos topamos con la realidad hecha añicos, que es más dolorosa e inmanejable de lo que pensábamos. Para ponerse a pegar todas las piezas necesitamos un esfuerzo mucho mayor que el de respetar la distancia de seguridad y calzarse la mascarilla. Necesitamos reformular el concepto de asociación colectiva de intereses. El toque de queda se dicta cuando se pierde el control de la calle por parte de la autoridad. Una sociedad democrática no puede permitirse el lujo de perder la calle, porque es el territorio de su realidad y el pilar básico de su autoestima

miércoles, 14 de octubre de 2020

El don de la ubicuidad, por Sergio Ramírez

De los muchos rasgos diversos del arte de novelar de Mario Vargas Llosa, a quien celebramos al cumplirse el décimo aniversario de su premio Nobel, hay uno que me ha admirado siempre, y es el poder de apropiarse de lo que de primera intención llamaría escenarios lejanos, o escenarios ajenos. Esa virtud excepcional de naturalizar los ambientes extranjeros la he hallado antes en Graham Greene; y sólo para referirme a sus novelas de ambiente latinoamericano, cito El poder y la gloria, que se ubica en Tabasco en la época del enfrentamiento religioso que siguió a la revolución mexicana; Nuestro hombre en La Habana, situada en Cuba en los años cincuenta, en vísperas de la revolución; Los comediantes, en Haití, bajo la dictadura de Papa Doc Duvalier; y El cónsul honorario, años setenta, en el nordeste de Argentina. Se podría obviar el tema bajo el alegato de que, en la medida que un escritor gana en formación cosmopolita, y se desprende de la piel nacional, entra con facilidad en cualquier otro escenario, y lo asume como propio; y porque, al fin y al cabo, la novela es artificio y simulación, y todo se consigue con habilidad suficiente. Pero no es tan sencillo. Porque lo primero que un escritor debe lograr es convencer al lector local de que le está contando con propiedad el entramado de su propia historia; que es convincente cuando le describe las calles, barrios y plazas, metederos y cantinas, y que le está hablando con los matices de su lengua de todos los días. Y no se puede tocar de oídas, a riesgo de hacer chirriar el violín. El escenario natural de un novelista está formado por sus percepciones sensoriales de la infancia y la juventud, que es cuando se fija la memoria sentimental, y visual, y esos años de formación vienen a ser raíz de la experiencia duradera que luego se refleja en la página escrita. Lo aprendido y lo percibido es lo contado. A los otros escenarios hay que trasladarse. Si habláramos de escenarios concéntricos en Vargas Llosa, el primero de esos escenarios es Lima, descrita en La ciudad y los perros, y luego en Conversación en la catedral. Cuando se empieza a hablar de novela urbana en América Latina, Lima es la urbe de Vargas Llosa, con una población que aún no supera el millón y medio de habitantes, y aún no deja de ser una ciudad provinciana, virreinal y todo, como puede apreciarse por el plano plegable que acompaña la primera edición de La ciudad y los perros. El siguiente de esos escenarios concéntricos sería el territorio del Perú, como tal, que empieza a estar presente en otra de sus obras fundamentales, La casa verde, un escenario muy geográfico, que se desplaza de ida y vuelta de la Amazonia a la costa norte del Pacífico, entre Santa María de Nieva e Iquitos, y Piura. La Amazonía, a la que regresará en Pantaleón y las visitadoras, y se volverá recurrente en sus novelas. Pero hay un tercer escenario, que está situado en el círculo exterior, donde las fronteras nacionales quedan atrás, y la experiencia narrativa se extiende hacia el ámbito que podemos llamar extranjero, por extraño. En La guerra del fin del mundo, en La fiesta del chivo, o en Tiempos recios, esos territorios son Brasil, República Dominicana, y Guatemala, países donde el novelista nunca ha vivido, y ha debido hacer una investigación de campo exhaustiva para documentar esas novelas: La guerra de los canudos, en el nordeste de Brasil a finales del siglo XIX; la dictadura sanguinaria del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana, hasta su asesinato en 1961; y el derrocamiento de Jacobo Árbenz en 1954, urdido por hermanos Dulles bajo la administración Eisenhower; así se da paso al régimen militar del coronel Carlos Castillo Armas, asesinado en 1957 por mano del infaltable Trujillo. El siniestro ambiente que vive la República Dominicana bajo el trujillato, recreado por Vargas Llosa, puede hallarse también en una novela como Galíndez, de Manuel Vázquez Montalván, otra apropiación a distancia; o en La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Diaz, un dominicano nacido en Estados Unidos que escribe desde la distancia la diáspora, en inglés. Los tres periodos en referencia no son contemporáneos al novelista peruano; hay que rastrearlos en la historia, y exigen, por tanto, una aproximación más compleja, la investigación que haría un historiador, o un periodista. Son materiales que pueden dar claves al tema, pero no resuelven la dificultad mayor, que es la de entrar en la atmósfera local; un asunto que no es solamente de escenario, sino también de lenguaje, y de la sutileza de las percepciones. El poder de la narración, para convencer acerca de la veracidad de lo narrado, pasa a depender entonces de la facultad de penetración, que va más allá de la habilidad técnica para contar, y ordenar los materiales. Este don de ubicuidad literaria hace que el novelista puede situarse dentro de lo ajeno, no como quien va de visita, sino como quien se queda a vivir, o ha vivido siempre allí. Porque ha podido convertir la imaginación en herramienta de apropiación, y es capaz de volver verdadero lo ficticio.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

La otra pandemia, por Antonio Muñoz Molina

A cada momento la política española se va volviendo más tóxica que el virus de la pandemia. Día tras día, desde principios de este septiembre desolador, las noticias sobre el aumento de los contagios y las muertes las hemos visto agravadas por el espectáculo cochambroso de la discordia política, de la ineficacia aliada al sectarismo, de la irresponsabilidad frívola que poco a poco va mutando en negligencia criminal. La política española es tan destructiva como el virus. Contra el virus llegará una vacuna, e irán mejorando los tratamientos paliativos; contra el veneno español de la baja política no parece que haya remedio. Los científicos nos dicen que nuestro país tiene vulnerabilidades mayores que otros. Los epidemiólogos comparan cifras que nos sitúan a la cabeza de Europa en enfermos, en muertos, en sanitarios contagiados. Las instituciones económicas internacionales nos alertan de una recesión más grave que la de ningún otro país de la Unión Europea. Nuestra economía no había caído tanto desde la Guerra Civil. Una generación entera tiene en suspenso su porvenir porque no se sabe si podrán seguir abiertas las escuelas. Pero la clase política española, los partidos, los medios que airean sus peleas y sus bravatas, viven en una especie de burbuja en la que no hay más actitud que la jactancia agresora y el impulso de hacer daño, y el uso de un vocabulario infecto que sirve sobre todo para envenenar aún más la atmósfera colectiva, para eludir responsabilidades y buscar chivos expiatorios, enemigos a los que atribuir las culpas de todos los errores. Es el virus el que mata, pero mataría muchísimo menos si desde hace muchos años la incompetencia, la corrupción y el clientelismo político no hubieran ido debilitando las administraciones públicas, expulsando de ellas a muchas personas capaces, sumiendo en el desánimo a las que se quedaban, privándolas de los recursos necesarios que acaban dilapidados en privatizaciones tramposas o en nóminas suntuosas de parásitos. El buen gobierno, la justicia social, necesitan lo primero de todo de una administración honesta y eficiente. Las mejores intenciones naufragan en la nada o en el despropósito si no hay estructuras eficaces y flexibles y funcionarios capaces que las mantienen en marcha. Un logro tan necesario como el ingreso mínimo vital queda empantanado por la indigencia de una administración desbordada. España es un país de discursos sonoros y de teléfonos oficiales que no contestan nunca, de asesores innumerables y centros de salud en los que falta material sanitario y hasta de limpieza, de dirigentes políticos que prometen el paraíso de la independencia o la igualdad y médicos que para subsistir han de firmar contratos de una semana o de un día. La Comunidad de Madrid tiene el ritmo de contagios más alto del mundo y su pomposo vicepresidente inaugura un dispensador de gel hidroalcohólico en una estación de metro. Ciento cincuenta científicos de primer rango publican en The Lancet un manifiesto en el que solicitan que las administraciones españolas hagan un examen completo, riguroso e independiente de la gestión de la pandemia en nuestro país. El manifiesto aparece a principios de agosto, cuando la curva de contagios ya está ascendiendo: ni una sola institución se hace eco; a mediados de septiembre, y solo después de que se publique un segundo manifiesto más alarmado todavía, el ministro de Sanidad propone a los científicos un encuentro para octubre. Se ve que no hay prisas. Médicos, enfermeros, limpiadores, repartidores de comida, reponedores de supermercados, policías, militares, cuidadores en residencias de ancianos, profesores, farmacéuticos: el número y la calidad de las personas que entregaron sus vidas haciendo trabajos esenciales durante los días más oscuros del confinamiento nos dan confianza en la solidez de nuestro país, más meritoria porque se mantiene en lo posible a pesar de un clima político destructivo y estéril, de una clase política en la que sin la menor duda habrá personas honradas y capaces, pero que en su conjunto, en la realidad cotidiana de su funcionamiento, se ha convertido en un obstáculo no ya para la convivencia civilizada, sino para la sostenibilidad misma del país, para la supervivencia de las instituciones y las normas de la democracia. No es que se muestren cada día incompetentes o irresponsables en la gestión de los problemas que nos agobian; es que se dedican activamente a agravarlos, impidiendo cualquier forma de acuerdo constructivo, y con mucha frecuencia a crear otros que solo existen porque ellos los han inventado, a fin de echar más leña al fuego de la bronca diaria. Viven tan encerrados en sus intereses que no tienen capacidad de dirigirse con generosidad y elocuencia al común de la ciudadanía que representan, y de la que viven. Hablan en público y solo les hablan a los suyos. Por perjudicar al adversario son capaces de sabotear lo que sería beneficioso para la mayoría. En lugar del debate público, del intercambio de ideas, de la búsqueda de mejoras prácticas, prefieren el circo venenoso de las redes sociales, que son el juguete y el escaparate al que todos ellos se han afiliado. Ya nadie se acuerda, pero hace un año tuvimos que repetir elecciones, porque los partidos más favorecidos por la ciudadanía en las elecciones anteriores de abril fueron incapaces de llegar a un pacto de gobierno, lo cual nos obligó a una larga interinidad de la que solo empezábamos a salir, de manera vacilante, cuando irrumpió la pandemia y nos puso delante sin excusa todas las fragilidades que llevan muchos años arrastrándose por la incuria y la incapacidad de la clase política. Pareció entonces, hacia principios de marzo, que el peso brutal de la realidad forzaría entre los dirigentes y los partidos un grado de sensatez, un sentido de la responsabilidad equivalente al de los ciudadanos que de un día para otro cambiaron sus hábitos y acataron el encierro, cuando no al de los sanitarios y a los servidores públicos que con frecuencia en condiciones lamentables ejercieron durante meses un tranquilo heroísmo. Era tan evidente lo que nos hacía falta que parecía imposible que no se forjaran grandes pactos para conseguirlo. Pero yo recuerdo que en los días más oscuros la derecha española daba tanto miedo en su saña destructiva como el coronavirus, y se confabulaba perfectamente con esa otra derecha integrista que a algunos les parece de izquierdas tan solo porque se declara antiespañola: a quienes más se parecen ahora los independentistas catalanes en su insolidaridad y en sus ganas de gresca y de aprovechamiento del desastre es a los patriotas españolistas que malgobiernan la Comunidad de Madrid. A unos y a otros, el daño que puedan hacer al Gobierno central les importa más que el perjuicio de todos. Y en el Gobierno mismo, mal avenido y desnortado, los bocazas y los irresponsables entorpecen el trabajo de los que sí saben lo que hacen. No sé, sinceramente, qué podemos hacer los ciudadanos normales, los no contagiados de odio, los que quisiéramos ver la vida política regida por los mismos principios de pragmatismo y concordia por los que casi todo el mundo se guía en la vida diaria. Nos ponemos la mascarilla, guardamos distancias, salimos poco, nos lavamos las manos, hacemos nuestro trabajo lo mejor que podemos. Si no hacemos algo más esta gente va a hundirnos a todos.

lunes, 31 de agosto de 2020

El supuesto virus del fascismo, por Emilio Gentile

Una de las consecuencias de la covid-19 en Italia es el descubrimiento de que el fascismo es un virus mutante, aún presente y peligroso. No tengo constancia de que nadie, para corroborar este hallazgo, haya asociado la aparición de la covid-19 en 2019 con el centenario del nacimiento del fascismo, que tuvo lugar en 1919. En realidad, el descubrimiento del virus fascista precedió a la covid-19. De hecho, en abril del año pasado, el escritor Andrea Camilleri afirmó: “El fascismo es un virus mutante”. Desde entonces, los avisos de alarma contra el fascismo viral han sido repetidos por la Asociación de Partisanos Italianos (Anpi), por periodistas, intelectuales e historiadores jóvenes y no tan jóvenes. Este año, el Día de la Liberación, que conmemora desde 1946 la victoria del antifascismo sobre el fascismo el 25 de abril de 1945, se celebró sin manifestaciones populares, debido a las prohibiciones impuestas por la covid-19. Un anciano partisano declaró: “Hoy el fascismo ha sido derrotado, no vencido. Y nunca se llegó a encontrar una vacuna”. A principios de agosto, el comité antifascista de un municipio lombardo asoció explícitamente la covid-19 “con otro virus que nunca ha sido erradicado: el fascismo”. Sorprende y, confesémoslo, causa dolor, oír decir, en el septuagésimo quinto aniversario de la Liberación, que el antifascismo solo ha ganado una batalla, y no la guerra, contra el fascismo. El descubrimiento del virus fascista puede dar la falsa idea de que el virus ha circulado hasta ahora de forma oculta. Muy al contrario, para detectar la presencia del fascismo en la Italia republicana no es necesario recurrir a la epidemiología, sino que basta y sobra con la historia. En las siete décadas de democracia, ha habido y sigue habiendo en Italia movimientos que se autoproclaman fascistas, a menudo rivales entre sí, por más que desde 1952 esté en vigor una ley que prohíbe cualquier movimiento apologético del fascismo, es decir, que se remita a los principios y métodos del fascismo. Además, entre 1946 y 1994 Italia tuvo el partido neofascista más vigoroso de Europa, el Movimiento Social Italiano (sus militantes leían sus siglas MSI como “Mussolini sei inmortale”), y durante algunos años fue el cuarto partido más votado, con administradores municipales, diputados y senadores, que en ocasiones contribuyeron a elegir al presidente de la república antifascista. Hubo grupos neofascistas responsables de complots golpistas y de acciones terroristas. Algunas de las asociaciones neofascistas más violentas fueron disueltas por la ley de 1952. Sin embargo, en 1984, el secretario del partido neofascista rindió homenaje a los restos mortales del secretario del partido comunista. Cuatro años después, dos destacados dirigentes del partido comunista rindieron homenaje a los restos mortales del presidente del partido neofascista. Siete años más tarde, en 1995, el partido neofascista se transformó en un partido posfascista, después de que declarara oficialmente que el antifascismo había sido “un momento históricamente esencial para el retorno de los valores democráticos que el fascismo había conculcado”. Esta declaración podría ser considerada por los antifascistas de 1995 como la confirmación de que en 1945 el antifascismo había ganado definitivamente la guerra contra el fascismo. Además, entre 1994 y 2011, representantes del partido posfascista elegidos democráticamente formaron parte de los Gobiernos presididos por Silvio Berlusconi, democráticamente constituidos de acuerdo con el voto de los electores. En 2010, el partido posfascista dejó de existir, tras disolverse para fusionarse con el partido de Berlusconi o dar vida al nuevo partido posfascista Hermanos de Italia, que en su mismo símbolo se proclama epígono del Movimiento Social Italiano. Es evidente, por lo tanto, incluso por estos breves apuntes, que no tiene sentido hablar de un “regreso del fascismo” porque en la Italia republicana nunca han faltado los fascistas, en generaciones sucesivas, e incluso han estado en el Gobierno, si bien nunca han logrado poner seriamente en peligro la democracia fundada por los partidos antifascistas. Con todos sus avatares y su ocasional inestabilidad, la república antifascista ha sabido garantizar las libertades políticas y civiles, incluso a fascistas y neofascistas. Esta garantía fue la consecuencia de la definitiva victoria del antifascismo en 1945. Sin embargo, en la Italia de hoy, el 68% de los entrevistados, en una encuesta del Pew Research Center, se declara insatisfecho con la democracia; el mismo porcentaje que se recoge en España, mientras que en Inglaterra los insatisfechos son el 69% , en Francia el 58% , el 59% en los Estados Unidos. Pensar que todos esos ciudadanos se han contagiado con el virus fascista es ciencia ficción política o, cuestión más grave, es una forma de eludir la gravedad de los defectos consustanciales a la propia democracia cuando se convierte en una “democracia recitativa”, que conserva las elecciones libres para elegir a los gobernantes, pero renuncia a garantizar la libertad y la dignidad de todos los ciudadanos. En todo caso, no será la búsqueda de una imaginaria vacuna contra un imaginario virus fascista lo que curará a la democracia de sus males endógenos. Sea como sea, si queremos dar crédito a la teoría del fascismo viral, hay muchas graves cuestiones que se derivan de ello. Si alguna vez se descubre una vacuna antifascista, ¿solo se les inyectará a aquellos que dicen ser fascistas? ¿Cómo podremos identificar a los infectados entre aquellos que no se declaran fascistas? ¿Se inoculará solo a los contagiados o será obligatorio para toda la población sana? ¿Y cómo habrá que comportarse con las personas que la rechacen? ¿Y si el virus fascista, después de curarse una primera vez, vuelve como huésped al mismo cuerpo? Y lo más importante, ¿a quién se le conferirá el poder de identificar quién está infectado con el virus fascista, aunque no muestre síntomas del virus? Son cuestiones inevitables, que no suponen un desafío a la ciencia, sino a la seriedad de cualquier reflexión sobre el fascismo. La interpretación patológica del fascismo no es nueva. Ya en 1944 Benedetto Croce definía el fascismo y el nazismo como “una enfermedad intelectual y moral”, generada por la crisis de la fe en la libertad, que había contagiado a todas las clases. Pero al mismo tiempo, criticaba el uso de la palabra “fascista” como acusación e insulto, que los partidos antifascistas se lanzaban entre sí, mientras la guerra contra el nazismo y el fascismo aún estaba en curso. Esa misma advertencia la hizo en 1976 el líder comunista Giorgio Amendola, uno de los jefes de la Resistencia: “Todo aquel que está a la derecha se convierte en fascista. No me canso de decir, siempre que tengo ocasión, que conservador, reaccionario, autoritario, fascista son términos que corresponden a distintas formaciones políticas, a distintas realidades. Por lo tanto, no apruebo determinadas equiparaciones genéricas y superficiales”. Giorgio Amendola era hijo de Giovanni, líder de la oposición liberal antifascista de 1922 a 1926, cuando murió en el exilio tras sufrir violentas agresiones por parte de los fascistas. El dirigente comunista, que también era historiador, rechazaba asimismo la teoría del “regreso del fascismo”: “Suele verse el fascismo italiano como un fenómeno que se repite, como si hubiera una categoría universal de fascismo. Es una abstracción que rechazo”. Pasadas otras cuatro décadas, la nueva teoría del fascismo viral demuestra que las advertencias del filósofo liberal y del político comunista han sido vanas. Quienes hablan del fascismo como un virus ignoran probablemente que se están haciendo eco del racista y antisemita Adolf Hitler, quien definía al judío como “portador de bacilos de la peor especie”. En esta situación, más que un “regreso del fascismo”, es de temer una mutación en la imagen del antifascismo para las nuevas generaciones. Después de los movimientos patrióticos del Risorgimento que llevó a la unidad de Italia, el antifascismo fue un heroico movimiento de voluntarios, hombres y mujeres, militantes en diferentes partidos, dispuestos a sacrificar sus vidas, como muchos lo hicieron, en el momento más trágico de la nación, para devolver a los italianos la libertad y la dignidad de un pueblo soberano. Y lo consiguieron, con la decisiva ayuda de los aliados, combatiendo y venciendo al más formidable enemigo de la soberanía popular. Ahora, a pesar de las intenciones de sus partidarios, la teoría del fascismo viral podría reemplazar la imagen histórica del antifascismo heroico y victorioso por otra imagen, ni heroica ni victoriosa, de un antifascismo transformado en movimiento estacional para la periódica caza del “fascista” de turno. Con el riesgo de lograr así un resultado que ni siquiera el fascismo histórico logró alcanzar nunca: ridiculizar el antifascismo. Emilio Gentile es historiador. Autor de Quién es fascista (Alianza). Traducción de Carlos Gumpert.

miércoles, 12 de agosto de 2020

La contagiosa y súbita decisión de abandonar la escuela antes de tiempo. Por Éric Dion y Véronique Dupéré

¿Qué empuja a un adolescente a dejar los estudios antes de tiempo, sin tener unas cualificaciones básicas? Los investigadores canadienses Éric Dion y Véronique Dupéré sospechaban que tenía que haber algo más que la falta de apoyo de los padres, las brechas socioeconómicas y los limitados recursos institucionales para alumnos con dificultades de aprendizaje, y por eso se lanzaron a comprobarlo estudiando a grupos de jóvenes de Quebec, una provincia donde la tasa de abandono escolar temprano es del 17%, casi la misma que en España (17,3%). Y efectivamente concluyen, en dos artículos que han publicado como autores principales entre 2017 y el pasado mes de julio, que hay un momento crítico, durante los últimos meses antes de dejar la escuela, en el que también pesan enormemente sobre la decisión el hecho de vivir algún suceso perturbador y estresante, y hacerlo en un entorno en el que el abandono es algo muy común y, por tanto, perfectamente aceptable. “Se ha subrayado mucho que una persona abandona las aulas porque arrastra una serie de problemas desde hace años. Sin embargo, hemos constatado que la mitad de los alumnos de secundaria que renunciaron a sus estudios tenían una trayectoria sin grandes sobresaltos. Por eso pensamos que hay eventos que influyen poco tiempo antes de tomar esta decisión”, explica Dion, profesor de Educación en la Universidad de Quebec en Montreal. Los autores se refirieron a ellos como los “desertores discretos”. En 2017, Dion y Dupéré ―profesora de psicoeducación en la Universidad de Montreal― mostraron en una investigación que el 40% de un grupo de adolescentes quebequeses que habían abandonado la secundaria vivieron un evento estresante de envergadura en los tres meses anteriores. Solo una pequeña parte de esos sucesos (uno de cada cuatro) tenía que ver con el rendimiento escolar, el resto fueron conflictos con otros compañeros o con profesores, cambios de instituto, crisis familiares, rupturas amorosas e, incluso, problemas legales (como acusado pero también como víctima) o de salud. Hace unos días, Dion y Dupéré completaron el análisis con la publicación de un artículo en The Journal of Educational Psychology en el que explican que el abandono escolar puede también darse por “contagio social”. Algunos académicos ya habían señalado el impacto de que un hermano o un amigo renuncie a las aulas. No obstante, Dion y Dupéré decidieron tomar en cuenta a estos dos actores con mayor profundidad, pero también a las parejas sentimentales para constatar qué influencia podrían tener y saber, igualmente, cuánto tiempo dura este periodo crítico. Para ello, trabajaron con una muestra de 545 alumnos de 12 secundarias de Montreal y sus alrededores. Solo uno de cada cuatro jóvenes que habían abandonado la escuela tenía a todos los miembros de su entorno estudiando. “Cuando aparece como una posibilidad” Dion afirma que el punto crítico se da “al surgir la idea de que abandonar la escuela puede estar bien, cuando aparece como una posibilidad”. El académico precisa: “No es una decisión tomada en función de un análisis a largo plazo. Puedes pensar que tu amigo ya no tiene responsabilidades escolares, consiguió un trabajo y no le va mal, pero sin ir más allá”. Dupéré añade: “En la adolescencia eres más sensible a tu entorno. Investigadores en otras áreas ya habían utilizado el concepto de ‘contagio social’ en los jóvenes. Por ejemplo, en actos delictivos. Hemos comprobado que también ocurre con el abandono escolar”. En sus conclusiones, los canadienses indican que cuantos más casos de deserción escolar existan en el círculo social de un adolescente, más probable será que siga el mismo camino. Asimismo, constataron que el periodo crítico para “imitar” estos comportamientos era menor a un año. El artículo menciona que los casos más numerosos de “contagio” se dan entre amigos, ya que la red de amistades es generalmente la más abundante. Pero la influencia puede ser más fuerte por parte de un hermano o de una pareja sentimental. Canadá tiene una tasa de abandono escolar del 11%. Ontario es la provincia con la tasa más baja (7%) y Quebec, donde investigaron Dion y Dupéré, tiene la más alta, ese 17% similar al de España. Una cifra que le convierte en el país de la Unión Europea con la mayor tasa, sin haber alcanzado el objetivo del 15% señalado por la Estrategia UE-2020. Croacia tiene la cifra más baja, por debajo del 3%. Cabe señalar que existen diferencias significativas entre las comunidades españolas. Basta con mostrar la brecha entre Baleares (24,2%) y el País Vasco (6,7%). Álvaro Choi, profesor de economía de la educación en la Universidad de Barcelona, comenta que, pese a avances significativos durante décadas, la tasa elevada de España obedece a factores como el nivel educativo y socioeconómico de los hogares; también a la estructura misma del sistema educativo: “Por ejemplo, la obligación de tener que superar todas las asignaturas al acabar la ESO para poder cursar ciclos de formación profesional constituía un obstáculo para el mantenimiento de los alumnos dentro del sistema educativo. El menor desarrollo y prestigio de los ciclos de formación profesional tampoco ayuda. Otro elemento sería el abuso de la repetición de curso como receta universal para ‘mejorar’ el rendimiento de los alumnos con dificultades en el aprendizaje”. Agrega sobre el caso español: “En las últimas décadas se ha observado que la tasa de abandono escolar prematuro aumenta en períodos de crecimiento económico, sucediendo lo contrario en épocas de crisis”. Esto obedece, según Choi, a que surgen oportunidades laborales para trabajadores con reducidos niveles de cualificación. Labor de orientación Respecto a la forma de reducir el “contagio” del abandono escolar, Dupéré señala: “Hay herramientas existentes que pueden servir. Por ejemplo, pensemos en las intervenciones tras una tentativa de suicidio, donde se conversa con el entorno. Podríamos hacer lo mismo con la deserción”. Choi subraya: “La labor de orientación de profesores y, en el caso de haberlos, de orientadores escolares, resulta especialmente relevante en entornos en los que los referentes educativos positivos escasean”. De acuerdo con los expertos, la deserción escolar podría aumentar significativamente a raíz de la pandemia. “Estamos frente a una situación sin precedentes y la incertidumbre es terreno fértil para dejar la escuela. Algunas investigaciones ya nos dan pistas. Por ejemplo, a muchos jóvenes con problemas de aprendizaje les parece duro iniciar el año escolar tras las vacaciones. Este es un factor de expulsión. Por otro lado, hay factores de atracción, como sucede cuando uno de tus hermanos deja la escuela. Todo esto puede amplificarse con la covid-19. Las instituciones educativas deben hacer un esfuerzo suplementario en estos tiempos”, señala Dupéré. Para Choi, la pandemia ha tenido un efecto negativo sobre todo el alumnado, aunque no de forma homogénea. “El impacto sobre alumnos de hogares con menores recursos y menor nivel educativo ha resultado más acusado. A su vez, ha existido gran diversidad entre centros educativos a la hora de implementar la educación online. Por tanto, esta pandemia muy probablemente ha aumentado la brecha educativa por nivel socioeconómico. Cabe recordar que el alumnado con un menor nivel socioeconómico ya tenía, antes de la pandemia, un mayor riesgo de abandono escolar prematuro”, afirma. Choi considera grave que aún no se hayan propuesto con vigor medidas compensatorias para los alumnos más vulnerables. “Se ha optado por minimizar la repetición de curso, y está bien que haya sido así, pero es insuficiente. Si no reducimos, y pronto, la brecha de aprendizaje, agravada por la pandemia, buena parte del alumnado más vulnerable corre un elevado riesgo de abandonar el sistema educativo”, añade.

domingo, 26 de julio de 2020

El espía en tu bolsillo, por Carissa Véliz

Tu móvil es un espía y un chivato. Ese intruso en tu bolsillo sabe más sobre ti que tú mismo. Y le va contando a otros todo lo que ve y escucha. El espionaje a los políticos catalanes nos recuerda lo vulnerables que son estos artefactos en los que confiamos nuestros datos más íntimos. Tu móvil sabe dónde vives, con quién duermes, si duermes bien o mal, a qué hora te despiertas, si has roto las reglas del confinamiento, quién es tu familia, quiénes son tus amigos lejanos y cercanos, quién es tu médico, y puede inferir miles de datos más a partir de sus muchos sensores.../... Cuidado con las apps que usas. Usa solo las necesarias, trata de verificar que sean confiables a través de una búsqueda en Internet, borra las que no usas, y no le des a ninguna app ningún acceso (a tu cámara, micrófono, localización o contactos) que no sea imprescindible. Para mandar mensajes, usa una app que utilice encriptación de extremo a extremo (end-to-end encryption). La app de mensajería más segura probablemente sea Signal. Puedes escoger que tus mensajes desaparezcan después de ser leídos. Así te proteges, no sólo de amenazas externas, sino también de la persona a quien le mandas el mensaje. Usa un e-mail seguro, por ejemplo, ProtonMail. Cuidado con conectarte a un wifi gratis. Tus datos personales quedarán expuestos al propietario de la red y a otros usuarios conectados al mismo wifi. Si es necesario conectarte a una red insegura, usa una VPN, pero asegúrate de que sea confiable, porque recibirá tus datos.

martes, 14 de julio de 2020

Y repintar sus blasones..., por José Álvarez Junco

Para qué sirven las estatuas, los monumentos, las lápidas? ¿Por qué dedican las sociedades, o más bien sus gobernantes, tanto dinero a erigirlos, tanto tiempo y saliva a inaugurarlos y a celebrar actos públicos ante ellos? La respuesta no es difícil, en principio: porque los hechos o personajes a los que se refieren esas piedras o bronces encarnan valores que creemos vertebran o cimentan nuestra comunidad. El primer y fundamental error, por tanto, es considerar a esos monumentos testimonios o vestigios del pasado. En ese caso, un historiador tendría algo o mucho que decir sobre ellos. Pero no es así, porque, más que con el pasado, se relacionan con el presente y la orientación que deseamos dar al futuro. LEER

martes, 7 de julio de 2020

Un periodo de recesión democrática, por Joaquín Estefanía

Existe la percepción creciente de que la democracia se encuentra en retroceso en la mayor parte del mundo, o porque hay países que la van debilitando en cuanto al incumplimiento de sus reglas del juego (los guardarraíles de la democracia), o porque hay otros que le hacen perder calidad por las nefastas decisiones de sus políticos, en el Gobierno o en la oposición. El politólogo de la Universidad de Stanford Larry Diamond, experto en estos asuntos, afirma que nos hemos internado “en un periodo de recesión democrática”. ¿Está la democracia en peligro? Esta es una pregunta que creímos que jamás volveríamos a hacer. Y sin embargo, crece la preocupación por los niveles de polarización sin precedentes que se utilizan en el mundo de la política, y que se desparraman al conjunto de las sociedades. ¿Se está ante el declive y desmoronamiento de la idea de la democracia tal como la hemos conocido? Los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en su ya clásico Cómo mueren las democracias (Ariel) recuerdan que antes solíamos creer que las democracias fallecen a causa de la actuación de hombres armados, pero que también pueden morir a manos de políticos elegidos, que la subvierten. Se fragiliza el concepto de tolerancia mutua, que alude a la idea de que siempre que nuestros adversarios acaten las reglas constitucionales, aceptamos que tienen el mismo derecho a existir, competir por el poder y gobernar que nosotros; se puede estar en desacuerdo con ellos, e incluso sentir un profundo desprecio por ellos, pero se los acepta como contrincantes legítimos. Algunos vierten lágrimas las noches electorales si vencen los del bando político opuesto, pero no consideran su victoria la llegada del apocalipsis. “La tolerancia mutua”, dicen Levitsky y Ziblatt, “es la disposición colectiva de los políticos a acordar no estar de acuerdo”. El contexto de brutal crisis no ayuda a revolver estos problemas sino que los multiplica. Desde hace una docena de años, con distintos picos de sierra, el capitalismo está viviendo dos crisis mayores: la Gran Recesión y la relacionada con la pandemia del coronavirus. En cada una de las cumbres de esas crisis ha habido una cara de las dificultades que ha sido la dominante, pero sin que se resolviesen los demás problemas; antes, crisis hipotecaria, financiera, de materias primas, de la economía real (paro), de estancamiento secular… Ahora, crisis sanitaria, económica, social… Todas conducen a una crisis política. Son trances recurrentes, acumulativos, no sucesivos. Además, el capitalismo vive una nueva etapa; ya no es el capitalismo industrial, financiero o corporativo de antaño (aunque contiene muchas de las características de cada uno de ellos); ahora se trata de lo que se denomina “capitalismo de vigilancia”. En los días aciagos de la Segunda Guerra Mundial se pidió al escritor E. B. White una definición sencilla de democracia: “Es el ‘no’ en ‘no empujar’ (…) es la sospecha recurrente de que más de la mitad de la población tiene razón más de la mitad del tiempo. Es la sensación de privacidad”. La anulación de esa sensación de privacidad es la principal baza de ese capitalismo de vigilancia. La profesora de Harvard Shoshana Zuboff, que es la que ha puesto en circulación el concepto de “capitalismo de vigilancia” (en otoño aparecerá su libro en castellano), muestra que en este nuevo capitalismo, donde las experiencias de las personas (los datos) son reclamadas de modo unilateral por empresas privadas y convertidas en plusvalías, socava la democracia desde arriba y desde abajo: desde arriba, porque opera a través de asimetrías de conocimiento y poder sin precedentes, aumentando la desigualdad social en vez de reducirla; desde abajo, porque sus imperativos apuntan a la autonomía humana, la soberanía individual y la voluntad, capacidades sin las cuales la democracia es inimaginable. Zuboff remata su reflexión de forma terminante: el capitalismo de vigilancia intensifica los medios para modificar comportamientos y desmantela, por tanto, el sueño digital original “que imaginó Internet como una fuerza liberadora y democratizadora”. Más a más.

Démoslo por bueno, por Enric González

La monarquía española, instaurada por el generalísimo Francisco Franco, ha prestado grandes servicios al país. Fue el motor de la transición de la dictadura a la democracia, actuó decisivamente en la crítica noche del 23 de febrero de 1981 y logró ganarse un considerable respaldo popular. Hay quien dice que el discurso de Felipe VI contra el separatismo catalán, el 3 de octubre de 2017, fue tan significativo como el que había pronunciado su padre, Juan Carlos I, durante el secuestro de los diputados. Hay quien valora la estabilidad en la Jefatura del Estado. Hay quien, como Felipe González, prefiere “una monarquía republicana como la que tenemos a una republiqueta”. A falta de que alguien explique en qué consiste el celebrado oxímoron de la “monarquía republicana”, demos por buenos los servicios, la estabilidad y la protección frente al riesgo de la “republiqueta”, sea lo que sea eso. España ha visto auténticos prodigios durante estas décadas de monarquía parlamentaria. La mayoría de los partidos políticos se han financiado ilegalmente, representantes del Estado han cometido delitos de terrorismo, un director de la Guardia Civil se fugó con la pasta, un presidente autonómico declaró la independencia de Cataluña… Era casi lógico que un rey comprometido con su pueblo participara del espíritu nacional y se embolsara unas presuntas comisiones saudíes con las que presuntamente pagó una fortuna a una presunta antigua amante. Todo quedará en presunción porque el rey, en activo o en condición de emérito, disfruta de inviolabilidad e impunidad. Quizá las comisiones y la generosidad de quienes pagaban los festejos de Juan Carlos I beneficiaran en algún momento a su hijo, Felipe VI. Cosas presuntas. Demos por buena la coherencia. En un país desordenado, resultaría un poco absurdo que todas las instituciones sufrieran máculas menos una. Las piezas del entramado institucional han de marchar al mismo paso. ¿Se imaginan que un presidente de la República hubiera cometido los presuntos delitos de Juan Carlos I? Habríamos caído sin duda en la condición de “republiqueta”. Los medios de comunicación habrían titulado en caracteres gigantescos. El malestar social sería insufrible. Por suerte, disfrutamos de una monarquía. Se informa del asunto con discreción y prudencia. Impera la calma en la nación. Demos por bueno el sosiego. Por imperativo de la naturaleza y de la transmisión hereditaria, los reyes tienen familia. Es inevitable. Los familiares de los reyes a veces cometen delitos y van a la cárcel. A veces son jaraneros sin oficio pero con beneficio. A veces simpatizan con la ultraderecha: normal en quienes han crecido en un ambiente de inflamado nacionalismo, tradiciones rancias y privilegios abundantes. No hay de qué extrañarse. Fijémonos en la familia real británica: uno es sospechoso de pedofilia y corrupción, otro se larga del país… Evitemos las histerias, por favor. Son gajes de la institución. Demos por bueno el hecho de que las cosas son como son. Cabe señalar como posible inconveniente un pequeño detalle ideológico. Por los factores antes señalados (nacionalismo, tradiciones, privilegios y, para qué negarlo, dinero en abundancia), lo más probable es que un rey tienda al conservadurismo. Es decir, lo más probable es que los sucesivos jefes del Estado español sean siempre y eternamente de derechas. Ese inconveniente acaba siendo una ventaja. ¿Qué pasaría si hubiera un jefe del Estado izquierdista? Si con un gobierno más o menos progre como el de ahora (soslayemos su relativa ineficacia) hay tanta gente alterada y tanta prensa al borde del ataque de nervios, mejor nos quedamos con la monarquía, ¿no? Un último rasgo positivo de la institución monárquica española: por más importantes que resulten sus problemas y deficiencias, parece que nunca son muy importantes. La discusión sobre la organización del Estado nunca es prioritaria. Nunca es momento de abordarla. Aunque en palacio pase de todo, y estos últimos años ha pasado de todo, no pasa nada. Démoslo por bueno.