martes, 2 de abril de 2024

La promesa de un mejor pasado, por Juan Gabriel Vásquez (El País, 31/03/24)

El debate sobre el pasado y la memoria —que no son la misma cosa— o sobre la historia y la memoria histórica —que también son cosas muy distintas— ha vuelto a la superficie recientemente en España. Ocurre cada cierto tiempo, de distintas formas y con distintas intensidades, pero yo no recuerdo un solo momento de este siglo en que estas tensiones no hayan estado presentes entre los ciudadanos: la ley de memoria histórica, sin ir más lejos, cumplirá 17 años en unos meses. Ahora se trata de la embestida que los partidos de la derecha llevan a cabo en ciertas comunidades contra la Ley de Memoria Democrática, que no ha cumplido dos años todavía. No hay nada nuevo en ello: los políticos siempre han querido apropiarse del pasado. Pero tengo la impresión confusa de que ese interés en dominar nuestro pasado común, lo que llamamos historia, ha cambiado de naturaleza en los últimos tiempos, a veces permitiéndose atrevimientos que a los memoriosos —no somos muchos, por desgracia— nos parecen salidos de viejos manuales que creíamos superados. Y acaba uno recordando una vez más, y con algo de cansancio, el manoseado refrán de 1984: “Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado”. Sí, Orwell lo sabía bien, o lo sabían las autoridades de su dictadura ficticia. Siempre me ha gustado la coincidencia banal entre la publicación de la novela y un episodio breve de la historia colombiana, y no me resisto a anotarla aquí. Por esos años, Colombia se hundía en un estallido de violencia política sin precedentes —y esto dicho de un país que ya cargaba a sus espaldas más de un puñado de guerras civiles—, y los dos grandes partidos empezaron a negociar para acabar como fuera posible con la guerra partidista. Para las siguientes elecciones, en las que se definiría la suerte de ese país estremecido, el partido liberal proponía a Darío Echandía, un liberal moderado que había sido presidente designado en otros momentos críticos; pero pocos meses después, mientras caminaba por las calles de Bogotá como parte de una manifestación de liberales, Echandía fue víctima de un atentado. Sobrevivió, pero murió su hermano. Al día siguiente retiró su candidatura, y de todo el episodio quedó para la historia su frase melancólica: “¿El poder para qué?”. Esto ocurrió en 1949. La novela de Orwell, publicada ese mismo año, contenía una posible respuesta. El poder para esto, señor Echandía: para controlar el pasado. Pues quien controla el pasado, controla el futuro. Así es: el poder político es, entre otras cosas, la capacidad de imponer en una sociedad determinada una versión de la historia. Siempre ha sido así, como digo, pero fueron los totalitarismos del siglo XX los que mejor lo entendieron, o los que más jugo le sacaron. Lo que ha cambiado en tiempos recientes es, acaso, la facilidad con que lo hacemos o lo podremos hacer. Stalin tuvo que usar una técnica audaz y complejísima para eliminar a TrotskI y a Lev Kámenev de las fotografías que contaban la Revolución; en otro caso se insertó a sí mismo en la foto de un Lenin convaleciente, tratando de probar que lo había visitado en sus últimos días y ganar así derecho a ser su sucesor. Hay una foto fantástica en que Mussolini levanta una espada a lomos de un caballo, y hoy sabemos que hizo borrar al hombre que tenía al caballo de la brida para que nada entorpeciera su viril pose de prócer: como tantos dictadores, Mussolini era un hombre de masculinidad acomplejada. Pero nuestras sociedades entran ahora lentamente en una época peligrosa donde bastará un mínimo conocimiento informático para lanzar al mundo una imagen adulterada, convincente y, lo que es peor, influyente: para cuando se detecte el falseo, si es que se detecta, ya habrá conseguido sus consecuencias políticas. Pero no es esto, en estricto sentido, de lo que se habla en estos días. Es verdad que ese (no tan) valiente mundo nuevo de la inteligencia artificial me inquieta profundamente, y más me inquieta ver que a nuestros líderes no parece inquietarlos demasiado. Las leyes que regularán la inteligencia artificial no están en pañales: es que no se han concebido. Por supuesto, la ley va por detrás de la realidad, siempre persiguiéndola a marchas forzadas, siempre con la lengua afuera; y en este caso los avisos están claros, y las consecuencias de no actuar a tiempo son —literalmente— inimaginables. Pero nuestro debate de ahora no se refiere a imágenes de ningún tipo, ni a inteligencia artificial, sino a algo más familiar: la guerra por el relato. Alrededor de ella hay preguntas inmensas: ¿cómo se cuenta la historia? ¿Quién la cuenta, o quién debería contarla? ¿Cómo defendernos de los intentos groseros que hacen las fuerzas políticas por imponernos su relato interesado y tendencioso? Bajo todas estas preguntas yace una que, en su simpleza, me resulta conmovedora: ¿por qué es tan vulnerable el pasado? A eso se reduce todo, me parece. Y la respuesta es vertiginosa y a la vez sencilla: el pasado es vulnerable porque, en cierto sentido, solo existe mientras lo imaginamos. Una novela famosa comienza diciendo que el pasado es un país extranjero, y la metáfora está bastante bien, por lo menos en el libro, pero la realidad es más compleja justamente porque no es así: ya nos gustaría a muchos, pero el pasado no es un lugar físico al cual podamos ir para ver realmente cómo ocurrieron las cosas. Paul Valéry, que tantas veces y tan bien habló sobre estos temas, visitó a un grupo de estudiantes en 1932, y habló con ellos de nuestra relación difícil con los hechos de la historia. Los mismos hechos, les recordó a esos estudiantes, constituían un relato si lo contaba un historiador anticlerical y librepensador (Michelet, por ejemplo) y otro muy distinto si lo contaba un historiador conservador y ultracatólico de tendencias autoritarias (por ejemplo, Joseph de Maistre). ¿Cómo es eso posible? Valéry responde: es posible porque el pasado es “una cosa enteramente mental”. Y enseguida añade: “No es más que imágenes y creencias”. Desde que se dieron cuenta de las implicaciones que eso tiene, los políticos no han dejado pasar una sola oportunidad de adulterar esas imágenes, de manipular esas creencias. Lo hacen contando relatos cuya verdad sea difícil de comprobar para el ciudadano medio, que no tiene con frecuencia ni el tiempo ni los instrumentos para cuestionar lo que le digan, y con frecuencia no tiene tampoco la voluntad: pues las imágenes y las creencias que le llegan desde sus líderes políticos son siempre mucho más halagüeñas, más placenteras o menos incómodas que las que les proponen los otros. Es por eso por lo que el pasado histórico se está moviendo constantemente, dependiendo de vientos políticos o de inconstantes modas culturales: que se pongan o se quiten placas de mármol de nuestros lugares públicos no es sino la encarnación de esos fenómenos mentales. Hoy mismo parece que los populismos del mundo entero han descubierto, a falta de propuestas para mejorar el futuro de la gente, la inmensa rentabilidad de prometerles un mejor pasado. ¿Qué es un mejor pasado? Un espacio donde se sientan más cómodos, menos culpables, menos responsables. Es un error aceptarlo; es un error doble aceptárselo a los políticos. Sería como aceptar una foto adulterada. ¿Quién decide lo que sale en la foto? Que no sean ellos, por favor. Que no sean ellos.

Ejercicio de castidad, por Cristina Sánchez-Andrade (El País, 31/03/24)

En Steering the Craft, Ursula K. Le Guin menciona uno de los ejercicios que más ha utilizado con sus alumnos de escritura creativa, el llamado ejercicio de castidad. Para evitar los estilos sobrecargados y rimbombantes, pide que se escriba una página entera de prosa sin adjetivos ni adverbios. Es complicado, nos dice, porque hasta palabras tan básicas como “solo” o “entonces” son adverbiales, así que a veces no es posible eliminarlas todas. Pero seguro que puedes quitar todos los adverbios acabados en “mente” y los adjetivos pomposos. Al final el resultado es un texto en prosa muy casto y muy llano. Y como has puesto todas tus energías en los verbos y en los sustantivos, es más fuerte y más rico. Abundan los estilos impostados y rebuscados, es cierto, y la castidad no le vendría nada mal a unos cuantos. ¿De dónde vendrá esa falsa idea de que para escribir bien hay que recargar el texto? Es evidente que, cuando ocurre esto, el escritor está más pendiente de demostrar lo bien que escribe y la cantidad de adjetivos que maneja que en transmitir una idea o emoción concreta. Quiere impresionar y teme no poder hacerlo si no emplea un lenguaje inflado. Y no falla: al que así escribe, tampoco le interesa lo más mínimo escuchar que le sobran bastantes palabras. Es feliz con su gordura y se ofende ante la sugerencia de una dieta. ¿Y qué pasa con el lenguaje oral? Contrasta esta “obesidad” en la expresión escrita con la actual pobreza verbal, sobre todo entre los jóvenes. Generalizar nunca es justo, como siempre, hay excepciones, pero no creo exagerar al decir que a veces da verdadero pavor escuchar las conversaciones de la gente joven. Estoy sentada en la cafetería de una Facultad de Letras en Madrid. Junto a mí, hay unos estudiantes hablando y pongo la oreja. “En plan, tío”, comienza una de las jóvenes, “me flipa que Marta se haya pillado a Chema. En plan, no entiendo cómo le renta ese tío. Es mazo feo”. A lo que su amigo le contesta: “En plan, yo tampoco”. Muletillas, frases hechas, escaso vocabulario. En dos segundos, toda la esperanza de nutrir la imaginación con una historia enjundiosa se desvanece. Supongo que este lenguaje oral anémico, al menos en apariencia, se debe a múltiples razones. Uno de los motivos que siempre se esgrimen es que se lee cada vez menos. Creo que nadie duda de la importancia de la lectura y no es mi propósito ahondar en ello aquí. El lenguaje abreviado de las redes sociales impregna el idioma, que sufre una enfermedad grave: se está quedando en los puros huesos. En todo caso —y aquí volvemos al lenguaje escrito—, no se trata de mejorar la expresión con una dieta calórica a base de adjetivos y adverbios. No se trata (solo) de ampliar vocabulario, sino de dar peso a lo verdaderamente importante, que son los verbos y los sustantivos. En el fondo, y aunque tengan un origen diferente, ambos lenguajes pecan de la misma obesidad: la de construir a base de restos y florituras, de todo lo que adorna el lenguaje. El lenguaje tiene que ser eficaz, adecuado para lo que se cuenta. Siempre que me preguntan cuál es la novela de la que más he aprendido contesto lo mismo: El gran cuaderno, de Agota Kristof, la historia de dos niños, hermanos gemelos, que durante la Segunda Guerra Mundial son dejados por su madre al cuidado de su abuela en una pequeña aldea. Pues bien; esta novela tiene un vocabulario que no supera las mil palabras. “Lo justo, sin relleno, sin grasa”, como ella mismo explicaría en una entrevista. ¿En qué consiste, entonces, la magia de su vigor expresivo? La propia Kristof escribió en su libro autobiográfico La analfabeta que el estilo de la novela se debía a que estaba escribiendo en un idioma extranjero; tras huir de Hungría por razones políticas, atravesando la frontera junto con su marido y su hijo pequeño, se instaló en Suiza y tuvo que aprender francés. Escribe en lo que puede parecer un francés torpe, pero cuya economía y dureza tienen efectos hipnóticos, necesarios para lo que está contando. Nunca con tan poco se había dicho tanto. Se me ocurre que el ejercicio de castidad del que habla Ursula K. Le Guin sea algo parecido a un ejercicio de eficacia. Y la eficacia, tanto en la expresión escrita como en la oral, tiene que ver con si conseguimos transmitir una idea o una emoción. Evitar el lenguaje fofo y plagado de tópicos, ajustar fondo y forma, buscar la frase vívida y la palabra justa. Flaubert afirmaba haber encontrado esta última cuando se lo decía el oído: cuando sonaba bien. Virginia Woolf lo expresó con unas palabras bellísimas dirigidas a su amiga Vita Sakville-West: el estilo es ritmo, “una onda en la mente”, la onda, el ritmo están antes que las palabras y hacen que las palabras encajen. Y es que, debajo de la superficie lisa del texto, tiene que palpitar una vida oculta, algo que nos haga sentir y que de alguna manera nos perturbe. La poeta Emily Dickinson dijo “si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía”.

martes, 19 de marzo de 2024

EL VALOR DE LA MENTIRA, por Ignacio Sánchez Cuenca (El País, 19/03/24)

De acuerdo con una investigación realizada por un equipo de The Washington Post en 2021, Donald Trump dijo 30.573 mentiras a lo largo de su mandato presidencial de cuatro años. No parecen pocas. Mintió sobre todos los temas: la economía, la covid, la inmigración, las elecciones… Hoy, parte como favorito en la carrera presidencial de 2024. Por desgracia, no tenemos elementos de comparación con otros políticos en otros países. Nuestro conocimiento sobre este asunto es todavía muy imperfecto y fragmentario. En un estudio académico reciente realizado por Darren Lilleker y Marta Pérez-Escolar, se analizaron 178 mentiras políticas en Reino Unido y 300 en España. Uno de los resultados principales es que, en ambos países, los partidos de la derecha mienten considerablemente más que los de la izquierda; no se trata de un efecto derivado de estar en la oposición o en el poder, pues en Reino Unido gobernaban los conservadores y en España las izquierdas durante el periodo de estudio (2021-2022). Estas conclusiones tienen especial significado ahora que se celebran los 20 años del atentado terrorista del 11-M y se ha revisado con espíritu crítico la sarta de falsedades y manipulaciones del Gobierno de José María Aznar sobre la autoría de la masacre durante aquellos días críticos. Cuanto más tiempo pasa, más evidente y dolorosa es la mentira propagada por el Partido Popular y algunos periodistas que decidieron romper con la realidad. Si se dicen tantas mentiras es porque sirve para algo. En otro estudio llevado a cabo por Katharina A. Janezic y Aina Gallego se realizó un sencillo experimento sobre la verdad a través de una encuesta dirigida a alcaldes españoles de municipios de más de 2.000 habitantes. El hallazgo más llamativo es este: los alcaldes que mintieron en la encuesta consiguieron después, en las elecciones municipales de 2019, ser reelegidos con mayor probabilidad que los alcaldes que fueron honestos. Con independencia de las consecuencias electorales que pueda tener la mentira para el político que la practica, lo interesante es indagar en la lógica interna de la falsedad, es decir, en las condiciones que hacen posible un empleo tan extendido de la misma. Comencemos constatando que, puestos a mentir, mejor mentir mucho que poco. El político que dice habitualmente la verdad puede provocar una decepción profunda en la opinión pública si se le descubre mintiendo. Su reputación se resentirá, dejará de ser esa figura modélica que la gente se había imaginado. En cambio, si miente de forma sistemática, el público ya no esperará mucho sobre la veracidad de las palabras del político. Por decirlo así, quien miente sin parar queda absuelto ante nuevas mentiras. O, si se prefiere, ante el mentiroso reincidente, nadie se toma ya la molestia de recordarle dónde se encuentra la verdad. La mentira 12.436 no tiene efecto, mientras que la segunda o tercera mentira pueden tener un coste considerable. De ahí que algunos políticos hayan descubierto que trae más a cuenta mentir repetidamente. Una vez que un político se sitúa en el plano de las mentiras sistemáticas, entra en un mundo paralelo. Puesto que ya no se distingue lo real de lo inventado, los llamados “hechos alternativos” comienzan a adquirir vida propia y dominar el discurso. El tránsito de la mentira a la ficción es inmediato y natural. Primero son interpretaciones sesgadas de los datos, luego acaban siendo meras invenciones, más o menos extravagantes. Se constituye así una realidad alternativa que es inmune a las falsificaciones desde el exterior. Si los demás no comparten las creencias, es porque son malvados, tienen intereses ocultos, están comprados o son sectarios. Los medios de comunicación se convierten en enemigos, todos ellos mienten salvo que le den la razón. No es de extrañar entonces que con frecuencia los líderes políticos que practican la mentira compulsiva tiendan a desarrollar ideas conspirativas sobre el funcionamiento del mundo. Una de las mayores paradojas en la política de la mentira consiste justamente en que el líder mentiroso acuse a todos los demás de mentir por el hecho de que no crean sus mentiras. Si se consigue persuadir a los seguidores de que los demás mienten cuando detectan mentiras en el político, este quedará como una víctima de las malas artes que practican sus enemigos. En esta peculiar lógica, los seguidores del político embustero quedan atrapados en su tela de araña. La mentira sin traba acaba arrastrando a todos quienes siguen a ese político. Hay una especie de efecto aspirador. Los votantes no pueden apoyar a un candidato que saben mentiroso, por eso acaban haciendo suyas las mentiras y convirtiéndolas en dogmas de fe. El uso de la mentira masiva obliga a los seguidores a hacerse cómplices de la misma. Cierran filas en torno al líder y se vuelven impermeables a los hechos. De ahí que haya una conexión entre la mentira política y la polarización que se observa en la política contemporánea. Los ciudadanos se sitúan en mundos inconmensurables, entre los que no hay comunicación posible. Cualquier desacuerdo se remite de inmediato a valoraciones del mundo contrapuestas. En España, el mejor ejemplo del uso ilimitado de la mentira es Isabel Díaz Ayuso. Muchas de sus mentiras parecen calcadas de las de Trump. Así como Trump dijo innumerables falsedades sobre el estado de la economía de Estados Unidos, presumiendo de tener los mejores resultados históricos de empleo, cosa que era falsa, Díaz Ayuso afirma rutinariamente que Madrid es la comunidad con la mejor sanidad de Europa, la que aporta un 70% del fondo común de las autonomías, niega que Madrid tuviera la mayor tasa de mortalidad no de España, sino de toda Europa durante la primera ola de la covid, etc. Al igual que Trump, se ha instalado en un mundo que funciona al margen de la razón. De ahí que diga cosas tan estrambóticas como que hay una conexión entre cerrar plazas de toros y sufrir sequía, sin que sus fans pestañeen, o que proponga como remedio contra el cambio climático poner una plantita en el balcón de cada casa. Si un “progre” hubiera anunciado semejante medida, ella misma habría dicho que la izquierda autoritaria quiere imponer a la gente lo que puede tener o dejar de tener en sus terrazas. Trump habló de inyecciones de lejía para tratar la covid y Díaz Ayuso dijo que la enfermedad se curaba en lugares con techos altos. Ella ha propuesto que “el concebido no nacido” sea un miembro pleno de la unidad familiar y cuente para la familia numerosa, ha demostrado no tener ni idea de lo que es la inflación… y así hasta la extenuación, entre la indiferencia o el entusiasmo de sus fans, que son millones. Pero quizá lo más sorprendente de todo sea que mucha gente se haga partícipe de esta mezcla de mentiras y fantasía por el puro placer de percibir la irritación que produce en los demás esa catarata de falsedades y disparates. Cuanta mayor sea la irritación ajena, mayor el goce propio. Ese regodeo en la provocación es uno de los síntomas de la frivolidad e irresponsabilidad política de nuestro tiempo. En el futuro, quienes analicen nuestra época encontrarán grandes dificultades para explicar qué le pasaba a tanta gente por la cabeza.

miércoles, 21 de febrero de 2024

SITUAR EL APRENDIZAJE, por Albano de Alonso Paz (INFOLIBRE, 21-2-24)

SITUAR EL APRENDIZAJE Albano de Alonso Paz En la casa donde me crié superábamos la ratio. Éramos seis y sólo había dos habitaciones muy pequeñas. En una de ellas dormí durante los primeros años con mis hermanos y mi abuela, que vivió con nosotros desde que tuvo una discapacidad. Éramos multitud pero no teníamos sensación de hacinamiento; estábamos a gusto en nuestro hogar, en el sentido originario de esta palabra que proviene del latín focaris ("fuego"). En el calor que irradiaba la hoguera de la familia, en cada pequeño rincón estaba nuestro lar, nuestro “guardián” de la casa en forma de pequeñas historias de la cotidianidad que rodeaba el pueblo. Había pocos secretos y lo que se contaba no se escondía tras pantallas, simplemente porque entre aquellas paredes sólo estaba la de la tele en blanco y negro del salón que casi siempre ocupaban mi padre o mi abuelo con algún partido de fútbol del recién aterrizado Canal +, no recuerdo si pirateado o no (esas cosas, mejor olvidarlas). Mi cuarto era otro mundo: era una situación de aprendizaje cada día diferente. En él al anochecer repasábamos a regañadientes en medio de lecturas lo que hacíamos cada día en el colegio, antes de preparar las cosas del día siguiente. Mi timidez diagnosticada a trompicones contrastaba con el desparpajo de mi hermano para recitar de carrerilla, con sólo nueve años, los ríos de España o los huesos humanos. Recuerdo la cara de felicidad de mi abuela, mientras los demás escuchábamos atentamente, a la vez que yo pensaba: “caray, si yo nunca he visto un río”. Con el tiempo me enteré de que en Canarias no había. Han pasado muchos años y no creo que mi hermano se acuerde de los interminables listados que trabajábamos bajo la directriz de aquellas maestras afanosas. Que le sirvió para ejercitar la memoria, no lo dudo: muchos, con nuestras historias del pasado, seríamos capaces de demostrar que repetir palabras, números o frases puede favorecer que, como mínimo, se retengan un tiempo. Sin embargo, me da cierta lástima pensar que aquellas situaciones improvisadas no aterrizaran también en saberes del entorno donde me crié, una tierra rodeada de volcanes y cantos populares que acompañaban cualquier festejo. No teníamos fiestas dionisíacas como las de los griegos, pero también la cosecha y la llegada del buen tiempo nos hacía cantar o recitar. Muchos de aquellos versos que nunca di en la escuela aún resuenan en mi cabeza. Al final, en la cotidianidad de las prisas estas vivencias experienciales se hunden en la memoria hasta desvanecerse, en un estilo de vida donde casi no hay tiempo para situarse. En el mundo académico hemos llenado tarros de nomenclaturas que se renuevan más o menos cada lustro. Ahora, precisamente, con la última ley hablamos de situaciones de aprendizaje. Quién lo diría. Estas situaciones se han convertido en nuestro trabajo y a veces en quebraderos de cabeza. Las planificamos no desde la espontaneidad de vivencias infantiles, sino siguiendo el compás de lo que nos hacen tejer en un traje con hechuras rígidas, y eso casi nunca es bueno: dista mucho de lo que debe ser un aprendizaje hecho vivencia. Con tono desenfadado —a veces hay que echarle humor a esto—, Toni Solano, en su reciente ensayo Aula o jaula (2023) se refiere a ellas como “el punto G de la LOMLOE: todos creen conocerlas, pero pocos las activan eficazmente”. Y, en cierto modo, así es: los procesos que se despliegan en un acto educativo nos llevan a pensar que en la escuela, a pesar de estar rodeada de historias loables de enseñanzas (muchas de ellas dignas de enmarcar por el ingenio docente), no siempre han imperado estas situaciones contextualizadas donde el estudiante pueda hacer rodar la significatividad del saber, porque lo ha hecho suyo. Tenemos una profesión difícil pero afortunada: una labor clave, en contacto con generaciones de jóvenes para intervenir en su búsqueda de un futuro digno La cosa se complica cuando vemos que ese variable entramado legislativo y ciertos requerimientos reorientan continuamente nuestra forma de entender la programación, que aunque tiene criterios comunes muda sus vértebras según cada centro y docente (lo llaman autonomía pedagógica). Ahora, las arterias de nuestro trabajo en su faceta formal tienen otro matiz, otra tintura debilitadora. En ese papeleo perdemos de vista los rostros e inquietudes de nuestro alumnado; aquello que realmente nos lleva a poder situar el aprendizaje: el poder conocerlos. Si todo fuera sencillo, situar el aprendizaje no debería suponer más agobio para el profesorado, puesto que supone la hoja de ruta de su camino. Como la meta divina que trazó el destino del guerrero Eneas de la epopeya de Virgilio, solo que ahora lo que nos hace hincar las rodillas no son hechiceras ni fastuosas reinas, sino las duras realidades que cada chaval esconde en su mochila. Pero, como el héroe troyano, seguimos nuestro camino, con más cicatrices que antes. Situar el aprendizaje no debería ser un eslabón más de una rígida cadena plagada de tablas interminables porque, en la legislación actual, rige el principio de personalización del aprendizaje, un principio humanizador que defendía el propio Rousseau en su Emilio: el centro es el aprendiz, por lo que lo importante serán los ajustes que hagamos para aprender a atenderle. Porque sí: el profesor también aprende. Por lo tanto, a pesar de que toda institución escolar debe tener un marco común que represente las señas de identidad de un contexto determinado, más que nunca las planificaciones de nuestras clases se plantean como cronogramas abiertos que mapean las complejas circunstancias que tenemos. Con unos objetivos claros y un engranaje curricular definido, pero sabiendo que ahora de lo que se trata es de ser lo suficientemente flexible para ayudar a que nuestro alumnado, con sus particularidades, active su capacidad cognitiva y encuentren sentido. Pongo sobre la página dos o tres consejos más para que no nos ocurra como a mi yo de la infancia, que nunca llegó a entender por qué repetíamos listados de ríos y nunca vimos ninguno a nuestro alrededor. Por un lado, despertar la necesidad de aprender experimentando —y no solo en edades tempranas—. Si no encontramos ideas, recordemos la historia que inspiró la película El maestro que prometió el mar, en la que el maestro republicano Antoni Benaiges hizo que sus estudiantes volcaran sus experiencias y conocimientos en diarios, como antesala de su promesa. Por otro lado, decirle al alumnado al principio qué queremos que aprenda, conozca o descubra, sin ser demasiado ambiciosos. También sintámonos libres para adaptarnos a sus realidades, teniendo en cuenta que el bagaje social que cada estudiante trae puede ser enriquecedor como construcción vital para el resto. Estas son sólo algunas pinceladas para hacer de la experiencia aprendizaje y del aprendizaje, experiencia. Tenemos una profesión difícil pero afortunada: una labor clave, en contacto con generaciones de jóvenes para intervenir en su búsqueda de un futuro digno. Como el hado que guiaba en la antigüedad a héroes y heroínas capaces de mudar los designios mediante peripecias nunca en soledad. Multitud de escuelas pedagógicas enseñan desde inicios del siglo pasado que los momentos que nos rodean pueden transformar la capacidad del individuo para aprender de su entorno. Célestin Freinet lo llamaba tanteo experimental. Ahora los tiempos cambian y lo llamamos de otra manera pero, al final, lo importante es eso: ponernos en situación. Situar para convertir lo que nos rodea en aprendizaje. _________________________ Albano de Alonso Paz, profesor de Lengua Castellana y Literatura. Miembro del Colectivo DIME de Docentes por la Inclusión y la Mejora Educativa. Divulga sobre educación a través de su blog.

martes, 13 de febrero de 2024

Animales, dioses, idiotas, por Irene Vallejo (El País ,11-2-24)

Érase una vez una niña que estaba sola en el mundo. He olvidado el resto del cuento, pero recuerdo el terror contenido en esa frase. Con literalidad infantil, me imaginé a mí misma en un planeta vacío bajo las heladas estrellas. Más que ningún otro relato de miedo, la imagen de ese páramo y de ese desamparo nutrió las pesadillas de mi niñez. Tal vez el temor al abandono alimenta la necesidad universal de pertenecer a un grupo, a un equipo, a un partido, a una familia sanguínea o elegida. Nos mueve el anhelo febril de adhesiones. Incluso las rebeldías, conspiraciones y nihilismos buscan el calor de un clan disidente. Cuanto más incomprendido sea el rasgo compartido, más une. Hasta las redes sociales, que nos enjaulan en una rutilante burbuja, nos seducen al prometernos una ilimitada posibilidad de encuentro. Porque la buena compañía nos nutre. La palabra proviene del latín cumpanis, que significaba “compartir el pan”. Uno de nuestros apetitos más hondos es ser aceptados y convidados, hacer buenas migas con quienes nos rodean. Necesitamos confiar en otros, y que confíen en nosotros. Aunque ese orgullo de pertenencia desate más pasión que compasión. Al amparo de la democracia ateniense, Aristóteles definió a los humanos como seres sociales, animales cívicos inseparables de las redes de afectos, vínculos, intercambios, solidaridades y sueños compartidos que nos anudan y sostienen. En su Política, argumentó que un individuo no logra ser feliz en una ciudad infeliz: las penalidades de tus vecinos son también tu desgracia. “Quien es incapaz de vivir en comunidad o quien nada necesita por su propia suficiencia no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios”. El ideal de independencia y arrogante autonomía puede ofrecer una vida divina o fiera, pero en todo caso inhumana. También había sombras en la comunidad imaginada por Aristóteles; las mujeres y esclavos quedaban excluidos de la ciudadanía. Sin embargo, un mensaje poderoso late en sus palabras: todos los seres humanos somos políticos, y no solo los profesionales del gremio parlamentario. Loables o detestables, las decisiones del poder nos afectan siempre. Quizá por eso, los griegos llamaban ‘idiota’ —cuya raíz significa “propio”— a quienes se desentendían de los asuntos públicos, pendientes solo de sus intereses particulares. En tiempos de sobresalto, la política se vuelve sospechosa y las sociedades se fragmentan en archipiélagos de esfuerzos aislados, privados —de aliento colectivo— y desconfiados. En esos momentos, cuando se ignora lo que nos anuda y abundan los idiotas, suben al poder quienes se las saben todas. En uno de los más famosos diálogos de Platón, el filósofo Protágoras —portavoz intelectual de aquella joven democracia— se pregunta cómo logramos convivir en sociedad, pese a los conflictos y los exabruptos. Para explicarlo, cuenta un mito donde las ideas respiran, tienen carne, músculo y rostro. Cuando los dioses crearon el mundo, encargaron a dos titanes, Prometeo y Epimeteo, distribuir dones entre la multitud de seres vivos. Y, ay, el atolondrado Epimeteo —cuyo nombre significa “el que actúa primero y piensa después”— insistió en ocuparse a solas del reparto; como todos los grandes incompetentes, estaba muy seguro de sí mismo. Empezó por los animales: a unos dio garras y dientes afilados; a los más débiles, velocidad para huir o un hábil camuflaje. Sin embargo, olvidó reservar un regalo para la especie humana. Ahí quedamos, inermes, torpes, sin alas ni aletas, patilargos, cabezones, vulnerables… una calamidad. Para resolver el desastre, Prometeo robó del cielo la chispa del fuego y así aprendimos a encender hogueras. Apiadándose de nuestra especie desvalida, el dios Zeus nos regaló la justicia y el sentido político. Protegidos de la oscuridad y el frío por ambos dones –el fuego y la palabra que une–, inauguramos las veladas en torno al círculo hospitalario de luz para contar cuentos, coser y cantar, crear comunidad. Al amor de la lumbre, incluso antes de inventar las mesas, la humanidad practicó las sobremesas. De esa manera, aunque seamos débiles por separado, nos hicimos fuertes al colaborar. No tenemos zarpas, pezuñas, aguijones o caparazones, pero aprendimos a tejer sociedades. Solos valemos poco, nuestra verdadera ventaja competitiva es el talento para cooperar. La filósofa María Zambrano nos definía como “soledades en convivencia”. En Persona y democracia reclamó “una sociedad humanizada donde lograr que la historia no se comporte como una antigua deidad que exige inagotable sufrimiento”. Frente al desamparo que siempre nos acecha y, a falta de colmillos, nos protege actuar como animales políticos, capaces de compartir, cuidarnos y divertirnos juntos. Gracias a los dioses, tenemos chispa. Y en la densa oscuridad, somos breves fulgores que se buscan. La antropología y la biología evolutiva confirman las intuiciones de aquellos mitos originarios. En su ensayo The Secret of Our Success, Joseph Henrich actualiza a Epimeteo: el ser humano es una criatura débil, lenta y no particularmente hábil para trepar a los árboles; nacemos gordos, prematuros y con el cráneo abierto. En una casa de apuestas prehistóricas, nuestra cotización habría sido nula. Heinrich sostiene que los logros de nuestra especie no son fruto de una inteligencia innata o habilidades mentales especializadas. El motivo es que crecemos aprendiendo de otras personas. Cada generación construye sobre los cimientos de las estrategias y sabiduría acumuladas por generaciones previas. Este bagaje supone una ventaja tan grande que la selección natural ha favorecido durante milenios a quienes mejor aprenden socialmente. La trenza entre la cultura y los genes nos volvió peculiares, un nuevo tipo de animal: aprendices adaptativos. Heinrich afirma que la innovación depende de nuestra habilidad para colaborar más que de nuestro intelecto, y el gran reto es evitar la fragmentación y la disolución de nuestras comunidades. La ciencia muestra que los mayores avances no son destellos de mentes excepcionales, únicas e irrepetibles. Al contrario, los grandes descubrimientos son resultado de hallazgos previos, colaboración y saber compartido a lo largo del tiempo. Sin embargo, en la escuela aprendemos nombres estelares asociados a tecnologías revolucionarias. Idolatramos una mitología protagonizada por líderes carismáticos y paternalistas, gobernantes providenciales, emprendedores solitarios y genios disruptivos. En una perversa paradoja de nuestra política, las habilidades necesarias para ganar elecciones —ferozmente competitivas— eliminan de la carrera a quienes gobernarían de forma serenamente colaborativa. Ser un pedazo de pan cotiza a la baja —y al hambre— en el mundo del apego al ego. Como enseñan los cuentos infantiles y Aristóteles, el mito del triunfador hecho a sí mismo es irreal: todo avance solitario es en realidad solidario. Por algo llamamos “compañías” a las empresas y, por eso, el lugar donde aprendemos —el colegio— nos reclama ser buenos colegas. De hecho, separarnos y enfrentarnos disminuye nuestra prosperidad. Divididos somos más combativos y conflictivos, menos efectivos. No es casualidad que las palabras sólido, salud y solidario tengan el mismo origen lingüístico. Hemos construido sociedades sobre una paradoja: a la debilidad debemos nuestra fortaleza. La indigencia del ser humano se convierte en el principio de nuestro poder, escribe Zambrano. La evolución cultural favoreció el crecimiento de las tribus, la cooperación, la armonía interna y la valentía para compartir riesgos. Ante los problemas ajenos, milenios de selección premiaron el compañerismo, no el “con su pan se lo coman”. Lo que nos hizo diferentes es no ser indiferentes a los demás.

domingo, 11 de febrero de 2024

La demagogia de los hechos, por Antonio Muñoz Molina (El País, 10-2-24)

No hay demagogo más descarado que la simple realidad; no hay panfleto más incendiario que la sección de Economía del periódico. Hace solo unas semanas, en los mismos días en que se anunciaban los beneficios de los bancos españoles, un Niágara sucesivo y triunfal de miles de millones de euros, vino la noticia de esa mujer de 78 años que estaba siendo desahuciada de la casa en la que había vivido siempre por no pagar una deuda de 88 euros. Parece ser que los bancos ganaron el año pasado más dinero que nunca: en un récord inverso, puede que nunca una persona vulnerable y anciana haya perdido tanto, su casa y su vida entera, por tan poco dinero. Es difícil imaginar qué méritos han acumulado los bancos y sus directivos para recibir sus compensaciones multimillonarias, qué riqueza o prosperidad han creado en el curso de un año. Bien es verdad que en esto nuestra condición de país de medio pelo reduce comparativamente el botín de nuestros bancos y nuestros multimillonarios. Elon Musk se había concedido a sí mismo en 2023, en su cualidad de dueño o líder de la compañía Tesla, una remuneración de 56.000 millones de dólares, y una jueza del Estado de Delaware la ha dejado en suspenso al considerarla tal vez algo excesiva, escrúpulo que no tuvo en sentido inverso el juez de Barcelona que encontró adecuado el desahucio de la deudora de los 88 euros. Mientras que esta mujer, Blanca, recogía unas cuantas cosas de su casa abandonada para alojarse en la pensión que al parecer le ha buscado y le paga el Ayuntamiento, las grandes compañías tecnológicas tomaban el relevo de los bancos españoles para hacer públicos sus beneficios, y las cantidades eran tan descomunales que desbordaban hasta la imaginación del plutócrata más ensoberbecido. El gusto morboso que otros satisfacen leyendo ficciones distópicas yo lo encuentro en la información de todos los días, en el periódico de papel que compro cada mañana con la misma anacrónica y algo desengañada lealtad que un número declinante de mis coetáneos, con la misma rutina entre gustosa y melancólica con que saco a pasear a mi perra o preparo el desayuno. Aunque no lo parezca, leemos no solo con los ojos: también con las manos, con el tacto, el olfato, el oído, el hábito corporal de inclinarnos sobre las hojas desplegadas. Igual que la literatura, y sobre todo la poesía, se me queda mejor en la memoria cuando la leo en papel, las desgracias y los horrores y las insensateces panfletarias de la realidad me hieren más cuando las veo resaltadas por la tinta, a esa hora de la mañana en la que todavía no se me han activado del todo las fuerzas necesarias para hacer frente al día que empieza. Agitado por esos estimulantes que en otras épocas iban siempre juntos, la tinta y la cafeína, quizás me indigno más al leer que las mismas empresas tecnológicas que declaran beneficios no ganados nunca por nadie en la historia de la humanidad anuncian al mismo tiempo despidos masivos. Con su lógica anticuada, uno pensaba que una empresa despide a trabajadores cuando sufre pérdidas, pero a estas se ve que la riqueza les exagera la codicia, y cuanto más ganan a más gente despiden, para ganar todavía más. En internet he querido seguir el rastro de la historia de Blanca y lo he perdido muy pronto. Los bancos y las tecnológicas y sus invenciones y trapacerías monstruosas para succionar hasta el último segundo de nuestra atención y nuestros últimos céntimos siguen ocupando un espacio creciente de la actualidad, pero de Blanca no ha vuelto a saberse nada. Por mucho que busco no encuentro sus apellidos, como si una persona de tan poca importancia no tuviera pleno derecho a ellos. ¿Estará todavía en esa pensión, como una viuda empobrecida y antigua, como las señoras enlutadas que llevaban existencias fantasmales en las pensiones de mi primera juventud? ¿Y por qué los servicios sociales no han tenido la mínima generosidad de alojarla no ya en una pensión, sino al menos en un hostal? Blanca llevaba 50 años viviendo en el mismo piso del Barrio Gótico de Barcelona, en una calle en la que solo había otra vivienda aparte de la suya que no fuera un alojamiento turístico. Dice que llegó por primera vez a su casa con vestido de novia y que aspiraba a no salir de él sino con la mortaja. Un piso habitado por una anciana que paga un alquiler modesto es un negocio calamitoso en uno de esos barrios céntricos de las ciudades españolas donde la gente pobre y trabajadora tuvo su espacio natural durante más de un siglo, resistiendo en las épocas en que los mejor situados se iban y en que las calles sucumbían a la delincuencia y a la heroína. Los mismos que sostuvieron la vida de los barrios en los años oscuros son los expulsados cuando los tiempos cambian y el barrio se vuelve más atractivo, y se rehabilitan casas, llegan propietarios y negocios pujantes, desaparecen las tiendas modestas que sostenían la vida cotidiana, llegan por fin los turistas internacionales arrastrando maletas estrepitosas con ruedas y consultando en el móvil la página de Airbnb. Blanca, a su edad, tenía la aspiración elemental que enuncia el Romance sonámbulo de García Lorca: “Compadre, quiero morir / decentemente en mi cama. / De acero, si puede ser / con las sábanas de holanda”. Después de muchos años de deterioro de su casa, Blanca logró que la propietaria le hiciera algunas reparaciones urgentes, que al parecer salieron de cualquier manera, si bien a ella, la inquilina, se le exigió un pago sin fundamento legal. Pero la propietaria podía costear abogados y trapacerías jurídicas, y Blanca, en su casa ruinosa, todavía con humedades y arreglos chapuceros, con todos los recuerdos acumulados de su vida, su ropa en los armarios, las fotos de sus muertos, dejó de pagar uno de los recibos que se le reclamaban, los 88 euros, la milmillonésima parte, por decir algo, de las ganancias de un banco en un solo día, una décima de segundo en el caudal de ingresos de uno de esos oligarcas que ni siquiera pagan impuestos, que compran gobiernos y corrompen y arruinan países enteros. El Jean Valjean de Los miserables acabó cumpliendo 19 años de cárcel por robar una hogaza de pan. Hay formas extremas de demagogia que ya no son privativas de las novelas sociales y sentimentales del siglo XIX. Dice Thomas Piketty que la desigualdad social llegó a su grado máximo en 1914, y que las guerras mundiales y las crisis de las primeras décadas del siglo propiciaron un declive en la concentración de la riqueza, acentuado por las políticas igualitarias del Estado de bienestar a partir de 1945, que han ido siendo desmanteladas en Estados Unidos, y tristemente también en Europa, desde el triunfo de Reagan y Thatcher a principios de los ochenta. Ahora la acumulación de riqueza y la desigualdad social son más pronunciadas todavía que en 1914. En un libro reciente, The Inequality of Wealth, Liam Byrne cuenta que el yate del oligarca ruso Roman Abramóvich mide 162 metros y costó 1.200 millones de libras, e incluye entre sus variadas prestaciones un helipuerto con capacidad para varios helicópteros y un sistema de detección de misiles. “En un orden social como este, mi única posición posible es la de mendigo”, dice James Joyce. Para que existan corporaciones o individuos que dispongan de tanto dinero y tanto poder hace falta un orden social en el que una mujer de 78 años pueda ser expulsada de su casa por una deuda de 88 euros.

lunes, 29 de enero de 2024

La "Spanish" enseñanza, por Lola Pons

Los nombres de las autonomías son, entre otros, Andalusia o Balearic Islands; nos regula la Spanish Constitution, en geografía no hay que pasar por alto la Castilian Meseta y son hitos históricos the Caliphate of Córdoba, the Irmandiño revolt o the Spanish Armada. Hay libros de texto de muchos estudiantes de colegios e institutos españoles que están por completo escritos en inglés; son los que se usan en las asignaturas que se etiquetan como “no lingüísticas” (por ejemplo, música, historia o biología). Se hace así por la implantación del modelo AICLE (Aprendizaje Integrado de Contenidos y Lenguas Extranjeras, en inglés CLIL), una metodología muy generalizada en España desde los inicios del siglo XXI y por la que se enseñan en una segunda lengua (normalmente en inglés) los contenidos de varias asignaturas de cada curso. El establecimiento de este sistema en España lleva asociada la contratación de asistentes de conversación y, claro está, el uso de libros de texto adaptados. Sé que no hay opinión unánime en nada que tenga ver con educación y contribuyo hoy al coro de la disonancia: expreso mis dudas hacia este sistema y animo a que desde los gobiernos autonómicos, que son quienes tienen en España mayoritariamente las competencias en educación, debatan sobre su continuidad. Pensemos en el alumno. Si el objetivo de este sistema es mejorar el inglés a través del contenido, la ecuación está mal planteada: el contenido no puede convertirse en un medio y el aprendizaje de una lengua extranjera no es la única meta. Tener competencia en una segunda lengua es deseable, de hecho parece imprescindible en el mundo actual, pero no todos los estudiantes lo consiguen y eso no debería convertir en fracaso su paso por otras materias. ¿Es justo que condenemos a quien no tiene buen nivel de inglés a que tampoco tenga buen nivel de historia? Pensemos en el profesorado. Incluso si suponemos a todos los docentes un óptimo nivel de competencia lingüística en la lengua extranjera, ¿están preparados para impartir en ella los contenidos que aprendieron en una universidad donde se les ha dado clases en español?, ¿no es una incoherencia que les pidamos que trabajen en un modelo bilingüe pero que preparen luego a los estudiantes para una Ebau (selectividad) en español? Pensemos en el nivel de inglés. En asignaturas de primaria se da un desequilibrio entre el nivel de la propia materia de inglés y el que contiene el libro de ciencia, historia o música. En las asignaturas impartidas en inglés se requiere traducir la terminología, por lo que la comunicación lingüística se convierte a menudo en una competencia trabajada sobre todo pasivamente, de forma anticomunicativa, lo peor para avanzar en una lengua extranjera. Pensemos ahora en el español, que es la gran víctima de este modelo. Al inicio de la educación obligatoria, en Primaria, la mayor parte de los niños sabe hablar con pleno dominio, lo que no conocen es la variedad elaborada de la lengua española, que se aprende en todas las materias escolares, no solo en la asignatura de Lengua. Sacar al español de las explicaciones de historia política, de desarrollo natural o de estructuras sociales consolida la equivocada idea de que el inglés es la única gran lengua europea para la exposición técnica y científica. El español se usa en el patio y el inglés en la pizarra; se parece a la situación de dos lenguas (una familiar y otra prestigiosa) que se da en países de África con sus lenguas coloniales. Por el camino, se reduce el empleo del español como lengua para la reflexión crítica razonada: mala cosa en una democracia. Pensemos, por último, en el nivel de lo estudiado. Muchos docentes se quejan de que se llega a una menor profundización de los contenidos y, de hecho, la Comunidad de Madrid anunció en diciembre pasado que reintroducía el uso del español en la asignatura de Historia a petición de los profesores. El seguimiento realizado a alumnos implicados en este sistema ofrece resultados dispares, y en la bibliografía abundan estudios donde se insiste en que el nivel de contenidos no sufre por el inglés. Aun sin dudar de tales estudios, hay algo que no me gusta de este modelo: para garantizar que lo básico se ha entendido, se tiende a volver al positivismo del siglo XIX: la clase se va en insistir sobre hechos y fechas básicos, pero no en debatir, resolver o argumentar, porque el nivel de inglés no alcanza. Sé que lo más español en el asunto de la enseñanza es que no haya consenso político. Pero formulo aquí mis argumentos sobre este asunto sin salir del centro educativo, el lugar donde convergen los alumnos, sus profesores y los materiales que intermedian entre ellos. Tengo por delante un libro de Secundaria que trata sobre “The Disaster of ‘98″ y, creo que una parte del reciente desastre de Pisa tiene que ver con esto.

martes, 5 de diciembre de 2023

Para ganar a la extrema derecha, por Daniel Innenarity

La extrema derecha está entendiendo mejor que los demás que la política es una cuestión de psicología y no tanto de sociología. Este tipo de fenómenos tiene fundamentalmente una explicación psicopolítica. Hay que entrar en la psicología de los descontentos, que es la verdadera caja negra de la vida política. Deberíamos ser capaces de descifrar el malestar para paliarlo si tiene motivos, criticarlo cuando carece de razones y desmontar las soluciones fraudulentas que se ofrecen. La extrema derecha reformula las angustias individuales (la perplejidad, el miedo, la precariedad, la inseguridad) con un discurso en el que advierte de la desaparición de colectivos reconfortantes (los hombres, la nación, el idioma común) y para tranquilizar a los asustados no parece haber nada mejor que una bandera que simbolice el orden y la estabilidad, que disipe la amenaza de la desaparición. El sujeto es aliviado al incluirse en un nosotros, aunque no perciba la exclusión sobre la que en muchas ocasiones se funda ese nosotros, el rechazo del otro (interior, diverso, migrante). El lema “España se rompe” se inscribe en este contexto, que va más allá de la mera territorialidad y conecta con esa inestabilidad emocional. Y si hacen referencia a la igualdad (como ahora, de los españoles, entendida como igualdad entre sus comunidades autónomas, no de las personas) no es para incluir las diferencias, sino para neutralizarlas y frenar cualquier posible ampliación del pluralismo. Si queremos comprender a la extrema derecha hay que reconocerle una coherencia ideológica mayor de lo que solemos suponer. Esta lógica podría sintetizarse diciendo que ha conseguido traducir sufrimientos que tienen un origen económico y social en la gramática de la inseguridad cultural y nacional. Buena parte de nuestras dificultades a la hora de entender a la extrema derecha procede de que no sabemos cómo interpretar su apelación a valores que no le son propios. Tal vez sea una manifestación del prestigio de la democracia el hecho de que hasta sus mayores enemigos lo hacen todo en su nombre. La extrema derecha ya no apela al caudillismo de antaño, sino al pueblo soberano y argumenta en clave democrática. Otra cosa es el juicio que nos merezca su comportamiento de hecho en relación con los valores democráticos. Algo semejante ha pasado con la idea de libertad. Durante los últimos años, y especialmente en medio de la pandemia, una parte de la derecha apelaba a la libertad para cuestionar medidas gubernamentales que limitaban su ejercicio para proteger la salud pública. Lo que ahora estamos viendo es que apelan al valor de la igualdad que no quieren ver monopolizado por la izquierda. Evidentemente, esta versión de la igualdad merece ser analizada críticamente. Como han puesto de manifiesto Julia Cagé y Thomas Piketty, las inseguridades sociales han sido determinantes en un voto que está motivado por ciertas exigencias igualitarias. Con frecuencia, muchos líderes de la extrema derecha focalizan su crítica a los gobiernos en la explosión de las desigualdades o el deterioro de los servicios públicos (especialmente, en ciertos barrios de la periferia y en las zonas rurales). La extrema derecha se ha apropiado de referencias que eran propias de otras posiciones ideológicas, incluso de algunas de la izquierda; ha introducido su léxico en el debate público, poniendo “temas de izquierda” a su servicio o convirtiendo la crítica al capitalismo en “iliberalismo”. ¿De qué tipo de operación se trata y qué razones podrían explicarla? Del mismo modo que, como demostró Wilhelm Reich, los fascismos históricos no pudieron surgir más que aprovechando las fuerzas y deseos revolucionarios movilizados entonces en nombre de la lucha de clases, cabría preguntarse si las actuales extremas derechas no hacen lo mismo con los afectos “progresistas” actuales. De hecho, estas extremas derechas de ahora no apelan a la raza o al liderazgo fuerte, sino, por ejemplo, a la defensa, contra las normas dominantes, del hombre ordinario que se habría convertido en la nueva minoría. Que pretenda captar a un electorado que era de izquierdas no significa que no se sitúe claramente a la derecha y no se aparta nada de sus valores característicos (orden, mérito, unidad nacional, reducción de impuestos). Marine Le Pen propone la jubilación a los 60 años, el aumento del salario mínimo, pero no vota nunca en favor de las leyes que irían en el sentido de este programa social. Por lo general, apenas hablan de lo que van a hacer y se limitan a explotar los temas que generan inquietud en el electorado, como la inmigración o la inflación. Se presentan como una derecha abierta también a los decepcionados de la izquierda, pero su centro de gravedad es un capitalismo nacional proteccionista. No tienen como objetivo promover la democracia social, sino rechazar un liberalismo definido fundamentalmente por su dimensión cultural y política. En España, Vox no critica la “paguita” porque sea escasa; se trata de arrojar sobre ella la sospecha de que alguien se está beneficiando de las mismas condiciones que nosotros, sin ser propiamente de los “nuestros”. La desigualdad del patrimonio, en cambio, no es puesta en cuestión porque la herencia no amenaza nuestra identidad. La cuestión social se transforma, con mayor o menor sutileza, en xenofobia. La coherencia de la extrema derecha consiste en el patrón nacional que formatea todas sus demandas. En relación con el feminismo, por ejemplo, Marine Le Pen se define como feminista en nombre de la identidad francesa supuestamente amenazada por la inmigración musulmana. Este feminismo identitario no defiende la igualdad y la extensión de derechos, sino a “las mujeres francesas”. Igualmente, la laicidad no se defiende en nombre de la protección de las minorías o de la separación entre la Iglesia y el Estado, sino porque forma parte del patrimonio y la herencia del “universalismo” francés. La laicidad consiste simplemente en no aceptar la presencia de otras religiones distintas de la propia y en rechazar los signos de otra cultura en el espacio público. Cuando hablan de laicidad o de raíces cristianas de Europa no están defendiendo algo universalizable, sino rechazando lo foráneo. No les interesa la neutralidad del Estado (en Francia) o la religión en sí misma (en España o Italia), sino lo que consideran una característica de la propia nación que amenaza con desdibujarse por la llegada de los de fuera. Tanto cuando defienden la laicidad como cuando reivindican la religión lo hacen en lo que tienen de propiedades “nacionales”. La lógica de este discurso es total; es la coherencia de lo monotemático. La sumisión de las mujeres les preocupa solo en la medida en que se trata de la sumisión a otras culturas y les sirve para, por contraste, dar a entender que en la nuestra no existe tal cosa; la promoción de derechos les irrita especialmente porque está promovida por instituciones foráneas, como la ONU o la Unión Europea; si hay que proteger a los trabajadores es porque son nacionales y frente a los migrantes; si están a favor de la ecología es por su valor patrimonial y paisajístico, es decir, introducen en el marco nacional un asunto que nos cosmopolitiza. No ganaremos a la extrema derecha mientras no nos hagamos cargo de cómo piensan, más allá de los lugares comunes que podamos tener contra ellos, y solo entonces acertaremos con la estrategia más apropiada.

jueves, 5 de octubre de 2023

Entrevista a Luigi Ferrajoli en El País ((1/10/23)

Luigi Ferrajoli culmina la obra de su vida. Exmagistrado, filósofo y militante de los derechos, ha desarrollado un empeño único y vital también para nuestra época: la descripción del derecho como un sistema, pero vinculado al sistema político cuya sustancia define: la democracia. Puede haber derecho sin democracia, pero no puede haber democracia sin derecho. Tampoco una verdadera democracia constitucional sin una Constitución que no solo ordene y culmine la ley por arriba, sino que permee y proteja la vida de todas las personas, incluidas las de más abajo. Ferrajoli es uno de los filósofos del derecho más citados en el mundo latino del último medio siglo. Autor de una cincuentena de libros, casi tantos como doctorados honoris causa tiene, la mayoría por universidades latino­americanas, su monumental y cristalino Derecho y razón (Trotta) suma 13 ediciones en español desde su publicación en 1995 y se mantiene perfectamente actualizado sin haber cambiado una coma. Toda su obra se ha gestado en diálogo con Kant y Kelsen, y revisando a Montesquieu, de quien matiza la separación de poderes que lo hizo célebre: sigue siendo pertinente para el poder judicial, pero la del poder ejecutivo y el legislativo debería ahora aplicarse sobre todo a separar los partidos políticos y las instituciones. A sus 82 años, con la democracia en entredicho, el mundo en crisis y el planeta en combustión, podría estar de­ses­perado, pero nació en plena Segunda Guerra Mundial en Florencia y sabe de lo que ha sido capaz la vieja Europa en 80 años: los países que durante siglos se mataron por motivos económicos y religiosos han desarrollado “el más gigantesco experimento” de integración política, la Unión Europea. La construcción de la democracia, que llega mañana a las librerías, interviene en un momento crítico en el que, por primera vez, los poderes salvajes —no limitados por el derecho—están poniendo en riesgo la habitabilidad de la Tierra. Hemos arrojado tanto plástico al mar “que los peces hoy son en parte plástico”; y se ha aguachinado tanto la letra y el espíritu de la política que ha sido reducida a puro espectáculo, una representación de la representación, una forma sin contenido que degrada la vida en los cinco continentes. Él sigue escribiendo, comprometido con el movimiento que abandera su libro anterior, Por una Constitución de la Tierra (Trotta, 2022). Nos recibe en el piso romano, soleado y forrado de libros, donde vive desde hace 50 años. Su esposa, Marina Graziosi, teórica feminista, murió el año pasado. De una de las estanterías, algo vencida por el peso de los viejos tomos enciclopédicos, cuelga una bandera arcoíris con la palabra Pace (paz). Pregunta. Sostiene que hay un proceso deconstituyente en marcha. Respuesta. Sí, piénsese en el Brasil de Bolsonaro, en los Estados Unidos de Trump. EE UU es la cuna del constitucionalismo, pero no ha realizado nunca la democracia social, es decir, la garantía de los derechos sociales. Ha llevado a la práctica el viejo paradigma ideológico del liberalismo consistente en confundir libertad y propiedad, libertad y mercado. El mercado es obviamente legítimo, pero es un lugar de poder y no de libertad. El poder de los mercados se ha hecho evidente con la globalización. Cuando los mercados han desbordado las fronteras nacionales, los poderes económicos han revelado ser poderes globales, que se han fortalecido extraordinariamente porque no existe esfera pública a su altura. P. ¿Y por qué la izquierda ha perdido esa guerra (en la que Trump ha enarbolado ese discurso y cosechado votos) cuando habría encajado tan bien en su tradición clásica? R. La izquierda cometió el error histórico de la adhesión al modelo soviético, opción equivocada desde el comienzo. Después ha vivido esta adhe­sión con un sentimiento de culpa y tras la caída del muro ha hecho todo lo posible por relegitimarse, aceptando, en buena parte, las políticas de la derecha: la precariedad del trabajo, las políticas contra los migrantes. (…) La pérdida de su base social es todo uno con la pérdida de la identidad política de la izquierda. Todo remite al gran problema de la globalización. Y del dominio de los poderes salvajes del mercado, cuyo ejercicio está produciendo algo que no tiene precedente en la historia: el riesgo de la inhabitabilidad del planeta. La humanidad podría desaparecer. Es un fenómeno al que habría que dar respuesta desde el derecho. Es la única respuesta posible. P. ¿Cómo podría llevarse a cabo? R. Si se toma conciencia de que estamos todos en el mismo barco y no queremos ser las últimas generaciones que viven en la Tierra, no podemos limitarnos a las promesas. Hacen falta límites y vínculos a los poderes desbocados a los que se debe esta situación, en garantía no solo de los derechos fundamentales, sino también de los bienes fundamentales, los bienes vitales de la naturaleza (el agua, el aire, las grandes masas forestales, los grandes glaciares, aquello de lo que depende nuestra supervivencia). Una categoría francamente desprotegida y en grave riesgo, que precisa la construcción no solo de un derecho, sino de una garantía objetiva como sería un demanio planetario, con el fin de ponerlos fuera del comercio, que no sean privatizables. Si no, serán destruidos. P. ¿Y ante qué instancias hay que articular eso? R. La Asamblea General de la ONU. Estamos en un momento de refundación colectiva del derecho internacional, porque las grandiosas promesas de la Carta de la ONU y de las cartas de derechos han fallado por la ausencia de las garantías. Mi proyecto de Constitución de la Tierra, no hay que hacerse ilusiones, sirve para señalar una perspectiva. Sus 100 artículos son el diseño estructural e institucional de un ordenamiento fundado esencialmente en las instituciones de garantía. Las instituciones de gobierno deben seguir siendo de ámbito estatal, debido a que son tanto más legítimas cuanto más representativas y la relación de representatividad exige cierta proximidad entre los sujetos implicados en ella. A escala mundial basta con instituciones como el Consejo General y la Asamblea de la ONU, que únicamente deben ser democratizadas. P. ¿Y eso se tendría que conseguir con el acuerdo de los grandes bloques, no solo, por ejemplo, de la Unión Europea? R. Yo estoy convencido de que, si Occidente tomase la iniciativa en este asunto, poniendo en marcha un proceso gradual, no sería necesario llegar a una Constitución de la Tierra, bastaría con suscribir una serie de tratados, que, eso sí, deberían estar caracterizados por la rigidez, para dotarlos de vigencia efectiva. Por ejemplo, un tratado sobre la paz, que supusiera la eliminación de las armas, de todas, no solo de las nucleares. También un tratado sobre el medio ambiente, con la institución de un demanio planetario, para poner fin a la destrucción de la naturaleza. Por ahora la idea es promover un movimiento desde abajo, fundado en ese proyecto, con objeto de mostrar que la alternativa a la actual pesadilla no es un sueño, que es practicable, que es cuestión de voluntad política. Se trata de asumir la existencia real de una humanidad mestiza, en la que se asegure la salud y la subsistencia de las personas, que puedan desplazarse donde quieran. Hay un nexo claro ente la salud de las personas y la del planeta. Hemos llenado el mar de millones de toneladas de plástico, hasta el punto de que los peces hoy son en parte plástico; estamos destruyendo la fertilidad del suelo… Si no, ¿qué alternativa entonces, la real politik que consiste en continuar haciendo la guerra? La guerra ya ha acabado incluso con el tabú de la guerra atómica. Hoy se dice que es improbable, pero no imposible, que Putin pueda usar armas atómicas. P. Usted ha defendido que hay que negociar la paz en Ucrania. Pero ¿qué significa negociar con Putin? R. Putin es un criminal. La guerra de Putin es clamorosamente ilegal y criminal. Pero dicho esto, era una guerra prevista. ¿Por qué no se hizo nada de lo que habría sido posible para evitarla, comenzando por dar a Putin la seguridad de que Ucrania no entraría en la OTAN? El único modo de poner fin a esta guerra es un acuerdo de paz. Y Occidente está en mejor posición, porque mientras que un autócrata no puede perder la cara, porque sería un signo de debilidad, para Occidente sería un signo de fuerza. P. ¿Cree que en Ucrania defienden realmente ese pacifismo? R. Ucrania es la víctima de esta guerra. Y la única forma de ayudarla es apoyarla en las negociaciones de paz. Incluso, y yo lo he dicho muchas veces y suena como una provocación, pero a mí me parece absolutamente sensato: el ofrecimiento a Putin y a Rusia de entrar en la OTAN; y hasta con una ayuda económica para sacar de la miseria a 150 millones de rusos. P. ¿Usted propone que Putin entre en la OTAN? R. Pues claro, ¿por qué no? P. ¿Cree que Putin lo aceptaría? R. Hace años fue una hipótesis que manejó la propia Rusia, naturalmente de una manera muy superficial, no fue una verdadera hipótesis. Pero la primacía de Occidente, su fuerza y su superioridad, se demuestra también así. P. ¿Usted cree que la población occidental entendería que se le ofreciera a Putin la entrada en la OTAN? R. Todo esto es un proceso. Pero la estatura moral y política de una clase dirigente se mide también por estas cosas. Es inútil seguir insultando a Putin. No digo que sea un proceso simple, pero es imprescindible asumir la paz como un valor prioritario, porque la guerra no solo es el crimen más grave contra la humanidad, que consiste en la violación de todos los derechos, en mandar a miles de personas inocentes al matadero, es, además, la cosa más idiota. Si, pongamos por hipótesis, Biden, Macron, Europa, la OTAN decidieran poner fin a la guerra, haciendo esta propuesta aparentemente paradójica, porque se está frente a un autócrata, pero tiene todo el interés a aceptar esta solución, Biden y Europa saldrían fortalecidos como grandes estadistas en el ámbito mundial. Y el pueblo ucranio y el pueblo ruso serían los verdaderos vencedores. P. ¿Y de verdad Putin lo aceptaría? R. Putin necesita una vía de salida, no hace más que repetir que son los ucranios los que no quieren negociar. Está en un callejón sin salida. P. Los nexos de Putin con Berlusconi resultaron controvertidos. R. Se trata de dos personajes a cuál peor, por eso no puede sorprender la relación de amistad. Berlusconi no ha tenido más que una regla, cuidar de sus propios intereses. Y para ello ha llevado a cabo la más grave labor de deseducación masiva, civil y moral. La Italia de hoy no tiene nada que ver con la de hace 30 o 40 años. Hoy prevalece el escepticismo, la desconfianza en las instituciones, la idea de que cada quien debe velar de manera exclusiva por sus propios intereses, aunque sea a costa de los intereses de los demás. P. En su último libro describe a la Unión Europea, como experimento político, en términos muy positivos. R. Es obvio, todo fenómeno de integración implica crecimiento de la democracia porque va en la dirección de la igualdad. Este es un continente con siglos de guerras, de guerras de religión, de imperialismos. El milagro es que se haya decidido romper esa dinámica. ¿Por qué no reproducir ese milagro a escala mundial? Europa adquiriría un enorme prestigio si, además de transformarse en una verdadera federación de Estados Unidos de Europa, se propusiese al mundo como modelo. Hay una bella página de Calamandrei que decía que la Unión Europea es más pequeña que la Toscana hace cinco siglos. Porque nos vemos, mantenemos relaciones entonces impensables, porque estando en nuestro salón, encendiendo la radio, sabemos lo que sucede en cualquier otra parte del mundo. Eso lo decía con referencia a la realidad de hace 70 años, ahora el grado de interconexión permite hablar ya de un solo pueblo de la humanidad. Hace falta, simplemente, que se produzca un despertar de la razón, impuesto por el hecho de que no tenemos tiempo, debido al proceso destructivo en marcha. En 1945, pudo decirse, como se dijo: “Nunca más”, en referencia al Holocausto y al nazismo. Con el calentamiento climático no se puede decir simplemente “nunca más”, o se introducen eficaces mecanismos de contención o… P. En 2019, y tras la condena de los dirigentes independentistas en el Tribunal Supremo, escribió usted en este diario que “sería un signo de fuerza y de inteligencia, por parte del Gobierno español, promover una decisión de clemencia”. Aunque entonces no estaba sobre la mesa, se refería usted a la amnistía. R. Obviamente. P. Ahora sí lo está. ¿En qué sentido sería un signo de inteligencia? R. La secesión catalana es peor que la del Brexit porque es una secesión de ricos respecto de los pobres. Cataluña es la región más rica de España y esto hace que la pretensión de los separatistas sea contraria al sentimiento de solidaridad y de igualdad. Dicho esto, diré que problemas como el representado por el separatismo catalán son problemas políticos que no se resuelven con el instrumento penal, al contrario, se agudizan, porque las condenas provocan la victimización de quienes las sufren y agravan las tensiones en vez de reducirlas. Por eso entiendo que un acto de clemencia es una demostración de fortaleza, en tanto que puede acompañarse de un juicio negativo sobre el [secesionismo] en sí. El acto de clemencia serviría para reforzar la unidad del pueblo español y evitar la victimización de los responsables de ese acto absolutamente insensato de la secesión. P. Habla de unir al pueblo español. El domingo miles de personas se manifestaron en Madrid contra la posible amnistía, convocados por el partido que ganó las últimas elecciones. La amnistía interviene, si no provoca, un contexto de división. ¿Aun así cree que es conveniente? R. Con mayor razón. Es lo propio que la derecha tenga este reflejo identitario. Todas las derechas juegan hoy a la lógica del enemigo. Un enemigo que puede ser el migrante, el desviado, Cataluña, el secesionismo… Pero frente a estas pulsiones está la superioridad civil que proviene del sentido de igualdad y del igual valor asociado a las diferencias. Las opiniones políticas se combaten con la razón, con la dialéctica. Esto, que vale en general, vale mucho más en un contexto digamos de triunfo del populismo, de la lógica identitaria. Me parecería absolutamente irresponsable alimentar eso. P. Como teórico, adopta el optimismo como método. Pero ¿es optimista como ciudadano italiano, europeo, como ciudadano del mundo? R. Obviamente no, no hay razones para serlo. Pero desde el punto de vista político y teórico el optimismo es una cuestión de método. Hay una idea de Kant que yo hago mía: sin la esperanza de tiempos mejores no habría espacio para la moral y para la política. Si aceptásemos como verdadera la tesis del realismo vulgar, según la cual no hay alternativas, que naturaliza lo que de hecho es artificial, tendríamos que resignarnos y considerar a este como el mejor de los mundos posibles, como hacen los ricos; o como el peor, como hacen los excluidos. Pero hay alternativas. La política es la construcción del futuro, que se basa, precisamente, en que es posible un mundo diferente. P. En esa estantería está la Autobiografía de Norberto Bobbio, su maestro. ¿Se plantea escribir su propia autobiografía, o unas memorias? R. No, siempre me ha parecido un acto de presunción. Tampoco tengo tiempo. Tengo otras cosas de las que ocuparme. Ahora estoy volcado en este proyecto de una Constitución de la Tierra y no tengo tiempo para una autobiografía que, además, no sé para qué podría servir. En todo caso, lo haría para mi hijo, para mis nietos. Cierto es que hay autobiografías, como la de Bertrand Russell, que fue una ocasión para hacer pedagogía civil. En fin, no hablo en general contra las autobiografías, solo de la mía.

viernes, 8 de septiembre de 2023

Entrevista a Rob Riemen en El País (Ideas, 3/09/23)

Rob Riemen (Países Bajos, 1962) cree firmemente en los beneficios de aprender poesía de memoria. Lo importante, argumenta, es cultivar el espíritu y crear individuos independientes que piensen por sí solos. En parte por eso fundó hace casi tres décadas el Instituto Nexus en Amsterdam. El objetivo es estimular el debate y mantener viva la tradición del humanismo europeo. En su nuevo ensayo, El arte de ser humanos. Cuatro estudios (Editorial Taurus, 2023; también disponible en catalán, L’art d’esdevenir humà, de la editorial Arcàdia), el pensador da un paso más y propone algunas claves para recuperar los valores universales que nos definen como seres humanos. Sólo así, asegura, se podrá derrotar el auge del extremismo. Estudioso del Nobel alemán Thomas Mann, atiende a Ideas en un restaurante del centro de París. PREGUNTA. Sobre Nexus, el expolítico canadiense Michael Ignatieff dijo: “Este es el único encuentro en el que en la misma plataforma puedes encontrar a un almirante y a una cantante de ópera”. ¿Por qué es importante escuchar a personas tan distintas? RESPUESTA. Empecé con Nexus cuando era estudiante y me sentía horrorizado por las limitaciones intelectuales del mundo académico. Hace tiempo que perdieron la relación con la idea y el significado original de la universitas, el tipo de conocimiento que se supone que deberían ofrecer a los estudiantes. Otra cosa con la que tengo verdaderos problemas es con las ideologías, porque impiden cualquier forma de pensamiento independiente y de espíritu crítico. El tercer argumento es que creo firmemente que existe la verdad, la verdad metafísica, pero nadie puede pretender ser el poseedor de la verdad. En el momento en que haces esa afirmación eres un fundamentalista. P. Y es lo que critica. R. Lo que critico es que [las Universidades] ignoran su propósito original, que es la educación que proporcionaba Sócrates, es decir la formación espiritual de los jóvenes, el conocimiento indispensable que necesitan para convertirse en un ser humano. Cicerón lo dice muy bien en sus Disputas tusculanas: “Cultura animi, philosophia est”. El cultivo del alma humana es la búsqueda de la sabiduría. Todo el libro se basa en la idea fundamental de que tenemos que reencontrar el significado de las palabras. Es lo que dice Thomas Mann, es lo que dice [Robert] Musil. Hemos olvidado qué es la democracia, qué es la libertad, qué es la verdad. P. ¿En qué sentido? R. En general, hemos reemplazado nuestra búsqueda de la sabiduría y la calidad por una obsesión por la cantidad, los números, lo útil. Hoy, los influencers son los que tienen más números, pero no tienen nada que ofrecer. Me siento feliz de formar parte de una generación cuyos influencers eran los escritores que admirábamos: Thomas Mann, Gabriel García Márquez, Mario Vargas LLosa, Albert Camus... P. ¿Cree que a las generaciones actuales les falta leer o conocer mejor el pasado? R. Empieza con una falta de confianza en uno mismo. Cuando creces en esta sociedad occidental tan próspera y te machacan constantemente el cerebro con tu éxito, con la persona que deberías ser y que todo se basa en lo que tienes y no en lo que eres, acabas con un enorme vacío interior. El propósito del libro es empoderar a todos aquellos que quieren reencontrar las virtudes y los valores que se necesitan para hacer realidad la tan necesaria victoria de la democracia y derrotar la mentalidad totalitaria que crece en casi todas partes. P. ¿No pasaba lo mismo con las generaciones anteriores? R. En un esquema general, antes estaba el fenómeno de la religión. La gente crecía en una sociedad basada en la religión. Lo segundo es que el gran cisma en la historia occidental fue la Primera Guerra Mundial. Por eso empiezo el segundo estudio de mi libro con eso. Porque hizo saltar por los aires todo aquello en lo que creían. Existía esa fe en el progreso, en la ciencia, en la educación moral. Había fe en Europa y en la cultura europea. Pero cuando la guerra terminó, miraron hacia un continente en ruinas. Todo había desaparecido. ¿Cómo pudo suceder esto? [Robert] Musil escribió que cada tiempo necesita una razón de ser. Y dijo: la época empírica no la ha encontrado todavía. Luego, Thomas Mann se toma muy en serio a los filósofos Jan Patocka, Husserl, que dicen que la esencia de la identidad europea es el cuidado del alma y se basa en la capacidad individual. Y aquí está mi crítica a la cultura woke y a todas esas obsesiones con las cuestiones de identidad. P. ¿Por qué cree que está tan presente? ¿No demuestra que algo no funcionaba? R. El credo del humanismo europeo es que la verdadera identidad de cualquier ser humano, sea cual sea su género, su origen social o su creencia, se basa en lo que tenemos en común. Todos los seres humanos podemos vivir en la verdad, crear belleza, hacer justicia y tener compasión. Y esta es nuestra verdadera identidad. P. ¿Cómo lo perdimos y quién es responsable? R. Lo perdimos con lo que Nietzsche llamaría la muerte de Dios, lo que los humanistas llamarían la pérdida de los valores trascendentales. Somos nosotros, todos nosotros. La gente puede lidiar con muchas cosas pero hay una cosa con la que nadie puede lidiar y es el vacío total. Nietzsche lo sabía. Sabía que entraríamos en la era del nihilismo, donde ya no hay valores, pero la gente no es capaz de afrontarlo. Así que encuentran sus propios sustitutos. P. ¿Y cómo recuperar esos valores? R. Hace falta valor para salirse del grupo, para no tener miedo a ser diferente. Y es otra vez Nietzsche el que les dice a los estudiantes ‘no me pregunten a mí’. Lo tienes que hacer tú mismo. P. ¿Y si uno se equivoca? R. Hay un poema de Robert Frost El camino no tomado: todo el mundo usa el camino general, pero tienes que tomar el otro. Pero para ser capaz de hacer eso, necesitas cierta educación. Tienes que tener este conocimiento con los poetas, los filósofos, los pensadores, los artistas, los pintores. Ellos pueden ayudarte a superarlo. Por eso existe el mundo de la cultura, de las artes, de la filosofía y de las humanidades. Las principales preguntas de la vida nunca serán respondidas por la tecnología, la ciencia o el dinero. P. ¿Cómo explica el éxito de la extrema derecha en tantos países? R. La pregunta es por qué el fascismo no ha desaparecido. Es un tipo de cáncer que siempre podrá crecer en una sociedad de masas, en una democracia de masas. ¿Cuál es la diferencia entre una democracia de masas y una democracia? Una democracia se basa en valores morales espirituales. Es algo por lo que hay que luchar, por eso es el modelo de gobierno más elitista que existe. Exige a todo el mundo que sea responsable, que piense como ser humano, que esté educado, que tenga la capacidad de escuchar. Una democracia de masas, sin embargo, es todo lo contrario. Se rige por el miedo y la codicia. Se basa en la política de la mentira, el odio y el resentimiento. Es lo que pasa cuando tienes una masa de personas que ya no son seres humanos pensantes independientes, sino que sólo quieren formar parte del grupo y están dominadas por sus propios miedos y deseos. Se volverán vulnerables para los demagogos.