miércoles, 17 de abril de 2024

¿Quién vivirá dentro de los libros?, por Leonardo Padura (El País, 14/04/24)

José Saramago creía que los escritores vivían dentro de sus libros. El premio Nobel portugués pensaba que, al tomar un libro en nuestras manos, debíamos pasar el dedo por el lomo con un gesto cómplice y luego abrirlo con cuidado, pues entre esas páginas impresas vivía el creador, con toda su sensibilidad, su inteligencia, acompañado por cada uno de los grandes y sutiles ingredientes que hacen que ese objeto, muchas veces maravilloso, esa obra concebida por su morador, sea única e irrepetible. Jugando con una concepción animista, Saramago aseguraba que en los estantes de su biblioteca vivía gente. Un siglo y medio antes, Gustave Flaubert había sido atacado por los críticos de su momento pues había escogido como heroína de su novela Madame Bovary a una mujer adúltera. En su defensa, Flaubert argumentó que, a través de sus personajes, él “solo quería llegar al alma de las cosas”. Más recientemente, Eugenio Fuentes, reflexionando sobre novelas, nos ha recordado que este “prodigioso género literario (…) desde el siglo XIX nos ha dicho de todas las formas posibles, en todos los lugares, de qué materia estamos hechos y ha mostrado, mejor que ningún otro (discurso), la infinita variedad de motivos, pasiones, grandezas, debilidades, humillaciones, ofensas, amores, odios de un millón de personajes, las pasiones que todo el mundo conoce y ha sentido”. Como simple y común lector siempre sufro una sensación agobiante, que me agrede sin piedad, cuando entro en una biblioteca o en una librería bien surtida. Y es la incontestable certeza de que el tiempo de la vida no me alcanzará para conocer a tantas de las gentes que viven dentro de esos libros y merecerían que los conociera, y poder asomarme al vislumbre del alma de tantas cosas, a las pasiones de ese millón de personajes. Y es que la experiencia de la lectura —y eso lo sabemos todos— es única e irrepetible no solo como placer estético o medio de aprendizaje, no solo como forma de apropiación de historias, personajes, de adquirir información de todo tipo, sino como medio para, conociendo a otros, conocernos mejor a nosotros mismos. Para vivir otras vidas. Los escritores que habitan dentro de los libros dejan en esas páginas encuadernadas unas formas de ver la vida, de interpretar la realidad, que suelen ser el fruto de una necesidad expresiva y, también, de un deseo de comunicarnos una peculiar visión de un mundo. Y, si de literatura artística se trata, debe resultar un empeño por atrapar la densidad inconmensurable de los entresijos de la condición humana y, por añadidura, con la intención de manifestarlo con belleza. Tal vez por eso fue que Hemingway solía repetir que escribir (literatura), y hacerlo bien, nunca ha sido fácil. Todo lo dicho hasta ahora puede parecer una sarta de verdades tan elementales que quizás hubiera resultado innecesario anotarlas. Pero he preferido hacerlo ante la explosión de una realidad en la que ya vivimos y amenaza con convertir en historia antigua la pretensión de Flaubert, la certeza de Hemingway e incluso la imagen poética de José Saramago sobre los libros. Porque está llegando el tiempo en que, en lugar de personas, entre las páginas virtuales de los libros, deambulen algoritmos administrados y ordenados por máquinas, una época en la que escribir sea muy fácil. Todavía tengo la confianza de que una noticia que me ha alarmado sea falsa. Pero aun así pienso que debería ser comentada, pues su presunta falsedad bien podría ser pasajera. Y es que unas semanas atrás varios sitios de la web publicaron que Amazon, el mercado de todo lo vendible más grande del mundo, incluso propietario del espacio comercial más poderoso de venta de libros, anunció que, de los textos electrónicos autoeditados y escritos con las herramientas de la inteligencia artificial, solo admitiría poner en sus estantes un máximo de tres obras de un mismo autor. Tres obras cada día, añadía la información leída. Aunque las cifras manejadas en la noticia son tan ridículas que podamos dudar de su veracidad, lo cierto es, en cualquier caso, que la avasallante llegada de la IA a nuestro mundo es ya una realidad en marcha. La creación de un instrumento como el ChatGPT para la redacción de textos se ha convertido en una herramienta de uso común en muy diversos escenarios. En el ámbito académico, por ejemplo, su colaboración es cada vez mayor en la redacción de trabajos de clase y hasta de tesis de distintas categorías. En los sectores de la publicidad y los negocios, entre otros, su empleo es cada vez más recurrido y, al parecer, hasta muy eficiente pues permite ganar tiempo e, incluso, precisión en el manejo de datos. Mientras, su utilización para la creación literaria puede estar cada vez más extendida y siendo aprovechada (algunos confiesan que parcialmente) incluso por escritores profesionales. Y nada de esto estaría mal si al uso de ese instrumento tecnológico nos acercáramos con los más elementales condicionamientos éticos. Quiero dar por descontado que —al menos por ahora— la calidad artística de esas obras escritas con el auxilio de la IA debe resultar cuando menos dudosa y que, posiblemente, sus contenidos nunca puedan acercarse a las sutilezas de una literatura creada por un humano con pretensiones de llegar “al alma de las cosas”. También quisiera confiar en que los buenos lectores no se dejarán engañar con facilidad, aunque no todos los lectores son buenos, como tampoco los escritores, incluso si se valen de inteligencias ajenas. Pero la sola existencia de una eventual avalancha de textos fabricados con herramientas digitales pone en peligro toda una concepción de la creación y la cultura que nos ha acompañado desde los tiempos de Homero, Heródoto y los redactores bíblicos que, por cierto, para escribir sus obras, contaron unos con la ayuda de las musas y otros con el apoyo de Dios, que supervisaba la redacción de su doctrina, puesta en manos de seres humanos. Los más optimistas piensan que ningún instrumento creado por la inteligencia humana será capaz de superarla o sustituirla, y quizás tengan razón. En cambio, sin aventajar nuestras capacidades, ya esas herramientas de procesar, organizar y recrear información sí pueden suplantarnos en muchas manifestaciones y hacerlo con la oscura habilidad —también de origen humano— de poder o, al menos, pretender engañarnos, pues los plagiarios y creadores de supercherías son más antiguos que los ordenadores. En un mercado tan caprichoso y lamentablemente mercantilizado como el del libro y la literatura, cada día resulta más difícil a los autores hacerse un espacio, encontrar lectores. El escritor que pretende serlo de veras debe luchar, por ejemplo, contra el fenómeno ya no tan reciente de los best sellers publicados por los influencers (o por sus amanuenses) y también contra la creciente presencia de libros con temas específicos escritos con estudios de mercado y encargados por editoriales que, incluso antes de estar escritas las obras consignadas, pueden llegar a premiarlas con generosidad monetaria. Ese complejo panorama donde se mezclan lo artístico, lo mercantil y los avances tecnológicos nos asoma a una realidad en la que la literatura artificial puede provocar un verdadero cataclismo cultural. Y, lo peor, es que todo parece indicar que no tenemos escudos para defendernos de ese ataque y salvar la existencia de esa gente, con pasiones y veleidades humanas, que hasta ahora hemos visto vivir dentro de los libros.

lunes, 15 de abril de 2024

Por qué leer libros es tan importante para cultivar la inteligencia de nuestros hijos, por Michel Desmurget ( El País , 7/04/24)

Sometidos al yugo adictivo de las omnipresentes pantallas recreativas (películas, series de televisión, videojuegos, redes sociales...), nuestros hijos leen cada vez menos y, por tanto, cada vez peor, porque, como demuestran decenas de estudios, la capacidad lectora depende directamente del tiempo de práctica. En España, según las últimas evaluaciones internacionales Pisa, el 75% de los alumnos de 13 años de secundaria no pasan del nivel “básico”, que como mucho les permite comprender enunciados sencillos y explícitos; el 51% tienen incluso un nivel “bajo” y dificultades con los textos más básicos. Solo el 5% de los lectores son “avanzados”, capaces de identificar y resumir las ideas implícitas en un texto no trivial. Estas cifras son comparables a la media de la OCDE. Desde 2015, los alumnos españoles de secundaria han perdido un año de aprendizaje. Esto significa que los jóvenes de 13 años en 2022 tenían el mismo nivel que sus homólogos de 12 años siete años antes. Muchos observadores parecen satisfechos con esta evolución, alegando que hay que avanzar con los tiempos y que los niños de hoy simplemente aprenden “de otra manera”. Mientras que en tiempos pasados se utilizaba la palabra escrita, en el mundo moderno se recurre a los medios audiovisuales. Por desgracia, este argumento pasa por alto las características específicas de la palabra escrita. En primer lugar, está el lenguaje. El libro está desprovisto de contexto. Solo tiene palabras como soporte. La imagen (o el vídeo) de un paisaje, de un objeto, de una emoción, de una escena de la vida, etcétera, habla por sí sola, por así decirlo, al menos en parte. El libro tiene que describirlo todo. Esto explica por qué, por término medio, la complejidad léxica y gramatical de los corpus textuales es mucho mayor que la de los corpus orales. Amplios estudios de contenido han demostrado que hay más riqueza lingüística en un álbum de preescolar (el más sencillo de los libros) que en todos los corpus orales corrientes: discusiones entre adultos cultos o adultos y niños, películas, series, dibujos animados, programas de televisión... Esto significa que la exposición a la palabra escrita es la única manera de desarrollar un lenguaje avanzado, sin el cual no puede construirse ningún pensamiento complejo. A menudo, oigo decir que las generaciones más jóvenes nunca han leído tanto, gracias a internet. Lamentablemente, la afirmación es engañosa. Entre los jóvenes de 8 a 18 años, la lectura digital representa entre el 2% y el 3% del tiempo de pantalla, mientras que las actividades audiovisuales (películas, series, vídeos, etcétera) suponen entre el 40% y el 50%. Además, este tiempo de lectura incluye muy pocos libros y muchos contenidos lingüística y conceptualmente pobres. En definitiva, el tiempo de lectura en internet (redes sociales, blogs, correos electrónicos y todo lo demás) y, más en general, el tiempo total de pantalla recreativa están negativamente correlacionados con las competencias lingüísticas y la capacidad de lectura de los niños. Lo mismo ocurre con los conocimientos. Cuanto más leen los niños y los adolescentes, más amplia es su cultura general, en relación con los niños de entornos socioeconómicos comparables que están expuestos a contenidos audiovisuales (películas, series, entre otros). Los niños que leen tienen muchas más probabilidades de saber, por ejemplo, qué es un carburador o un tipo de interés; de decir que Japón fue aliado de Alemania y no de Estados Unidos durante la II Guerra Mundial, y de afirmar que hay más musulmanes que judíos en el planeta. Además de estas repercusiones culturales y lingüísticas, existen beneficios documentados en cuanto a coeficiente intelectual, concentración, imaginación, creatividad, capacidad de síntesis y de expresión (tanto oral como escrita). En otras palabras, mientras que las pantallas recreativas minan concienzudamente el desarrollo de nuestros hijos, la lectura construye meticulosamente su inteligencia. Pero eso no es todo. La lectura de novelas también estructura fuertemente nuestras habilidades emocionales y sociales. Si veo a Don Quijote en la televisión, no tengo acceso a la complejidad de sus pensamientos. En cambio, cuando leo la novela, me meto literalmente en la cabeza del personaje y puedo comprender el funcionamiento interno de sus pensamientos y acciones. Mejor aún, puedo experimentar estos últimos. Los investigadores se refieren a la lectura como un auténtico “simulador emocional”, en el sentido de que las situaciones vividas realmente y las experimentadas literariamente activan los mismos circuitos cerebrales. Cuando busco el significado de la palabra traición en un diccionario, entiendo intelectualmente lo que significa; pero cuando leo Madame Bovary, no solo lo entiendo, sino que experimento la traición desde el punto de vista tanto del traidor como del traicionado. Penetro en los mecanismos subyacentes y siento los estados emocionales asociados. Al final, los lectores de ficción tienen una mayor empatía y capacidad para comprender a los demás y a sí mismos. En última instancia, todos estos beneficios influyen enormemente en la trayectoria educativa y profesional de los niños. El impacto es significativo tanto a nivel individual como colectivo. Numerosos estudios demuestran que el desarrollo económico de un país, el número de patentes desarrolladas y su PIB están estrechamente relacionados con los resultados educativos. Se trata de una cuestión crucial en un contexto de creciente competencia internacional, sobre todo si tenemos en cuenta, en vista de las evaluaciones Pisa ya mencionadas, que las diferencias de rendimiento, no solo en lectura, sino también en matemáticas, son cada vez mayores entre las naciones de la OCDE y los países asiáticos. Por supuesto, podemos vivir sin la lectura. No es esa la cuestión. Lo importante es que entonces perdemos una parte esencial de nuestra humanidad. No es casualidad que los libros hayan sido el blanco de tiranos de todo tipo desde el principio de los tiempos. Los nazis quemaron más de 100 millones de libros y, como ha demostrado el filólogo Victor Klemperer, se embarcaron en un proceso de empobrecimiento del lenguaje digno de la neolengua de Orwell en 1984. Hitler decía que la literatura era veneno para el pueblo. En Un mundo feliz, de Huxley, solo una pequeña casta posee aún las herramientas del pensamiento y del lenguaje. El resto está compuesto por técnicos celosos, formateados para adaptarse con la mayor precisión a las necesidades económicas, atiborrados de entretenimientos absurdos, privados de las herramientas fundamentales de la inteligencia y felices con una servidumbre que ya ni siquiera son capaces de percibir. La lectura es el antídoto más seguro contra esta pesadilla porque, a través de su efecto en el desarrollo intelectual, emocional y social de nuestros hijos, dibuja el camino más seguro hacia la emancipación. Como dijo Ray Bradbury, autor de la novela futurista Fahrenheit 451: “No hay que quemar libros para destruir una cultura. Basta con conseguir que la gente deje de leerlos”. Ante este desastre incipiente, muchos culpan a la escuela. Sin embargo, el entorno familiar desempeña en esto un papel esencial, sobre todo a través de la lectura compartida, que es la única manera de que los niños adquieran progresivamente el lenguaje avanzado de la palabra escrita y, en última instancia, una vez adquiridas las bases de la descodificación, lean por sí mismos. Esto no quiere decir que la escuela sea ineficaz. Lo que significa es que el tiempo escolar disponible y el número de niños por profesor no permiten un trabajo óptimo. Todos los estudios demuestran que, en lo que respecta a la lengua y la lectura, la escuela no con­sigue compensar las desigualdades sociales. En España, según los datos procedentes de Pisa, la diferencia de competencias entre el cuarto más aventajado y el menos aventajado de los alumnos de secundaria representa cuatro años de aprendizaje. Es una diferencia descomunal. El problema solo puede resolverse mediante una acción focalizada, temprana y masiva dirigida a los niños menos favorecidos. También necesitamos un amplio programa de información para los padres, sobre todo para los desfavorecidos. Cuando explicamos a estos últimos la importancia de hablar con sus hijos, de leerles cuentos desde muy pequeños, de llevarlos a la biblioteca, los efectos en el lenguaje, el desarrollo cognitivo, la concentración o el vínculo familiar son considerables. Todo es cuestión de voluntad política. Los costes ocasionados se verían ampliamente compensados por el ahorro posterior (logopedia, fracaso escolar, etcétera).

martes, 2 de abril de 2024

Portugal, tan cerca, tal lejos, por Fernando Vallespín (El País, 31/03/24)

En Portugal, el líder conservador Luís Montenegro ha conseguido dejar fuera de su posible nuevo Gobierno a la Chega, el partido de ultraderecha que sacudió el sistema de partidos de nuestro país vecino. La reacción del PS, el anterior partido gobernante, parece que lo encamina a una oposición constructiva; hará oposición, pero le ha tendido también la mano para apoyar ciertas reformas. Desde luego, está por ver si conseguirá la estabilidad necesaria para llevar adelante la legislatura, pero estas maniobras no dejan de mandar una señal positiva. A la vista de lo que ocurre en nuestro país y de aquello hacia lo que apuntan las elecciones europeas, esta decisión va en la buena dirección. Muestra al menos que el sector mayoritario de la derecha tiene clara cuál ha de ser su relación con los partidos nacionalpopulistas. Justo lo contrario de lo que nos encontramos en España y en buena parte de Europa. Está claro que España no goza de la cohesión nacional portuguesa y está paralizada por un bibloquismo polarizador que hace imposible imaginar casi cualquier acuerdo transversal. Pero, y esto es lo que nos va a interesar aquí, carece también de una derecha que sepa cómo orientarse en su propio territorio. Esta es la herida por la que sangra el PP, obligado, allí donde depende de Vox, a ceder en cuestiones que lo desfiguran como “derecha moderna” y, como vimos en las pasadas elecciones generales, lo limitan gravemente en sus aspiraciones a gobernar. En dos palabras, no ha encontrado aún una estrategia para relacionarse con Vox. Ni se la espera. Al menos después de lo visto en su acuerdo con los ultras relativo a la memoria histórica en las comunidades en las que gobiernan. O el que se sientan arrastrados por el vocerío crispante de los de Abascal para que parezca que no son menos contundentes en su rechazo del “contubernio Frankenstein”. Lo peor, sin embargo, es que se ha acomodado a hacer oposición por la oposición misma. Me explico. Se rasga las vestiduras ante todos y cada uno de los pasos del Gobierno en su cesión ante los independentistas, pero no ofrece un contra-modelo, una alternativa. Fuera de la referencia genérica a la Constitución, a lo que, por otra parte, está obligado, ¿sabe alguien cuál es la solución del PP para apaciguar Cataluña o buscar una mejor integración de Euskadi? ¿Tiene algún plan para resolverlo? A las puertas de las elecciones en estas dos comunidades solo sabemos que no es el del actual PSOE, y esta indefinición lastra gravemente sus posibilidades de alcanzar allí un buen resultado. Otra pregunta. ¿Sabemos realmente cuál es su posición ante las nuevas guerras culturales? ¿Qué parte de las medidas al respecto impuestas en sus comunidades autónomas se corresponden con sus convicciones y cuáles son meras cesiones a sus socios de Vox? Esta última pregunta no es baladí, porque el grueso de la hipoteca que le impone Vox va esta dirección y es la principal fuente del temor que inspira su liaison con dicho partido. Quizá le alegre saber que, como afirmaba hace un par de días Simon Kuper en Financial Times apoyándose en diversos sondeos, parece que las guerras culturales se van apaciguando. Baste una muestra, que enlaza con lo de la memoria histórica. Una amplia mayoría de estadounidenses y británicos se mostraban a favor de discutir los aspectos más controvertidos de su historia —el racismo o el imperialismo, según el caso—, no eliminarlos o renunciar a una visión crítica; pero tampoco compraban el radicalismo más woke. Y así en todos los temas. ¿Ven?, tampoco es tan difícil. Aunque, eso sí, tendrán que trabajárselo y plantarse luego ante Vox.

La promesa de un mejor pasado, por Juan Gabriel Vásquez (El País, 31/03/24)

El debate sobre el pasado y la memoria —que no son la misma cosa— o sobre la historia y la memoria histórica —que también son cosas muy distintas— ha vuelto a la superficie recientemente en España. Ocurre cada cierto tiempo, de distintas formas y con distintas intensidades, pero yo no recuerdo un solo momento de este siglo en que estas tensiones no hayan estado presentes entre los ciudadanos: la ley de memoria histórica, sin ir más lejos, cumplirá 17 años en unos meses. Ahora se trata de la embestida que los partidos de la derecha llevan a cabo en ciertas comunidades contra la Ley de Memoria Democrática, que no ha cumplido dos años todavía. No hay nada nuevo en ello: los políticos siempre han querido apropiarse del pasado. Pero tengo la impresión confusa de que ese interés en dominar nuestro pasado común, lo que llamamos historia, ha cambiado de naturaleza en los últimos tiempos, a veces permitiéndose atrevimientos que a los memoriosos —no somos muchos, por desgracia— nos parecen salidos de viejos manuales que creíamos superados. Y acaba uno recordando una vez más, y con algo de cansancio, el manoseado refrán de 1984: “Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado”. Sí, Orwell lo sabía bien, o lo sabían las autoridades de su dictadura ficticia. Siempre me ha gustado la coincidencia banal entre la publicación de la novela y un episodio breve de la historia colombiana, y no me resisto a anotarla aquí. Por esos años, Colombia se hundía en un estallido de violencia política sin precedentes —y esto dicho de un país que ya cargaba a sus espaldas más de un puñado de guerras civiles—, y los dos grandes partidos empezaron a negociar para acabar como fuera posible con la guerra partidista. Para las siguientes elecciones, en las que se definiría la suerte de ese país estremecido, el partido liberal proponía a Darío Echandía, un liberal moderado que había sido presidente designado en otros momentos críticos; pero pocos meses después, mientras caminaba por las calles de Bogotá como parte de una manifestación de liberales, Echandía fue víctima de un atentado. Sobrevivió, pero murió su hermano. Al día siguiente retiró su candidatura, y de todo el episodio quedó para la historia su frase melancólica: “¿El poder para qué?”. Esto ocurrió en 1949. La novela de Orwell, publicada ese mismo año, contenía una posible respuesta. El poder para esto, señor Echandía: para controlar el pasado. Pues quien controla el pasado, controla el futuro. Así es: el poder político es, entre otras cosas, la capacidad de imponer en una sociedad determinada una versión de la historia. Siempre ha sido así, como digo, pero fueron los totalitarismos del siglo XX los que mejor lo entendieron, o los que más jugo le sacaron. Lo que ha cambiado en tiempos recientes es, acaso, la facilidad con que lo hacemos o lo podremos hacer. Stalin tuvo que usar una técnica audaz y complejísima para eliminar a TrotskI y a Lev Kámenev de las fotografías que contaban la Revolución; en otro caso se insertó a sí mismo en la foto de un Lenin convaleciente, tratando de probar que lo había visitado en sus últimos días y ganar así derecho a ser su sucesor. Hay una foto fantástica en que Mussolini levanta una espada a lomos de un caballo, y hoy sabemos que hizo borrar al hombre que tenía al caballo de la brida para que nada entorpeciera su viril pose de prócer: como tantos dictadores, Mussolini era un hombre de masculinidad acomplejada. Pero nuestras sociedades entran ahora lentamente en una época peligrosa donde bastará un mínimo conocimiento informático para lanzar al mundo una imagen adulterada, convincente y, lo que es peor, influyente: para cuando se detecte el falseo, si es que se detecta, ya habrá conseguido sus consecuencias políticas. Pero no es esto, en estricto sentido, de lo que se habla en estos días. Es verdad que ese (no tan) valiente mundo nuevo de la inteligencia artificial me inquieta profundamente, y más me inquieta ver que a nuestros líderes no parece inquietarlos demasiado. Las leyes que regularán la inteligencia artificial no están en pañales: es que no se han concebido. Por supuesto, la ley va por detrás de la realidad, siempre persiguiéndola a marchas forzadas, siempre con la lengua afuera; y en este caso los avisos están claros, y las consecuencias de no actuar a tiempo son —literalmente— inimaginables. Pero nuestro debate de ahora no se refiere a imágenes de ningún tipo, ni a inteligencia artificial, sino a algo más familiar: la guerra por el relato. Alrededor de ella hay preguntas inmensas: ¿cómo se cuenta la historia? ¿Quién la cuenta, o quién debería contarla? ¿Cómo defendernos de los intentos groseros que hacen las fuerzas políticas por imponernos su relato interesado y tendencioso? Bajo todas estas preguntas yace una que, en su simpleza, me resulta conmovedora: ¿por qué es tan vulnerable el pasado? A eso se reduce todo, me parece. Y la respuesta es vertiginosa y a la vez sencilla: el pasado es vulnerable porque, en cierto sentido, solo existe mientras lo imaginamos. Una novela famosa comienza diciendo que el pasado es un país extranjero, y la metáfora está bastante bien, por lo menos en el libro, pero la realidad es más compleja justamente porque no es así: ya nos gustaría a muchos, pero el pasado no es un lugar físico al cual podamos ir para ver realmente cómo ocurrieron las cosas. Paul Valéry, que tantas veces y tan bien habló sobre estos temas, visitó a un grupo de estudiantes en 1932, y habló con ellos de nuestra relación difícil con los hechos de la historia. Los mismos hechos, les recordó a esos estudiantes, constituían un relato si lo contaba un historiador anticlerical y librepensador (Michelet, por ejemplo) y otro muy distinto si lo contaba un historiador conservador y ultracatólico de tendencias autoritarias (por ejemplo, Joseph de Maistre). ¿Cómo es eso posible? Valéry responde: es posible porque el pasado es “una cosa enteramente mental”. Y enseguida añade: “No es más que imágenes y creencias”. Desde que se dieron cuenta de las implicaciones que eso tiene, los políticos no han dejado pasar una sola oportunidad de adulterar esas imágenes, de manipular esas creencias. Lo hacen contando relatos cuya verdad sea difícil de comprobar para el ciudadano medio, que no tiene con frecuencia ni el tiempo ni los instrumentos para cuestionar lo que le digan, y con frecuencia no tiene tampoco la voluntad: pues las imágenes y las creencias que le llegan desde sus líderes políticos son siempre mucho más halagüeñas, más placenteras o menos incómodas que las que les proponen los otros. Es por eso por lo que el pasado histórico se está moviendo constantemente, dependiendo de vientos políticos o de inconstantes modas culturales: que se pongan o se quiten placas de mármol de nuestros lugares públicos no es sino la encarnación de esos fenómenos mentales. Hoy mismo parece que los populismos del mundo entero han descubierto, a falta de propuestas para mejorar el futuro de la gente, la inmensa rentabilidad de prometerles un mejor pasado. ¿Qué es un mejor pasado? Un espacio donde se sientan más cómodos, menos culpables, menos responsables. Es un error aceptarlo; es un error doble aceptárselo a los políticos. Sería como aceptar una foto adulterada. ¿Quién decide lo que sale en la foto? Que no sean ellos, por favor. Que no sean ellos.

Ejercicio de castidad, por Cristina Sánchez-Andrade (El País, 31/03/24)

En Steering the Craft, Ursula K. Le Guin menciona uno de los ejercicios que más ha utilizado con sus alumnos de escritura creativa, el llamado ejercicio de castidad. Para evitar los estilos sobrecargados y rimbombantes, pide que se escriba una página entera de prosa sin adjetivos ni adverbios. Es complicado, nos dice, porque hasta palabras tan básicas como “solo” o “entonces” son adverbiales, así que a veces no es posible eliminarlas todas. Pero seguro que puedes quitar todos los adverbios acabados en “mente” y los adjetivos pomposos. Al final el resultado es un texto en prosa muy casto y muy llano. Y como has puesto todas tus energías en los verbos y en los sustantivos, es más fuerte y más rico. Abundan los estilos impostados y rebuscados, es cierto, y la castidad no le vendría nada mal a unos cuantos. ¿De dónde vendrá esa falsa idea de que para escribir bien hay que recargar el texto? Es evidente que, cuando ocurre esto, el escritor está más pendiente de demostrar lo bien que escribe y la cantidad de adjetivos que maneja que en transmitir una idea o emoción concreta. Quiere impresionar y teme no poder hacerlo si no emplea un lenguaje inflado. Y no falla: al que así escribe, tampoco le interesa lo más mínimo escuchar que le sobran bastantes palabras. Es feliz con su gordura y se ofende ante la sugerencia de una dieta. ¿Y qué pasa con el lenguaje oral? Contrasta esta “obesidad” en la expresión escrita con la actual pobreza verbal, sobre todo entre los jóvenes. Generalizar nunca es justo, como siempre, hay excepciones, pero no creo exagerar al decir que a veces da verdadero pavor escuchar las conversaciones de la gente joven. Estoy sentada en la cafetería de una Facultad de Letras en Madrid. Junto a mí, hay unos estudiantes hablando y pongo la oreja. “En plan, tío”, comienza una de las jóvenes, “me flipa que Marta se haya pillado a Chema. En plan, no entiendo cómo le renta ese tío. Es mazo feo”. A lo que su amigo le contesta: “En plan, yo tampoco”. Muletillas, frases hechas, escaso vocabulario. En dos segundos, toda la esperanza de nutrir la imaginación con una historia enjundiosa se desvanece. Supongo que este lenguaje oral anémico, al menos en apariencia, se debe a múltiples razones. Uno de los motivos que siempre se esgrimen es que se lee cada vez menos. Creo que nadie duda de la importancia de la lectura y no es mi propósito ahondar en ello aquí. El lenguaje abreviado de las redes sociales impregna el idioma, que sufre una enfermedad grave: se está quedando en los puros huesos. En todo caso —y aquí volvemos al lenguaje escrito—, no se trata de mejorar la expresión con una dieta calórica a base de adjetivos y adverbios. No se trata (solo) de ampliar vocabulario, sino de dar peso a lo verdaderamente importante, que son los verbos y los sustantivos. En el fondo, y aunque tengan un origen diferente, ambos lenguajes pecan de la misma obesidad: la de construir a base de restos y florituras, de todo lo que adorna el lenguaje. El lenguaje tiene que ser eficaz, adecuado para lo que se cuenta. Siempre que me preguntan cuál es la novela de la que más he aprendido contesto lo mismo: El gran cuaderno, de Agota Kristof, la historia de dos niños, hermanos gemelos, que durante la Segunda Guerra Mundial son dejados por su madre al cuidado de su abuela en una pequeña aldea. Pues bien; esta novela tiene un vocabulario que no supera las mil palabras. “Lo justo, sin relleno, sin grasa”, como ella mismo explicaría en una entrevista. ¿En qué consiste, entonces, la magia de su vigor expresivo? La propia Kristof escribió en su libro autobiográfico La analfabeta que el estilo de la novela se debía a que estaba escribiendo en un idioma extranjero; tras huir de Hungría por razones políticas, atravesando la frontera junto con su marido y su hijo pequeño, se instaló en Suiza y tuvo que aprender francés. Escribe en lo que puede parecer un francés torpe, pero cuya economía y dureza tienen efectos hipnóticos, necesarios para lo que está contando. Nunca con tan poco se había dicho tanto. Se me ocurre que el ejercicio de castidad del que habla Ursula K. Le Guin sea algo parecido a un ejercicio de eficacia. Y la eficacia, tanto en la expresión escrita como en la oral, tiene que ver con si conseguimos transmitir una idea o una emoción. Evitar el lenguaje fofo y plagado de tópicos, ajustar fondo y forma, buscar la frase vívida y la palabra justa. Flaubert afirmaba haber encontrado esta última cuando se lo decía el oído: cuando sonaba bien. Virginia Woolf lo expresó con unas palabras bellísimas dirigidas a su amiga Vita Sakville-West: el estilo es ritmo, “una onda en la mente”, la onda, el ritmo están antes que las palabras y hacen que las palabras encajen. Y es que, debajo de la superficie lisa del texto, tiene que palpitar una vida oculta, algo que nos haga sentir y que de alguna manera nos perturbe. La poeta Emily Dickinson dijo “si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía”.

martes, 19 de marzo de 2024

EL VALOR DE LA MENTIRA, por Ignacio Sánchez Cuenca (El País, 19/03/24)

De acuerdo con una investigación realizada por un equipo de The Washington Post en 2021, Donald Trump dijo 30.573 mentiras a lo largo de su mandato presidencial de cuatro años. No parecen pocas. Mintió sobre todos los temas: la economía, la covid, la inmigración, las elecciones… Hoy, parte como favorito en la carrera presidencial de 2024. Por desgracia, no tenemos elementos de comparación con otros políticos en otros países. Nuestro conocimiento sobre este asunto es todavía muy imperfecto y fragmentario. En un estudio académico reciente realizado por Darren Lilleker y Marta Pérez-Escolar, se analizaron 178 mentiras políticas en Reino Unido y 300 en España. Uno de los resultados principales es que, en ambos países, los partidos de la derecha mienten considerablemente más que los de la izquierda; no se trata de un efecto derivado de estar en la oposición o en el poder, pues en Reino Unido gobernaban los conservadores y en España las izquierdas durante el periodo de estudio (2021-2022). Estas conclusiones tienen especial significado ahora que se celebran los 20 años del atentado terrorista del 11-M y se ha revisado con espíritu crítico la sarta de falsedades y manipulaciones del Gobierno de José María Aznar sobre la autoría de la masacre durante aquellos días críticos. Cuanto más tiempo pasa, más evidente y dolorosa es la mentira propagada por el Partido Popular y algunos periodistas que decidieron romper con la realidad. Si se dicen tantas mentiras es porque sirve para algo. En otro estudio llevado a cabo por Katharina A. Janezic y Aina Gallego se realizó un sencillo experimento sobre la verdad a través de una encuesta dirigida a alcaldes españoles de municipios de más de 2.000 habitantes. El hallazgo más llamativo es este: los alcaldes que mintieron en la encuesta consiguieron después, en las elecciones municipales de 2019, ser reelegidos con mayor probabilidad que los alcaldes que fueron honestos. Con independencia de las consecuencias electorales que pueda tener la mentira para el político que la practica, lo interesante es indagar en la lógica interna de la falsedad, es decir, en las condiciones que hacen posible un empleo tan extendido de la misma. Comencemos constatando que, puestos a mentir, mejor mentir mucho que poco. El político que dice habitualmente la verdad puede provocar una decepción profunda en la opinión pública si se le descubre mintiendo. Su reputación se resentirá, dejará de ser esa figura modélica que la gente se había imaginado. En cambio, si miente de forma sistemática, el público ya no esperará mucho sobre la veracidad de las palabras del político. Por decirlo así, quien miente sin parar queda absuelto ante nuevas mentiras. O, si se prefiere, ante el mentiroso reincidente, nadie se toma ya la molestia de recordarle dónde se encuentra la verdad. La mentira 12.436 no tiene efecto, mientras que la segunda o tercera mentira pueden tener un coste considerable. De ahí que algunos políticos hayan descubierto que trae más a cuenta mentir repetidamente. Una vez que un político se sitúa en el plano de las mentiras sistemáticas, entra en un mundo paralelo. Puesto que ya no se distingue lo real de lo inventado, los llamados “hechos alternativos” comienzan a adquirir vida propia y dominar el discurso. El tránsito de la mentira a la ficción es inmediato y natural. Primero son interpretaciones sesgadas de los datos, luego acaban siendo meras invenciones, más o menos extravagantes. Se constituye así una realidad alternativa que es inmune a las falsificaciones desde el exterior. Si los demás no comparten las creencias, es porque son malvados, tienen intereses ocultos, están comprados o son sectarios. Los medios de comunicación se convierten en enemigos, todos ellos mienten salvo que le den la razón. No es de extrañar entonces que con frecuencia los líderes políticos que practican la mentira compulsiva tiendan a desarrollar ideas conspirativas sobre el funcionamiento del mundo. Una de las mayores paradojas en la política de la mentira consiste justamente en que el líder mentiroso acuse a todos los demás de mentir por el hecho de que no crean sus mentiras. Si se consigue persuadir a los seguidores de que los demás mienten cuando detectan mentiras en el político, este quedará como una víctima de las malas artes que practican sus enemigos. En esta peculiar lógica, los seguidores del político embustero quedan atrapados en su tela de araña. La mentira sin traba acaba arrastrando a todos quienes siguen a ese político. Hay una especie de efecto aspirador. Los votantes no pueden apoyar a un candidato que saben mentiroso, por eso acaban haciendo suyas las mentiras y convirtiéndolas en dogmas de fe. El uso de la mentira masiva obliga a los seguidores a hacerse cómplices de la misma. Cierran filas en torno al líder y se vuelven impermeables a los hechos. De ahí que haya una conexión entre la mentira política y la polarización que se observa en la política contemporánea. Los ciudadanos se sitúan en mundos inconmensurables, entre los que no hay comunicación posible. Cualquier desacuerdo se remite de inmediato a valoraciones del mundo contrapuestas. En España, el mejor ejemplo del uso ilimitado de la mentira es Isabel Díaz Ayuso. Muchas de sus mentiras parecen calcadas de las de Trump. Así como Trump dijo innumerables falsedades sobre el estado de la economía de Estados Unidos, presumiendo de tener los mejores resultados históricos de empleo, cosa que era falsa, Díaz Ayuso afirma rutinariamente que Madrid es la comunidad con la mejor sanidad de Europa, la que aporta un 70% del fondo común de las autonomías, niega que Madrid tuviera la mayor tasa de mortalidad no de España, sino de toda Europa durante la primera ola de la covid, etc. Al igual que Trump, se ha instalado en un mundo que funciona al margen de la razón. De ahí que diga cosas tan estrambóticas como que hay una conexión entre cerrar plazas de toros y sufrir sequía, sin que sus fans pestañeen, o que proponga como remedio contra el cambio climático poner una plantita en el balcón de cada casa. Si un “progre” hubiera anunciado semejante medida, ella misma habría dicho que la izquierda autoritaria quiere imponer a la gente lo que puede tener o dejar de tener en sus terrazas. Trump habló de inyecciones de lejía para tratar la covid y Díaz Ayuso dijo que la enfermedad se curaba en lugares con techos altos. Ella ha propuesto que “el concebido no nacido” sea un miembro pleno de la unidad familiar y cuente para la familia numerosa, ha demostrado no tener ni idea de lo que es la inflación… y así hasta la extenuación, entre la indiferencia o el entusiasmo de sus fans, que son millones. Pero quizá lo más sorprendente de todo sea que mucha gente se haga partícipe de esta mezcla de mentiras y fantasía por el puro placer de percibir la irritación que produce en los demás esa catarata de falsedades y disparates. Cuanta mayor sea la irritación ajena, mayor el goce propio. Ese regodeo en la provocación es uno de los síntomas de la frivolidad e irresponsabilidad política de nuestro tiempo. En el futuro, quienes analicen nuestra época encontrarán grandes dificultades para explicar qué le pasaba a tanta gente por la cabeza.

miércoles, 21 de febrero de 2024

SITUAR EL APRENDIZAJE, por Albano de Alonso Paz (INFOLIBRE, 21-2-24)

SITUAR EL APRENDIZAJE Albano de Alonso Paz En la casa donde me crié superábamos la ratio. Éramos seis y sólo había dos habitaciones muy pequeñas. En una de ellas dormí durante los primeros años con mis hermanos y mi abuela, que vivió con nosotros desde que tuvo una discapacidad. Éramos multitud pero no teníamos sensación de hacinamiento; estábamos a gusto en nuestro hogar, en el sentido originario de esta palabra que proviene del latín focaris ("fuego"). En el calor que irradiaba la hoguera de la familia, en cada pequeño rincón estaba nuestro lar, nuestro “guardián” de la casa en forma de pequeñas historias de la cotidianidad que rodeaba el pueblo. Había pocos secretos y lo que se contaba no se escondía tras pantallas, simplemente porque entre aquellas paredes sólo estaba la de la tele en blanco y negro del salón que casi siempre ocupaban mi padre o mi abuelo con algún partido de fútbol del recién aterrizado Canal +, no recuerdo si pirateado o no (esas cosas, mejor olvidarlas). Mi cuarto era otro mundo: era una situación de aprendizaje cada día diferente. En él al anochecer repasábamos a regañadientes en medio de lecturas lo que hacíamos cada día en el colegio, antes de preparar las cosas del día siguiente. Mi timidez diagnosticada a trompicones contrastaba con el desparpajo de mi hermano para recitar de carrerilla, con sólo nueve años, los ríos de España o los huesos humanos. Recuerdo la cara de felicidad de mi abuela, mientras los demás escuchábamos atentamente, a la vez que yo pensaba: “caray, si yo nunca he visto un río”. Con el tiempo me enteré de que en Canarias no había. Han pasado muchos años y no creo que mi hermano se acuerde de los interminables listados que trabajábamos bajo la directriz de aquellas maestras afanosas. Que le sirvió para ejercitar la memoria, no lo dudo: muchos, con nuestras historias del pasado, seríamos capaces de demostrar que repetir palabras, números o frases puede favorecer que, como mínimo, se retengan un tiempo. Sin embargo, me da cierta lástima pensar que aquellas situaciones improvisadas no aterrizaran también en saberes del entorno donde me crié, una tierra rodeada de volcanes y cantos populares que acompañaban cualquier festejo. No teníamos fiestas dionisíacas como las de los griegos, pero también la cosecha y la llegada del buen tiempo nos hacía cantar o recitar. Muchos de aquellos versos que nunca di en la escuela aún resuenan en mi cabeza. Al final, en la cotidianidad de las prisas estas vivencias experienciales se hunden en la memoria hasta desvanecerse, en un estilo de vida donde casi no hay tiempo para situarse. En el mundo académico hemos llenado tarros de nomenclaturas que se renuevan más o menos cada lustro. Ahora, precisamente, con la última ley hablamos de situaciones de aprendizaje. Quién lo diría. Estas situaciones se han convertido en nuestro trabajo y a veces en quebraderos de cabeza. Las planificamos no desde la espontaneidad de vivencias infantiles, sino siguiendo el compás de lo que nos hacen tejer en un traje con hechuras rígidas, y eso casi nunca es bueno: dista mucho de lo que debe ser un aprendizaje hecho vivencia. Con tono desenfadado —a veces hay que echarle humor a esto—, Toni Solano, en su reciente ensayo Aula o jaula (2023) se refiere a ellas como “el punto G de la LOMLOE: todos creen conocerlas, pero pocos las activan eficazmente”. Y, en cierto modo, así es: los procesos que se despliegan en un acto educativo nos llevan a pensar que en la escuela, a pesar de estar rodeada de historias loables de enseñanzas (muchas de ellas dignas de enmarcar por el ingenio docente), no siempre han imperado estas situaciones contextualizadas donde el estudiante pueda hacer rodar la significatividad del saber, porque lo ha hecho suyo. Tenemos una profesión difícil pero afortunada: una labor clave, en contacto con generaciones de jóvenes para intervenir en su búsqueda de un futuro digno La cosa se complica cuando vemos que ese variable entramado legislativo y ciertos requerimientos reorientan continuamente nuestra forma de entender la programación, que aunque tiene criterios comunes muda sus vértebras según cada centro y docente (lo llaman autonomía pedagógica). Ahora, las arterias de nuestro trabajo en su faceta formal tienen otro matiz, otra tintura debilitadora. En ese papeleo perdemos de vista los rostros e inquietudes de nuestro alumnado; aquello que realmente nos lleva a poder situar el aprendizaje: el poder conocerlos. Si todo fuera sencillo, situar el aprendizaje no debería suponer más agobio para el profesorado, puesto que supone la hoja de ruta de su camino. Como la meta divina que trazó el destino del guerrero Eneas de la epopeya de Virgilio, solo que ahora lo que nos hace hincar las rodillas no son hechiceras ni fastuosas reinas, sino las duras realidades que cada chaval esconde en su mochila. Pero, como el héroe troyano, seguimos nuestro camino, con más cicatrices que antes. Situar el aprendizaje no debería ser un eslabón más de una rígida cadena plagada de tablas interminables porque, en la legislación actual, rige el principio de personalización del aprendizaje, un principio humanizador que defendía el propio Rousseau en su Emilio: el centro es el aprendiz, por lo que lo importante serán los ajustes que hagamos para aprender a atenderle. Porque sí: el profesor también aprende. Por lo tanto, a pesar de que toda institución escolar debe tener un marco común que represente las señas de identidad de un contexto determinado, más que nunca las planificaciones de nuestras clases se plantean como cronogramas abiertos que mapean las complejas circunstancias que tenemos. Con unos objetivos claros y un engranaje curricular definido, pero sabiendo que ahora de lo que se trata es de ser lo suficientemente flexible para ayudar a que nuestro alumnado, con sus particularidades, active su capacidad cognitiva y encuentren sentido. Pongo sobre la página dos o tres consejos más para que no nos ocurra como a mi yo de la infancia, que nunca llegó a entender por qué repetíamos listados de ríos y nunca vimos ninguno a nuestro alrededor. Por un lado, despertar la necesidad de aprender experimentando —y no solo en edades tempranas—. Si no encontramos ideas, recordemos la historia que inspiró la película El maestro que prometió el mar, en la que el maestro republicano Antoni Benaiges hizo que sus estudiantes volcaran sus experiencias y conocimientos en diarios, como antesala de su promesa. Por otro lado, decirle al alumnado al principio qué queremos que aprenda, conozca o descubra, sin ser demasiado ambiciosos. También sintámonos libres para adaptarnos a sus realidades, teniendo en cuenta que el bagaje social que cada estudiante trae puede ser enriquecedor como construcción vital para el resto. Estas son sólo algunas pinceladas para hacer de la experiencia aprendizaje y del aprendizaje, experiencia. Tenemos una profesión difícil pero afortunada: una labor clave, en contacto con generaciones de jóvenes para intervenir en su búsqueda de un futuro digno. Como el hado que guiaba en la antigüedad a héroes y heroínas capaces de mudar los designios mediante peripecias nunca en soledad. Multitud de escuelas pedagógicas enseñan desde inicios del siglo pasado que los momentos que nos rodean pueden transformar la capacidad del individuo para aprender de su entorno. Célestin Freinet lo llamaba tanteo experimental. Ahora los tiempos cambian y lo llamamos de otra manera pero, al final, lo importante es eso: ponernos en situación. Situar para convertir lo que nos rodea en aprendizaje. _________________________ Albano de Alonso Paz, profesor de Lengua Castellana y Literatura. Miembro del Colectivo DIME de Docentes por la Inclusión y la Mejora Educativa. Divulga sobre educación a través de su blog.

martes, 13 de febrero de 2024

Animales, dioses, idiotas, por Irene Vallejo (El País ,11-2-24)

Érase una vez una niña que estaba sola en el mundo. He olvidado el resto del cuento, pero recuerdo el terror contenido en esa frase. Con literalidad infantil, me imaginé a mí misma en un planeta vacío bajo las heladas estrellas. Más que ningún otro relato de miedo, la imagen de ese páramo y de ese desamparo nutrió las pesadillas de mi niñez. Tal vez el temor al abandono alimenta la necesidad universal de pertenecer a un grupo, a un equipo, a un partido, a una familia sanguínea o elegida. Nos mueve el anhelo febril de adhesiones. Incluso las rebeldías, conspiraciones y nihilismos buscan el calor de un clan disidente. Cuanto más incomprendido sea el rasgo compartido, más une. Hasta las redes sociales, que nos enjaulan en una rutilante burbuja, nos seducen al prometernos una ilimitada posibilidad de encuentro. Porque la buena compañía nos nutre. La palabra proviene del latín cumpanis, que significaba “compartir el pan”. Uno de nuestros apetitos más hondos es ser aceptados y convidados, hacer buenas migas con quienes nos rodean. Necesitamos confiar en otros, y que confíen en nosotros. Aunque ese orgullo de pertenencia desate más pasión que compasión. Al amparo de la democracia ateniense, Aristóteles definió a los humanos como seres sociales, animales cívicos inseparables de las redes de afectos, vínculos, intercambios, solidaridades y sueños compartidos que nos anudan y sostienen. En su Política, argumentó que un individuo no logra ser feliz en una ciudad infeliz: las penalidades de tus vecinos son también tu desgracia. “Quien es incapaz de vivir en comunidad o quien nada necesita por su propia suficiencia no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios”. El ideal de independencia y arrogante autonomía puede ofrecer una vida divina o fiera, pero en todo caso inhumana. También había sombras en la comunidad imaginada por Aristóteles; las mujeres y esclavos quedaban excluidos de la ciudadanía. Sin embargo, un mensaje poderoso late en sus palabras: todos los seres humanos somos políticos, y no solo los profesionales del gremio parlamentario. Loables o detestables, las decisiones del poder nos afectan siempre. Quizá por eso, los griegos llamaban ‘idiota’ —cuya raíz significa “propio”— a quienes se desentendían de los asuntos públicos, pendientes solo de sus intereses particulares. En tiempos de sobresalto, la política se vuelve sospechosa y las sociedades se fragmentan en archipiélagos de esfuerzos aislados, privados —de aliento colectivo— y desconfiados. En esos momentos, cuando se ignora lo que nos anuda y abundan los idiotas, suben al poder quienes se las saben todas. En uno de los más famosos diálogos de Platón, el filósofo Protágoras —portavoz intelectual de aquella joven democracia— se pregunta cómo logramos convivir en sociedad, pese a los conflictos y los exabruptos. Para explicarlo, cuenta un mito donde las ideas respiran, tienen carne, músculo y rostro. Cuando los dioses crearon el mundo, encargaron a dos titanes, Prometeo y Epimeteo, distribuir dones entre la multitud de seres vivos. Y, ay, el atolondrado Epimeteo —cuyo nombre significa “el que actúa primero y piensa después”— insistió en ocuparse a solas del reparto; como todos los grandes incompetentes, estaba muy seguro de sí mismo. Empezó por los animales: a unos dio garras y dientes afilados; a los más débiles, velocidad para huir o un hábil camuflaje. Sin embargo, olvidó reservar un regalo para la especie humana. Ahí quedamos, inermes, torpes, sin alas ni aletas, patilargos, cabezones, vulnerables… una calamidad. Para resolver el desastre, Prometeo robó del cielo la chispa del fuego y así aprendimos a encender hogueras. Apiadándose de nuestra especie desvalida, el dios Zeus nos regaló la justicia y el sentido político. Protegidos de la oscuridad y el frío por ambos dones –el fuego y la palabra que une–, inauguramos las veladas en torno al círculo hospitalario de luz para contar cuentos, coser y cantar, crear comunidad. Al amor de la lumbre, incluso antes de inventar las mesas, la humanidad practicó las sobremesas. De esa manera, aunque seamos débiles por separado, nos hicimos fuertes al colaborar. No tenemos zarpas, pezuñas, aguijones o caparazones, pero aprendimos a tejer sociedades. Solos valemos poco, nuestra verdadera ventaja competitiva es el talento para cooperar. La filósofa María Zambrano nos definía como “soledades en convivencia”. En Persona y democracia reclamó “una sociedad humanizada donde lograr que la historia no se comporte como una antigua deidad que exige inagotable sufrimiento”. Frente al desamparo que siempre nos acecha y, a falta de colmillos, nos protege actuar como animales políticos, capaces de compartir, cuidarnos y divertirnos juntos. Gracias a los dioses, tenemos chispa. Y en la densa oscuridad, somos breves fulgores que se buscan. La antropología y la biología evolutiva confirman las intuiciones de aquellos mitos originarios. En su ensayo The Secret of Our Success, Joseph Henrich actualiza a Epimeteo: el ser humano es una criatura débil, lenta y no particularmente hábil para trepar a los árboles; nacemos gordos, prematuros y con el cráneo abierto. En una casa de apuestas prehistóricas, nuestra cotización habría sido nula. Heinrich sostiene que los logros de nuestra especie no son fruto de una inteligencia innata o habilidades mentales especializadas. El motivo es que crecemos aprendiendo de otras personas. Cada generación construye sobre los cimientos de las estrategias y sabiduría acumuladas por generaciones previas. Este bagaje supone una ventaja tan grande que la selección natural ha favorecido durante milenios a quienes mejor aprenden socialmente. La trenza entre la cultura y los genes nos volvió peculiares, un nuevo tipo de animal: aprendices adaptativos. Heinrich afirma que la innovación depende de nuestra habilidad para colaborar más que de nuestro intelecto, y el gran reto es evitar la fragmentación y la disolución de nuestras comunidades. La ciencia muestra que los mayores avances no son destellos de mentes excepcionales, únicas e irrepetibles. Al contrario, los grandes descubrimientos son resultado de hallazgos previos, colaboración y saber compartido a lo largo del tiempo. Sin embargo, en la escuela aprendemos nombres estelares asociados a tecnologías revolucionarias. Idolatramos una mitología protagonizada por líderes carismáticos y paternalistas, gobernantes providenciales, emprendedores solitarios y genios disruptivos. En una perversa paradoja de nuestra política, las habilidades necesarias para ganar elecciones —ferozmente competitivas— eliminan de la carrera a quienes gobernarían de forma serenamente colaborativa. Ser un pedazo de pan cotiza a la baja —y al hambre— en el mundo del apego al ego. Como enseñan los cuentos infantiles y Aristóteles, el mito del triunfador hecho a sí mismo es irreal: todo avance solitario es en realidad solidario. Por algo llamamos “compañías” a las empresas y, por eso, el lugar donde aprendemos —el colegio— nos reclama ser buenos colegas. De hecho, separarnos y enfrentarnos disminuye nuestra prosperidad. Divididos somos más combativos y conflictivos, menos efectivos. No es casualidad que las palabras sólido, salud y solidario tengan el mismo origen lingüístico. Hemos construido sociedades sobre una paradoja: a la debilidad debemos nuestra fortaleza. La indigencia del ser humano se convierte en el principio de nuestro poder, escribe Zambrano. La evolución cultural favoreció el crecimiento de las tribus, la cooperación, la armonía interna y la valentía para compartir riesgos. Ante los problemas ajenos, milenios de selección premiaron el compañerismo, no el “con su pan se lo coman”. Lo que nos hizo diferentes es no ser indiferentes a los demás.

domingo, 11 de febrero de 2024

La demagogia de los hechos, por Antonio Muñoz Molina (El País, 10-2-24)

No hay demagogo más descarado que la simple realidad; no hay panfleto más incendiario que la sección de Economía del periódico. Hace solo unas semanas, en los mismos días en que se anunciaban los beneficios de los bancos españoles, un Niágara sucesivo y triunfal de miles de millones de euros, vino la noticia de esa mujer de 78 años que estaba siendo desahuciada de la casa en la que había vivido siempre por no pagar una deuda de 88 euros. Parece ser que los bancos ganaron el año pasado más dinero que nunca: en un récord inverso, puede que nunca una persona vulnerable y anciana haya perdido tanto, su casa y su vida entera, por tan poco dinero. Es difícil imaginar qué méritos han acumulado los bancos y sus directivos para recibir sus compensaciones multimillonarias, qué riqueza o prosperidad han creado en el curso de un año. Bien es verdad que en esto nuestra condición de país de medio pelo reduce comparativamente el botín de nuestros bancos y nuestros multimillonarios. Elon Musk se había concedido a sí mismo en 2023, en su cualidad de dueño o líder de la compañía Tesla, una remuneración de 56.000 millones de dólares, y una jueza del Estado de Delaware la ha dejado en suspenso al considerarla tal vez algo excesiva, escrúpulo que no tuvo en sentido inverso el juez de Barcelona que encontró adecuado el desahucio de la deudora de los 88 euros. Mientras que esta mujer, Blanca, recogía unas cuantas cosas de su casa abandonada para alojarse en la pensión que al parecer le ha buscado y le paga el Ayuntamiento, las grandes compañías tecnológicas tomaban el relevo de los bancos españoles para hacer públicos sus beneficios, y las cantidades eran tan descomunales que desbordaban hasta la imaginación del plutócrata más ensoberbecido. El gusto morboso que otros satisfacen leyendo ficciones distópicas yo lo encuentro en la información de todos los días, en el periódico de papel que compro cada mañana con la misma anacrónica y algo desengañada lealtad que un número declinante de mis coetáneos, con la misma rutina entre gustosa y melancólica con que saco a pasear a mi perra o preparo el desayuno. Aunque no lo parezca, leemos no solo con los ojos: también con las manos, con el tacto, el olfato, el oído, el hábito corporal de inclinarnos sobre las hojas desplegadas. Igual que la literatura, y sobre todo la poesía, se me queda mejor en la memoria cuando la leo en papel, las desgracias y los horrores y las insensateces panfletarias de la realidad me hieren más cuando las veo resaltadas por la tinta, a esa hora de la mañana en la que todavía no se me han activado del todo las fuerzas necesarias para hacer frente al día que empieza. Agitado por esos estimulantes que en otras épocas iban siempre juntos, la tinta y la cafeína, quizás me indigno más al leer que las mismas empresas tecnológicas que declaran beneficios no ganados nunca por nadie en la historia de la humanidad anuncian al mismo tiempo despidos masivos. Con su lógica anticuada, uno pensaba que una empresa despide a trabajadores cuando sufre pérdidas, pero a estas se ve que la riqueza les exagera la codicia, y cuanto más ganan a más gente despiden, para ganar todavía más. En internet he querido seguir el rastro de la historia de Blanca y lo he perdido muy pronto. Los bancos y las tecnológicas y sus invenciones y trapacerías monstruosas para succionar hasta el último segundo de nuestra atención y nuestros últimos céntimos siguen ocupando un espacio creciente de la actualidad, pero de Blanca no ha vuelto a saberse nada. Por mucho que busco no encuentro sus apellidos, como si una persona de tan poca importancia no tuviera pleno derecho a ellos. ¿Estará todavía en esa pensión, como una viuda empobrecida y antigua, como las señoras enlutadas que llevaban existencias fantasmales en las pensiones de mi primera juventud? ¿Y por qué los servicios sociales no han tenido la mínima generosidad de alojarla no ya en una pensión, sino al menos en un hostal? Blanca llevaba 50 años viviendo en el mismo piso del Barrio Gótico de Barcelona, en una calle en la que solo había otra vivienda aparte de la suya que no fuera un alojamiento turístico. Dice que llegó por primera vez a su casa con vestido de novia y que aspiraba a no salir de él sino con la mortaja. Un piso habitado por una anciana que paga un alquiler modesto es un negocio calamitoso en uno de esos barrios céntricos de las ciudades españolas donde la gente pobre y trabajadora tuvo su espacio natural durante más de un siglo, resistiendo en las épocas en que los mejor situados se iban y en que las calles sucumbían a la delincuencia y a la heroína. Los mismos que sostuvieron la vida de los barrios en los años oscuros son los expulsados cuando los tiempos cambian y el barrio se vuelve más atractivo, y se rehabilitan casas, llegan propietarios y negocios pujantes, desaparecen las tiendas modestas que sostenían la vida cotidiana, llegan por fin los turistas internacionales arrastrando maletas estrepitosas con ruedas y consultando en el móvil la página de Airbnb. Blanca, a su edad, tenía la aspiración elemental que enuncia el Romance sonámbulo de García Lorca: “Compadre, quiero morir / decentemente en mi cama. / De acero, si puede ser / con las sábanas de holanda”. Después de muchos años de deterioro de su casa, Blanca logró que la propietaria le hiciera algunas reparaciones urgentes, que al parecer salieron de cualquier manera, si bien a ella, la inquilina, se le exigió un pago sin fundamento legal. Pero la propietaria podía costear abogados y trapacerías jurídicas, y Blanca, en su casa ruinosa, todavía con humedades y arreglos chapuceros, con todos los recuerdos acumulados de su vida, su ropa en los armarios, las fotos de sus muertos, dejó de pagar uno de los recibos que se le reclamaban, los 88 euros, la milmillonésima parte, por decir algo, de las ganancias de un banco en un solo día, una décima de segundo en el caudal de ingresos de uno de esos oligarcas que ni siquiera pagan impuestos, que compran gobiernos y corrompen y arruinan países enteros. El Jean Valjean de Los miserables acabó cumpliendo 19 años de cárcel por robar una hogaza de pan. Hay formas extremas de demagogia que ya no son privativas de las novelas sociales y sentimentales del siglo XIX. Dice Thomas Piketty que la desigualdad social llegó a su grado máximo en 1914, y que las guerras mundiales y las crisis de las primeras décadas del siglo propiciaron un declive en la concentración de la riqueza, acentuado por las políticas igualitarias del Estado de bienestar a partir de 1945, que han ido siendo desmanteladas en Estados Unidos, y tristemente también en Europa, desde el triunfo de Reagan y Thatcher a principios de los ochenta. Ahora la acumulación de riqueza y la desigualdad social son más pronunciadas todavía que en 1914. En un libro reciente, The Inequality of Wealth, Liam Byrne cuenta que el yate del oligarca ruso Roman Abramóvich mide 162 metros y costó 1.200 millones de libras, e incluye entre sus variadas prestaciones un helipuerto con capacidad para varios helicópteros y un sistema de detección de misiles. “En un orden social como este, mi única posición posible es la de mendigo”, dice James Joyce. Para que existan corporaciones o individuos que dispongan de tanto dinero y tanto poder hace falta un orden social en el que una mujer de 78 años pueda ser expulsada de su casa por una deuda de 88 euros.

lunes, 29 de enero de 2024

La "Spanish" enseñanza, por Lola Pons

Los nombres de las autonomías son, entre otros, Andalusia o Balearic Islands; nos regula la Spanish Constitution, en geografía no hay que pasar por alto la Castilian Meseta y son hitos históricos the Caliphate of Córdoba, the Irmandiño revolt o the Spanish Armada. Hay libros de texto de muchos estudiantes de colegios e institutos españoles que están por completo escritos en inglés; son los que se usan en las asignaturas que se etiquetan como “no lingüísticas” (por ejemplo, música, historia o biología). Se hace así por la implantación del modelo AICLE (Aprendizaje Integrado de Contenidos y Lenguas Extranjeras, en inglés CLIL), una metodología muy generalizada en España desde los inicios del siglo XXI y por la que se enseñan en una segunda lengua (normalmente en inglés) los contenidos de varias asignaturas de cada curso. El establecimiento de este sistema en España lleva asociada la contratación de asistentes de conversación y, claro está, el uso de libros de texto adaptados. Sé que no hay opinión unánime en nada que tenga ver con educación y contribuyo hoy al coro de la disonancia: expreso mis dudas hacia este sistema y animo a que desde los gobiernos autonómicos, que son quienes tienen en España mayoritariamente las competencias en educación, debatan sobre su continuidad. Pensemos en el alumno. Si el objetivo de este sistema es mejorar el inglés a través del contenido, la ecuación está mal planteada: el contenido no puede convertirse en un medio y el aprendizaje de una lengua extranjera no es la única meta. Tener competencia en una segunda lengua es deseable, de hecho parece imprescindible en el mundo actual, pero no todos los estudiantes lo consiguen y eso no debería convertir en fracaso su paso por otras materias. ¿Es justo que condenemos a quien no tiene buen nivel de inglés a que tampoco tenga buen nivel de historia? Pensemos en el profesorado. Incluso si suponemos a todos los docentes un óptimo nivel de competencia lingüística en la lengua extranjera, ¿están preparados para impartir en ella los contenidos que aprendieron en una universidad donde se les ha dado clases en español?, ¿no es una incoherencia que les pidamos que trabajen en un modelo bilingüe pero que preparen luego a los estudiantes para una Ebau (selectividad) en español? Pensemos en el nivel de inglés. En asignaturas de primaria se da un desequilibrio entre el nivel de la propia materia de inglés y el que contiene el libro de ciencia, historia o música. En las asignaturas impartidas en inglés se requiere traducir la terminología, por lo que la comunicación lingüística se convierte a menudo en una competencia trabajada sobre todo pasivamente, de forma anticomunicativa, lo peor para avanzar en una lengua extranjera. Pensemos ahora en el español, que es la gran víctima de este modelo. Al inicio de la educación obligatoria, en Primaria, la mayor parte de los niños sabe hablar con pleno dominio, lo que no conocen es la variedad elaborada de la lengua española, que se aprende en todas las materias escolares, no solo en la asignatura de Lengua. Sacar al español de las explicaciones de historia política, de desarrollo natural o de estructuras sociales consolida la equivocada idea de que el inglés es la única gran lengua europea para la exposición técnica y científica. El español se usa en el patio y el inglés en la pizarra; se parece a la situación de dos lenguas (una familiar y otra prestigiosa) que se da en países de África con sus lenguas coloniales. Por el camino, se reduce el empleo del español como lengua para la reflexión crítica razonada: mala cosa en una democracia. Pensemos, por último, en el nivel de lo estudiado. Muchos docentes se quejan de que se llega a una menor profundización de los contenidos y, de hecho, la Comunidad de Madrid anunció en diciembre pasado que reintroducía el uso del español en la asignatura de Historia a petición de los profesores. El seguimiento realizado a alumnos implicados en este sistema ofrece resultados dispares, y en la bibliografía abundan estudios donde se insiste en que el nivel de contenidos no sufre por el inglés. Aun sin dudar de tales estudios, hay algo que no me gusta de este modelo: para garantizar que lo básico se ha entendido, se tiende a volver al positivismo del siglo XIX: la clase se va en insistir sobre hechos y fechas básicos, pero no en debatir, resolver o argumentar, porque el nivel de inglés no alcanza. Sé que lo más español en el asunto de la enseñanza es que no haya consenso político. Pero formulo aquí mis argumentos sobre este asunto sin salir del centro educativo, el lugar donde convergen los alumnos, sus profesores y los materiales que intermedian entre ellos. Tengo por delante un libro de Secundaria que trata sobre “The Disaster of ‘98″ y, creo que una parte del reciente desastre de Pisa tiene que ver con esto.