viernes, 4 de octubre de 2024

La quimera del odio, por Josep Ramoneda (El País: 4/10/24)

Los debates políticos cansan. Siempre previsibles. Con la oposición en ejercicios lamentables de demagogia. Con escasez de ideas y propuestas en positivo. Con los gobiernos a la defensiva y, a menudo, con inquietantes efectos en la opinión pública. Podemos optar por la resignación: son incorregibles, sólo son capaces de pensar en términos de buenos y malos, los míos y los tuyos. La confrontación parlamentaria con insultos y descalificaciones, sin plan alguno, confesable por lo menos, sólo aumentan el desencanto. Y la demagogia es una contribución a lo peor: una imagen falsa de la realidad, que el perdedor crea impunemente porque todo vale para tumbar al adversario. Tenemos ahora mismo dos ejemplos claros: la inmigración y la seguridad. La inmigración ha hecho de pronto un salto de cuarta a primera preocupación ciudadana sobre una falsa apelación a la realidad: las cifras se magnifican, la retórica nacionalista se dispara y se habla ya del desmoronamiento de la patria ocupada por los parias de la tierra. Y, en consecuencia, contra toda evidencia se hace la transferencia a la cuestión de la inseguridad, sin que haya datos objetivos que justifiquen esta imputación. Los inmigrantes van a por nosotros, estigmatización de los que llegan para confortar a los que siguen. La democracia debería ser un espacio de debate y a menudo se instala en el odio y el resentimiento. Es teatro, dicen, pero un teatro peligroso cuando se representa en la escena pública. Ahora mismo, a la derecha se le hace muy larga la espera para volver al poder. La figura de Feijóo como alternativa, varada en la banalidad de la descalificación permanente, no consigue romper el techo. Desde la nuda altivez, Ayuso viene levantando la voz, subiendo la apuesta demagógica. Y la extrema derecha —como en toda Europa— acecha a la derecha, arrastrándola cada vez más a la xenofobia y al desprecio al otro. La ciudadanía mira con recelo a la clase política, porque la ve opaca y distante, porque la escenificación permanente de la pelea parlamentaria, sin viso alguna de transformación efectiva, cansa. Y la alineación automática de muchos medios, algunos de ellos en manos de viejos guardianes de la verdad progresistas convertidos por una súbita revelación a la dramatización de una patria herida y amenazada y de la democracia desbordada por los enemigos de España, hace todavía más inquietante la situación. Hay una cierta fatiga con el discurso político. Con el riesgo de que ya solo cunda la demagogia. En realidad, son los efectos no deseados de un sistema diseñado para frenar los abusos de poder. Y estos inevitablemente se cuelan en las instituciones. Es la natural precariedad de la democracia que forma parte de su condición. Precisamente porque es abierta pueden entrar todos: los que la respetan y los que quieren apoderarse de ella. Y ahora mismo el conflicto se representa con el autoritarismo posdemocrático acechando. La democracia se funda en el principio de la mitad más uno, que es el número de escaños que otorga el poder. De ahí la tendencia al dualismo, cristalizado en la oposición derecha/izquierda con las puntuales apariciones del centrismo para decantar la balanza generalmente hacia la derecha. Esta dinámica conduce inevitablemente a la confrontación: te quito a ti para ponerme yo. Y de hecho es la razón de ser de la democracia: situar el conflicto en el terreno de la palabra en lugar de la violencia. Dicho de otro modo, la democracia es una forma de sublimación que canaliza el conflicto por la vía de la negociación y la discrepancia abierta. Cuando se tensa supura el odio, siempre al acecho. Una democracia de calidad requiere una cierta cultura que sublime las bajas pasiones humanas, que sería pretencioso dar por adquirida. Como escribe Ricard Solé: “El odio se va incorporando al espacio de la razón y convierte el problema de la polarización en una verdadera pesadilla” como instrumento de los que se creen portadores de la verdad. En la democracia todos tenemos voto y palabra pero como en todo sistema hay una inercia a convertir los protagonistas en casta, en este caso lo que llamamos la clase política, que no siempre sabe ganarse el crédito que requeriría. Y que demasiado a menudo se convierte en estrecha y endogámica, con los partidos políticos como oscuro espacio de encuadre. De ahí se generan la desconfianza y el malestar sobre los que se construye la demagogia, la arbitrariedad y la dinámica de buenos y malos, patriotas y traidores. La distancia con la ciudadanía se agranda y por esta brecha se cuelan los discursos autoritarios, los portadores de grandes promesas. Una sociedad es un edificio muy complejo, formado por poderes económicos, sociales, culturales y morales, que luchan por el control y la influencia, algunos, especialmente en el poder económico, con poderosos recursos y capacidad de influencia porque su potencia le sitúa por encima de los demás y tiene a los gobernantes bajo advertencia. La democracia es un espacio frágil para conseguir un razonable equilibrio entre todos estos factores que reiteradamente sufren asaltos de los que creen que su Dios o su patria son los únicos verdaderos. Y cuando las patrias chocan el incendio crece. En España, después de un período conflictivo que pagaron quienes valoraron mal los límites de lo posible conforme a la relación de fuerzas, podía darse ahora una cierta oportunidad de recomposición, que no significa claudicación. Difícil sin duda, en un marco en que la confrontación política ha llegado incluso al poder judicial con inquietantes señales de politización. Y la confusión de poderes se agranda en la medida que en la sociedad cada vez se concentra más en unas pocas manos que controlan el poder económico y el digital, espacio propio de la confusión, que no favorece la distinción entre la verdad y la mentira. ¿Es posible desprenderse de la quimera del odio?

jueves, 3 de octubre de 2024

La izquierda debe apelar a la mayoría, por Daniel Bernabé (El País, 3/10/24)

Juan Antonio Bardem estrena El puente en 1977, una película de enorme inteligencia política que pretendió desmontar, o al menos servir de epílogo, a la comedia desarrollista del franquismo. Cuenta la historia de un mecánico que, tras quedarse compuesto y sin novia, agarra su moto y se lanza a la carretera, dirección Torremolinos, en busca de aventuras. El viaje compone una road movie castiza por la Nacional IV, donde un genuino representante de la clase trabajadora, interesado tan sólo en las chicas y vivir el momento, va tomando conciencia de la situación de España a cada kilómetro recorrido. Quien lo interpreta es Alfredo Landa, que transformó su carrera a partir de esta película de una manera análoga a la metamorfosis experimentada por su personaje. Bardem era miembro del Partido Comunista, pero no rueda una película para militantes, sino para el público convencional. Sitúa el foco sobre un tipo desclasado, fotografiando el país existente, no el que le gustaría que existiera, apoyándose en un actor popularísimo con el que muchos podrían sentirse identificados. Parte del costumbrismo, pero lo hace avanzar dándole un contrapunto crítico. Se atreve con un cine que apela a la mayoría. Eloy de la Iglesia, también director, también con carnet del PCE, estrena un año después El diputado, un genial thriller donde se entrecruzan el terrorismo de extrema derecha y la homosexualidad, un tema entonces tabú también en la izquierda. A lo largo de la siguiente década se convierte en uno de los cronistas principales del cine quinqui, trayendo a primer término la delincuencia, la marginación y el consumo de drogas. De la Iglesia, que conquista al público a través del escándalo, busca epatar a la sociedad, agarrar la moral burguesa por la pechera y gritarle su hipocresía mientras la zarandea, posiblemente sin acabar de tener en cuenta que el pensamiento de la clase dominante es el pensamiento dominante. Si Bardem comprende, retrata y propone, De la Iglesia se indigna, mitifica e impone. Esta disparidad constituye algo más que materia para la arqueología cinematográfica o ideológica. Ilustra un debate que afecta de lleno al corazón de la izquierda y que se extiende hasta nuestros días, sobre quién es su sujeto político y cuál es la manera de llegar al mismo. Estas preguntas no parten de un capricho intelectual, sino que surgen candentes de la progresiva irrelevancia de este espacio en toda Europa. Podemos encontrar un ejemplo práctico de esta discrepancia en la posición que el progresismo toma acerca de la inmigración. En nuestro país, en los últimos meses, esta cuestión se ha vuelto un tema central en la agenda pública, y ha llegado incluso a escalar a la primera posición en la encuesta del CIS como principal preocupación para los españoles. ¿Los motivos? Más allá de la propia elaboración demoscópica, que a los expertos les ha resultado polémica, parece evidente que importa la llegada a nuestras costas de un número mayor de inmigrantes irregulares. Si esto sucede cada verano, la diferencia es que en este hemos sufrido una intensa campaña de la extrema derecha para equiparar inmigración a delincuencia. El tema es serio y no depende únicamente de los ultras nacionales. Hay que recordar cómo el Reino Unido sufrió a principios de agosto los disturbios racistas más graves en 40 años. También que su génesis fue de todo menos espontánea. Una vez más, los bulos, unidos a la potencia de difusión digital, incendiaron la pradera. Elon Musk, propietario de una de estas plataformas de la mentira, jefe de campaña no oficial de Donald Trump, declaró que “la guerra civil es inevitable”. Debemos esclarecer si la ultraderecha internacional ha elegido el epígrafe de la inmigración para desestabilizar las democracias europeas. Pero también cómo de seco estaba el campo para que la chispa prendiera. Y esto último, que la izquierda vea a la sociedad como es, no cómo le gustaría que fuera, resulta poco usual. Además vale para no atribuir a los ultras una capacidad omnímoda de manipulación. Es evidente que la migración está cambiando nuestro continente. En España viven más de ocho millones de extranjeros, cuando en 1998 su número era de 637.000. Si en 2015 llegaban a nuestro país de manera regular algo más de 300.000 personas, en 2022 el número ascendió a 1,2 millones. Además, debemos tener en cuenta que su distribución por el territorio no es homogénea, sino que se concentran en las zonas de menor renta. Tengan o no una base cierta, las preocupaciones de la población local por los recursos, por la seguridad e incluso por la identidad existen, sobre todo en un contexto tan árido como el de nuestro presente. ¿Atenderlas es comprar los marcos de la extrema derecha? Atenderlas es hacer política con lo real, anticiparse dándoles un encaje progresista para no brindar a los agitadores la exclusiva del tema. Una parte de la izquierda, bien representada entre los dirigentes, la academia y los medios, está más preocupada por cuestionar la legitimidad de las inquietudes generales que por darles una solución; por buscar un nuevo apellido a la fobia que por atajar las causas que alimentan ese miedo. También por montar procesos inquisitoriales a quien se atreve, tan sólo, describir el escenario. Además, llamar privilegios a los derechos conquistados no parece la mejor idea mientras lo reaccionario galopa a lomos del populismo. A menudo, la gente no necesita promesas desmesuradas, sino tan sólo saber que alguien se está ocupando de aquello que le preocupa. Los movimientos migratorios son, en nuestra época, el efecto directo de un neoliberalismo depredador con los países de origen y de una globalización que multiplicó los beneficios, pero también las desigualdades. Y los ciudadanos, aun sin tener claros los términos de la ecuación, sí perciben la inestabilidad asociada al fenómeno. En los últimos 15 años hemos sufrido varias crisis de entidad. La extrema derecha sustenta su auge en ofrecer lugares falsos pero aparentemente seguros frente a estos cambios bruscos. Refugios hostiles con las minorías que hablan sin tapujos a la conmoción de las mayorías, aprovechando que la democracia liberal, maniatada por la ortodoxia de banqueros e inversores, ha reaccionado de manera muy lenta para garantizar el futuro. Proteger a las minorías supone situar a las mayorías en el centro de la acción política, tanto a un nivel material, garantizando el nivel de vida, como a un nivel cultural, dando al ciudadano medio la relevancia que merece. Sería injusto no hacer notar los cambios producidos en este sentido —cómo después de la pandemia elementos como el trabajo han tomado importancia en la agenda de la izquierda—, tanto como obviar que sigue pesando la inercia de una época de identidades competitivas. Asumir que existen conflictos centrales no significa condenar al ostracismo problemas de índole particular, sino asegurarnos de que lo específico no sea lo único que importe en el orden de prioridades. No se trata de elegir, sino de dejar constancia de que en estos últimos 20 años la izquierda eligió prestar mayor atención a aquello que nos diferencia en demérito de aquello que nos iguala. ¿Y qué es lo que nos iguala, es decir, cuál debería ser la base para conformar sujetos políticos en el siglo XXI? Pues la participación en la economía productiva, objeto de las clases medias y trabajadoras, frente a la economía financiera, llevada a cabo por especuladores y rentistas. La vivienda, lo laboral o los servicios públicos, la existencia cotidiana, se vuelve más precaria e incierta a medida que una minoría la considera un objeto accionarial. No se trata tan sólo de bienestar; se trata de no retroceder hasta el feudalismo.

miércoles, 2 de octubre de 2024

¿Qué puede ofrecer la izquierda en un mundo en colapso?, Eliane Brum (El País: 2/10/24)

En las grandes y pequeñas campañas electorales de la mayor parte del mundo, como las elecciones presidenciales en Estados Unidos y las municipales en Brasil, el calentamiento global y la pérdida de biodiversidad aparecen en una posición irrelevante o están completamente ausentes de los debates. Pero, aunque no se aborde, el colapso del funcionamiento del planeta es posiblemente lo que más repercute en la política y está directamente conectado con el ascenso de la extrema derecha tanto en el norte como en el sur global. La cuestión es: ¿qué tienen que ofrecer los partidos y los políticos cuando la temperatura se altera rápidamente, las sequías y las inundaciones se multiplican, los fenómenos extremos son cada vez más frecuentes y graves y los científicos advierten que estamos en territorio desconocido? La extrema derecha, que ha engullido a la derecha tradicional liberal, tiene una respuesta clara: la vuelta a un pasado que nunca existió. O sea: un pasado de glorias y sin conflictos, donde está establecido lo que le incumbe a cada género y raza, con una supremacía masculina y blanca indiscutida, donde solo hay familias de hombre con mujer y los LGBTIQ+ permanecen en el armario o en tratamiento médico. Esta supuesta inmutabilidad social y cultural se correspondería con la inmutabilidad de la trayectoria de la vida: nacer, crecer, estudiar, formar una familia tradicional, conseguir un trabajo estable, montar tu propio negocio o heredar la empresa familiar y morir sabiendo que todo se repetirá en las generaciones venideras. Lo que promete la extrema derecha es obviamente una mentira, ya que ese pasado solo fue posible para una minoría y dejó fuera a la mayoría, sumida en la pobreza, la miseria o la esclavitud. Y los conflictos fueron intensos y les costaron la vida a los más vulnerables. También es un gran engaño porque no hay inmutabilidad en un planeta en mutación. Pero la extrema derecha ha corrompido la verdad y ha decidido inventar tanto la realidad del pasado como la realidad del presente. Vende a una población asustada la mentira de que toda la inseguridad reinante no es responsabilidad del modo colonial capitalista que, entre otras muchas formas de violencia, ha convertido la naturaleza en mercancía y ha alterado el clima del planeta, pero sí de una supuesta “degeneración” moral producida por las izquierdas. ¿Y las izquierdas? Se encuentran en una encrucijada, y algunas ni siquiera lo entienden. Están las viejas izquierdas, que en Brasil tienen a Luiz Inácio Lula da Silva como exponente, que sigue creyendo que lo único que quiere la gente es tener un coche en el garaje, una barbacoa con cerveza el fin de semana y una casa propia con muchos electrodomésticos. Y lo que es peor: lo cree cuando el petróleo y la industria cárnica están entre los principales villanos del calentamiento global. Y luego están las nuevas izquierdas, que han llegado al siglo XXI y se dan cuenta de la gravedad del momento. Pero ¿qué pueden ofrecer? La política o el político más honesto debe decir a sus votantes que no basta con votar. Además de votar mucho mejor, para sacar a los negacionistas activos o pasivos de los puestos de poder hay que participar mucho más activamente en las decisiones. Hay que presionar a diario a los parlamentarios y gobernantes para que adopten medidas de emergencia de mitigación y adaptación, pero también para frenar a las grandes corporaciones que se están comiendo el planeta. Tendría que decir que hay que responsabilizarse mucho más de las decisiones que se toman en el presente, porque de ellas no solo depende tu vida, sino también la de tus hijos y nietos, no dentro de un siglo, sino el año que viene. La política o el político más honesto tendría que decir que la vida ya es peor y que empeorará mucho más. Y tendría que decir que hay que aprender a perder. Cambiar los hábitos alimentarios y la forma en que nos desplazamos por y entre las ciudades es solo el principio. No basta con reciclar los restos del consumo, hay que consumir enormemente menos. Entre la mentira que da el consuelo de la esperanza, aunque sea falsa, y la verdad que exige sacrificios y pérdidas, ¿quién vota a un político que dice la verdad? La respuesta es: tenemos que ser nosotros. Tenemos que votar a quienes dicen la dura verdad, pero están dispuestos a luchar. Ese es el comienzo de un cambio que tiene que ser muy rápido, porque el paisaje del planeta se está transfigurando velozmente. En las políticas y los políticos que dicen lo que es más difícil de oír y aún más difícil de hacer es donde está nuestra oportunidad de tener un mañana.

jueves, 19 de septiembre de 2024

Los fantasmas de las derechas; Nicolás Sartorius (El País, 19/09/24)

Uno. Un día de febrero de 1848 dos pensadores alemanes publicaron un manifiesto que comenzaba así: ”Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”. Efectivamente, se trataba de un espectro o ánima, pues en la realidad de las cosas de este mundo el comunismo no existía, ni ha existido nunca como un posible estadio de la sociedad. No obstante, cuánto pánico ha desatado su simple mención a lo largo del último siglo y medio. Hasta tal punto que sirvió de coartada para intentar justificar el apoyo a las fuerzas fascistas con el fin de frenar o abortar reformas sociales que de comunistas no tenían nada. Después de la terrible contienda (1939-1945) y en el ambiente de la llamada Guerra Fría se siguió utilizando con el fin de malograr cualquier avance político o social, como fueron los casos de Mossadegh, en Irán; Arbenz, en Guatemala; Lumumba, en el Congo Belga; Getulio Vargas, en Brasil; Allende, en Chile; o sostener las dictaduras de España, Portugal o cualquier otra que se declarase anticomunista. Es, desde luego, el espectro que más juego ha dado en la historia de la humanidad, en general al precio de ríos de sangre. Lo curioso y siniestro del asunto es que han transcurrido 176 años desde aquella famosa frase del manifiesto, el “comunismo” por lo visto ha sido derrotado y, sin embargo, ese mismo fantasma, o quizá su hijo o nieto, sigue pululando por el ancho universo y las mismas fuerzas de ogaño continúan enarbolándolo de muy similar forma y manera que lo usaban las de antaño. Así, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, acusa a la candidata del Partido Demócrata, Kamala Harris, de peligrosa comunista, incluso representándola con un gorro que en vez de decir Make America Great Again aparece con la hoz y el martillo. A un nivel muy inferior, pero en la misma dirección, también la señora Ayuso, flamante presidenta de la Comunidad de Madrid, sostiene que el presidente Sánchez nos está conduciendo al comunismo. En la última campaña electoral a la autonomía madrileña manifestó que había que elegir entre el comunismo —un fantasma— o la libertad, que en la concepción “ayusista” no deja de ser un espejismo. Dos. Sin embargo, la derecha no satisfecha solo con un fantasma se ha sacado de la manga otros no menos fantasmagóricos. Todo el mundo debería de saber que ETA desapareció de nuestras vidas hace ya 13 años. No obstante, destacados voceros de las derechas siguen sosteniendo que la organización terrorista continúa existiendo transmutada, por lo visto, en partido político plenamente legal y con representación parlamentaria, como es el caso de Bildu. Incluso llegan a decir, llevados de sus delirios anti Sánchez, que ETA ha triunfado y, en consecuencia, el actual Gobierno se mantiene gracias al apoyo de terroristas, un nuevo fantasma armado de metralletas. Tres. Otro tanto está sucediendo con el tema del separatismo en Cataluña. Es conocido que en 2017, bajo un Gobierno del PP, la Generalitat declaró durante unos minutos la independencia; las fuerzas separatistas eran mayoría en el Parlament; la sociedad catalana estaba dividida y enfrentada y el Gobierno de España tuvo que ejercer una represión, que fue una de las mayores chapuzas que contemplaron los siglos. Pues bien, ahora en la Generalitat gobierna un socialista que se llama Salvador Illa; los indepes han perdido la mayoría; por primera vez en años se coloca la bandera constitucional de España y el president recibe con normalidad al jefe del Estado, el Rey. Nadie habla ya de secesión y los partidarios de la independencia han descendido de forma considerable. Sin embargo, la derecha y sus socios mediáticos siguen diciendo que el Gobierno socialista de Cataluña significa el triunfo, póstumo o no, del procés y que su presidente es un consumado separatista, según algunos, el peor de todos. Cuatro. Por no hablar de ese otro fantasma que, en este caso, recorre el mundo, el fantasma de las migraciones, que por causa del mendaz “efecto llamada” y la irrefrenable tendencia de los desplazados a la delincuencia está socavando las ricas, blancas y pacíficas sociedades occidentales. Movería a risa si no fuese tan trágico y costase tantas vidas. La realidad es que esos desheredados de la tierra se juegan la vida porque no tiene nada que perder; porque esta globalización es un desastre de desigualdad; porque los países de donde proceden han sido esquilmados, durante siglos, por el colonialismo y porque, aunque se afirme lo contrario, los necesitamos como el comer y forman ese nuevo “ejército de reserva”, sin el cual el capitalismo realmente existente no mantendría la tasa de beneficios. Cinco. Todo ello es demostración de que a las derechas les faltan argumentos y propuestas reales y necesitan de estos fantasmas para atemorizar a las gentes, demonizar a los gobiernos contrarios y, de esa manera, obtener votos y llegar al poder. Cuando en realidad lo único fantasmagórico es su propio pensamiento y se les podría aplicar el dicho popular de “sois unos fantasmas”. Ahora bien, el método para crear tantos espectros o trasgos es bastante parecido a los del pasado. Se dice que fue Joseph Goebbels, el jefe nazi encargado de la propaganda, el que dijo que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Seguramente, otros lo dijeron antes, pues la mentira tiene una larga historia. Ahora, ciertas derechas hacen lo mismo, con medios mucho más sofisticados. Sin embargo, entonces como en la actualidad, la mentira necesita medios para triunfar y penetrar en la mente de los humanos. El doctor Goebbels, o “huevels” como en la estupenda película La niña de mis ojos de Trueba, controlaba la prensa y, sobre todo, la radio, que era la reina de los medios de aquella época. Ahora, además de los anteriores, tenemos la televisión, las redes sociales, las plataformas, muchas de las cuales bombardean todos los días y a todas horas con informaciones falsas, tergiversadas o difamaciones puras y duras. Todo ello amparado en la libertad de información, que por supuesto hay que preservar. No obstante, en el artículo 20.1.d) de la Constitución Española “se reconocen y protegen los derechos de comunicar o recibir información veraz por cualquier medio de difusión”. Es decir, que los ciudadanos tenemos derecho a recibir información veraz y no a tragar mentiras o difamaciones a las que estamos sometidos. Quizá habría dos medidas que podrían mitigar este universo de mentiras en el que vivimos: la transparencia absoluta de quien transmite y la luminosidad de la financiación de todo instrumento de cualquier clase que cree o transmita información. Dicho de otra manera, la prohibición del anonimato personal o societario y de la ocultación de la procedencia de los fondos de todo tipo de medios de comunicación. Y cuando me refiero a medios e instrumentos incluyo las plataformas digitales de cualquier naturaleza, que socapa de considerarse simples transmisores en realidad son medios de comunicación, que deben de estar sometidas a las mismas reglas de transparencia y regulación que los tradicionales. De no hacerlo así, los resultados empiezan a ser nefastos para la propia supervivencia de una democracia sana y robusta, pues esta no puede estar basada en la mentira y la difamación. Un ejemplo práctico de cómo hay que actuar es lo que ha hecho un magistrado del Tribunal Supremo de Brasil contra la plataforma X y su propietario Elon Musk, al clausurar dicha plataforma en el país por suponer una auténtica amenaza para la democracia con sus falsedades y actividades que fomentan el odio y las políticas de ultraderecha.

miércoles, 14 de agosto de 2024

Pienso donde existo, por Aurora Freijo (El País, 11/08/24)

En enero pasado, el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, anunció un loable proceso de revisión de las colecciones de los 16 museos estatales, con el fin de eliminar marcas del pasado colonial, además de las inercias de género o etnocéntricas, todo ello enmarcado en un compromiso internacional que España ha firmado. En este terreno tan delicado, un programa revisionista no parece fácil de trazar. Habrá que decidir qué mostrar, qué retirar, cómo comisariar, cómo hablar de la relación de las antiguas metrópolis con las colonias y cómo dar voz a una memoria sin archivo. En este sentido, hemos asistido ya a una primera, y quizá algo tibia, incursión, en este caso en el Museo Thyssen y su exposición a propósito de la memoria colonial en sus colecciones. Entre tanto, hemos leído manifestaciones encaminadas a relativizar y aminorar el pasado colonial, que desatienden las humillaciones, los métodos coercitivos, las masacres, torturas y los crímenes infligidos a los colonizados. He recordado entonces las palabras de algunos pensadores, a quienes conviene traer a colación. Así, en 1961, Frantz Fanon escribía en su obra Los condenados de la tierra: “El bienestar y el progreso de Europa han sido construidos con el sudor y los cadáveres de los negros, los indios y los amarillos. Hemos decidido no olvidarlo”. Pocos años antes, su maestro, Aimé Césaire, en su Discurso sobre el colonialismo, afirmaba: “Si citásemos a Europa ante el tribunal de la razón y la conciencia, no podría justificarse. Europa”, continúa, “permite matar en Indochina, torturar en Madagascar, encarcelar en África y causar estragos en Antillas”. Por eso Europa es, dice, indefendible, moral y espiritualmente. Incluso arriesga más Césaire, y sostiene que, en el fondo, lo que el burgués del siglo XX no le perdona a Hitler no es exactamente el crimen en sí que su maquinaria realizó, sino el crimen contra el hombre blanco; no es la humillación en sí misma, sino el haber aplicado en Europa procedimientos colonialistas, que hasta entonces solo concernían a los árabes de Argelia o a los negros de África. La tesis es fuerte, porque está afirmando la existencia de Auschwitz antes de Auschwitz, lo que desplaza una de las heridas europeas más profundas y paradigmáticas, del lugar escogido del acontecimiento único a una mera versión más de la brutalidad humana, y, en consecuencia, que el nazismo no es una anomalía de la política occidental, sino una continuación de la expansión colonial moderna, europea, que utiliza sobre ella misma los métodos usados siempre contra el mundo no europeo, inveterados en ese lado oscuro de la modernidad que es la colonialidad. Eduardo Galeano nos recuerda que, cuando Namibia conquistó la independencia en 1990, se siguió llamando Göring la principal avenida de su capital, pero no por Hermann, el célebre jefe nazi, sino en homenaje a su padre Heinrich, que fue uno de los autores del primer genocidio del siglo XX. Fue entonces, continúa, cuando por primera vez se pronunció la palabra Konzentrationslager, que ya entonces era el lugar donde se combinaba el encierro, el trabajo forzado y la experimentación científica, esta última en manos entonces de los maestros de Mengele. Fanon y Césaire son pensadores. Y no son europeos y no son blancos, sino negros y de la Martinica. A partir de ellos, el pensamiento decolonial toma la palabra y con ello aparece la exigencia no solo de denunciar los procedimientos colonialistas, sino la de hablar desde un cuerpo y un lugar distintos al hegemónico. La palabra de la filosofía fue desde los orígenes blanca, masculina y europea, y pensó siempre sobre y a partir de sí misma. Cuando Descartes pronuncia su celebérrima sentencia “pienso, luego existo”, está hablando desde y para una razón abstracta y universal, que no contempla las diferencias. Por eso, debiera sustituirse por la fórmula “pienso donde existo”, un donde que señale que no es lo mismo pensar en un cuerpo mujer, o un cuerpo negro, o un cuerpo trans, o pensar desde América Latina, desde África, desde Europa o desde las fronteras. La filosofía, el pensamiento, debe ser por eso una geocorpofilosofía, un pensamiento descentralizado, un paradigma otro. Por mucho que se quiera establecer, no hay un grado cero de la epistemología: el conocimiento no puede ser objetivo, neutro ni universal, porque inevitablemente el pensamiento posee una geografía de carne. La ontología debe quebrarse en ontologías otras, periféricas, mestizas, raciales, lo que significa que en el pensamiento debe operarse un desplazamiento y una desterritorialización. No es Europa lo que está en juego, sino el eurocentrismo. Tenemos la oportunidad de, en palabras de Enrique Dussel, trazar una geopolítica del conocimiento. La revisión que se ha iniciado ahora está en ese camino, pero debe ser cuidadosa para no repetir la soberanía centroeuropea. Debe ir más allá del mero buenismo europeo, posibilitar pensar desde fuera de palacio y ser una verdadera praxis. La tarea no es sencilla, y no solo por la gestión y la logística al respecto, sino porque ahonda además en un problema filosófico importante: el de la consideración del otro, el del tratamiento de la otredad, y, pegado a ello, el de cómo mostrarla, cómo dar la voz a ese otro sin hablar por él.

jueves, 25 de julio de 2024

Bárbaros digitales, por José María Lasalle (El País, 25/07/24)

Spinoza combatió el populismo extremista que destruía la democracia de su época con un panfleto que tituló “Ultimi barbarorum”. Lo hizo porque creía que la denuncia crítica que ejerce la libertad de pensamiento es la última trinchera de la dignidad humana y la mejor arma para defenderla. Algo que hay que invocar de nuevo: cuando las democracias sucumben en todo el mundo ante una nueva barbarie que corroe sus fundamentos liberales para hacerlas populistas. Esto es, democracias que funcionan sin reglas. Gobernadas por emociones y a impulsos de líderes que, como advertía Spinoza, fomentan una barbarie que impone el imperio de una libertad tan absoluta como dirigida y manipulable. Las elecciones europeas expusieron a la democracia ante una forma ultimísima de bárbaro digitalizado, que combina autoritarismo y libertarismo y campa a sus anchas a lomos de la desinformación de los jóvenes y el malestar de las clases medias. Un fenómeno que no es exclusivamente europeo, sino que se extiende al conjunto de las democracias liberales. Empezó en Estados Unidos, cuando la “derecha alternativa” aupó a Donald Trump a la presidencia. Desde entonces, ha cosechado éxitos en todas partes. Para ello propone una democracia híbrida que balancea dosis de libertad extrema con un autoritarismo selectivo que invisibiliza las críticas, hace impermeables las fronteras y aplica mano dura con los delincuentes. Aquí radica la fuerza atractiva de su mensaje. En que no cuestiona directamente la democracia, sino sus fundamentos humanistas y liberales. Los considera desfasados por las circunstancias de un siglo que no se piensa desde lo razonable, sino desde la intensidad de la agonía de saber que el futuro no existe ni permite aplazar las cosas. Por eso, la barbarie híbrida que nos sacude con sus triunfos reclama respuestas que atajen los problemas que proliferan en una época asediada por infinidad de urgencias inmediatas. Una forma de acción política que desecha los partidos y los intermediarios porque conecta en tiempo real sucesos analógicos y activismo digital. Esta circunstancia produce una confusión de planos deliberada que desarrolla una performatividad de experiencias colectivas a través de las redes sociales que desestabiliza la psicología política de la gente más vulnerable emocionalmente en estos momentos: los jóvenes y las clases medias. Esta es la razón por la que el nuevo extremismo alternativo adapta sus mensajes a ellos. Lo hace para atraerlos a su redil. Una estrategia habilidosa que entremezcla realidad y simulacro dentro de una excepcionalidad que justifica el autoritarismo de los liderazgos que propugna como solución práctica. De este modo, se generaliza irresistiblemente un fenómeno extremista de masas que funciona como espectáculo digital. Su objetivo es absorber emociones para proyectarlas con furia sobre la política. Algo que a la larga convierte a la democracia en una cámara de eco de sí misma. Esta extraordinaria capacidad de impacto mediático que tiene nuestro “ultimi barbarorum”, explica por qué está siendo capaz de debilitar tan rápida y definitivamente la democracia liberal. Al someterla a su presión todos los días, ha conseguido que renuncie a la pedagogía y que funcione en la práctica como un reality show. Este es el motivo por el que ha perdido el respeto de la gente. Hasta el punto de que es víctima del ruido ensordecedor de una guerra cultural que, además de hacer imposible la deliberación tolerante y la racionalidad de los consensos, frustra la negociación que legitima las decisiones de la democracia liberal. Sin acuerdos, la democracia se escurre por el desagüe de la necesidad de liderazgos personalistas que combatan los problemas resolutivamente. De este modo, muere el liberalismo al prevalecer la audacia sobre la reflexión; la sorpresa sobre la previsibilidad; la táctica sobre la estrategia y el oportunismo sobre la responsabilidad. Se vio durante el asalto al Capitolio estadounidense el 6 de enero de 2021 y se verá en el futuro. Entre otras cosas, porque irá de la mano de un uso de la inteligencia artificial (IA) que hará más eficaz la capacidad desestabilizadora de nuestro último bárbaro. No en balde, podrá atentar impunemente contra la veracidad que sustenta la gestión representativa del conocimiento político que, todavía, define la praxis de la democracia liberal como un sistema de gobierno que afirma verdades contrastables argumentativamente y que las urnas refrendan con los votos. Esta es la razón que explica por qué la derecha alternativa global hibrida autoritarismo y tecno-libertarismo. Un fenómeno que explica que Donald Trump y Elon Musk se alíen y que el primero anuncie que el segundo será su consejero tecnológico si llega a la Casa Blanca. O que el primer viaje oficial de Javier Milei fuese a Silicon Valley, donde tuvo una calurosa acogida de los líderes del ecosistema de emprendimiento tecnológico vinculado a la IA. Quizá porque ofreció Argentina como laboratorio de entrenamiento para las IA fronterizas. Aquellas que pueden acarrear consecuencias maléficas que pongan en grave riesgo el respeto de los derechos humanos. La convergencia de intereses entre el libertarismo de Silicon Valley y perfiles populistas como Trump o Milei no es nueva. Revela un denominador común que, además de reverenciar a autores como Ayn Rand o Nick Land, defiende una forma de despotismo tecnoilustrado que cree que ha de corresponder a las elites emprendedoras impulsar la aceleración del cambio digital de la sociedad, sin importar el coste social. El avance técnico lo compensará con la extraordinaria prosperidad que creará en el futuro. Para lograr ambas cosas es necesario orden y liderazgo incontestables. Algo que teoriza Peter Thiel, fundador de PayPal y asesor de Trump, cuando mantiene en La educación de un libertario que la libertad y la democracia son potencialmente incompatibles si no hay un líder que las garantice con su carisma. Reflexión que traduce en defender que Estados Unidos sea gobernado por un consejero delegado tecnológico de éxito, pues, si quiere mantener su hegemonía planetaria frente a China, tendrá que convertirse en una plataforma que acelere la revolución tecnológica del país a hombros de monopolios corporativos. Y es que, según el autor de De cero a uno: cómo inventar el futuro, son la forma natural de favorecer el progreso de la humanidad al premiar el genio de los ganadores, mientras que la competencia y la democracia, con su exceso de reglas y principios éticos, son las limosnas que compensan el fracaso de los mediocres. Con estos mimbres ideológicos no extraña que la Argentina de Milei quiera convertirse, de la mano de Demian Reidel, su gurú libertario en economía y digitalización, en un laboratorio global de experiencias fronterizas de IA. Empezando por la generativa. Si así fuera, la derecha alternativa global tendrá, también, su espacio de ensayo para llevar la IA hasta donde quiera. Quizá convertirla en el arma letal autónoma con la que el “ultimi barbarorum” acabe con la democracia liberal al sustituirla por otra completamente “fake” que sea indistinguible de la primera.

Cómo entender a los adolescentes, por Francesc Miralles (El País, 25/07/24)

En una charla sobre ecoansiedad que mantuve con la bióloga Odile Rodríguez de la Fuente y Enric Soler, este profesor de Psicología de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) comentó que, para comprender lo que vive un adolescente, solo hay que mirar la propia etimología de la palabra. Procede de la voz latina adolescere, que puede traducirse como “adolecer” o “estar en duelo”. ¿De qué duelo hablamos? Del difícil tránsito que nos lleva de la infancia a la edad adulta. Solemos relacionar la infancia con la inocencia y la seguridad. Los progenitores pueden ser vistos como seres omnipotentes o infalibles, que saben lo que se hacen y procuran lo mejor para nosotros. De su mano, no hay nada que temer. Más allá del despertar de la sexualidad o de la búsqueda del propósito, empezamos a ingresar en el mundo adulto al darnos cuenta de que nuestros padres son imperfectos y que el mundo también lo es. Con unos noticieros que priman el sesgo negativo de la agresividad, el conflicto y el pesimismo, el adolescente abandona la cálida seguridad de la infancia para enfrentarse a un mundo amenazador. Esto, sumado a las dudas y retos propios de la adolescencia, cuando se cuestionan la orientación sexual o su futuro académico y laboral, hace que los episodios de ansiedad y depresión se disparen, llegando en casos extremos a pensamientos de suicidio. ¿Qué podemos hacer para ayudarlos? Según el Servicio de Atención Temprana de la Fundación Esfera, el primer paso es comprender qué está viviendo el adolescente. Por una parte, el niño asiste a la transformación de su propio cuerpo, lo cual puede ser inquietante, sobre todo cuando nos vemos fuera de los cánones que consideramos idóneos. En segundo lugar, las relaciones cambian. Según el taller de la inmediatez en la adolescencia de la fundación antes citada, “por un lado viven la sexualidad como un enigma, y más hoy en día con la cantidad de posibilidades que hay”. Así, mientras el joven intenta afirmar su identidad, tiene que lidiar con el rechazo o aceptación de las parejas a las que aspira, lo cual es un estrés suplementario. Los autores de este informe señalan las notorias diferencias que hay entre la adolescencia de hace tres o cuatro décadas y la actual. Así como los jóvenes de principios de los ochenta se enfrentaban a las bandas o a drogas como la heroína, el riesgo de los adolescentes actuales está vinculado al aislamiento y la satisfacción inmediata. La adicción a las tecnologías y la prisa por obtener seguidores o ingresos rápidos a través de las redes hacen que desconecten de la realidad analógica y que tengan más dificultad a la hora de abordar relaciones reales. Son pasto del desánimo cuando ven que sus intentos de conseguirlo todo con un clic no funcionan. La tecnología ha complicado, además, la necesidad adolescente de pertenecer a un círculo. En una edad en la que el vínculo con la amistad o la tribu son vitales, no recibir respuesta inmediata de un wasap o sufrir ghosting se vive como un drama. Respetar sus tiempos y ofrecer alternativas. Como adultos, tenemos la impresión de que el chaval “no hace nada”. Se levanta tarde; pasa horas trasteando en el ordenador o el móvil; le cuesta ponerse con los deberes o con cualquier cosa que consideremos productiva. En realidad, señala el equipo de la Fundación Esfera, “el adolescente está haciendo un gran trabajo psíquico (…), porque no se encuentra del todo pese a su búsqueda”. En lugar de criticarlo, podemos ofrecerle alternativas, como una salida al cine —atendiendo más a sus gustos que a los nuestros—, una comida en un restaurante o una excursión. Lugares y situaciones que faciliten la conversación sin que se sientan obligados a ello. Combatir la desesperanza hacia el futuro. En el diálogo es importante empoderarlos, en lugar de enumerar sus defectos o las dificultades del futuro. Hacerles entender que nada está escrito y que, al final, serán ellos quienes escriban su historia con sus actos. Para eso, en vez de señalar sus debilidades, el adolescente necesita que se elogien sus fortalezas, de modo que se anime a hacer algo con ellas. Compartir nuestra propia vulnerabilidad. Un joven artista al que conocí temía contarle a su padre, muy rígido y estricto, su descubrimiento de la homosexualidad, tras haber sido abandonado por su primera pareja masculina. Para su sorpresa, el padre no criticó su cambio de orientación y le confió que, a su edad, fue abandonado por una pareja muy querida. Eso les hizo sentir a ambos en igualdad y pudieron charlar largo rato. ‘Boyhood’: una oda a la maduración. — Para los progenitores que se congelaron al ver filmes como Kids o Thirteen, que plasman sus peores miedos, hay una película que debería ver quien quiera acompañar a su hijo en el tránsito hacia la edad adulta: la monumental Boyhood, rodada por Richard Linklater a lo largo de 12 años con los mismos actores. Siguiendo al pequeño Mason, veremos cómo va superando obstáculos desde los 6 hasta los 18 años con el apoyo de los padres. Francesc Miralles es escritor y periodista experto en psicología.

martes, 23 de julio de 2024

Cuanto peor, mejor (para la derecha radical), por Ignacio Sánchez-Cuenca (El País: 23/07/24)

El ascenso de las derechas radicales se ha convertido en uno de los temas más angustiosos y polémicos de la época actual. Aunque venían creciendo desde hacía tiempo, ha sido ahora, a raíz de las elecciones europeas, cuando se han activado todas las alarmas. Hay una explicación del fenómeno que no acaba de resultar convincente. Parte del siguiente diagnóstico de situación: la crisis económica de 2008, las fuerzas del capitalismo neoliberal y la globalización más en general, han generado unos sentimientos de agravio con el sistema entre amplias capas sociales. Se trata de gente que ha sufrido la globalización en sus carnes, a través del impacto de las importaciones de Asia en sus puestos de trabajo, que ha sido testigo de procesos de desindustrialización y deslocalización y que ha experimentado el deterioro de los servicios públicos. Por si lo anterior no fuera suficiente, hay grandes incertidumbres en el horizonte, las más evidentes son el cambio climático y el impacto de la Inteligencia Artificial. Como consecuencia de todo ello, esa gente está dominada por el pesimismo, el futuro es para ellos una fuente de amenazas y no de promesas. Son personas que no creen en los políticos tradicionales, que consideran que esos políticos no atienden (ni les importan) sus problemas. En definitiva, es gente que se siente abandonada ante el impacto del capitalismo de nuestra época. Supongamos que este diagnóstico, por muy esquemático que resulte, pues es obvio que simplifica en exceso argumentos bien elaborados y que merecerían un análisis más detallado, responde no obstante a la realidad. La pregunta que se plantea justo a continuación es esta: si una parte creciente de las sociedades desarrolladas está enfadada con las injusticias del capitalismo, con la globalización y con el deterioro de los servicios públicos, ¿por qué piensan que la solución está en la derecha radical y no en los partidos de izquierdas? ¿Es que acaso la anterior lista de agravios no coincide con los elementos más básicos de los programas políticos de izquierdas? Con diferentes matices y propuestas, la socialdemocracia y los partidos más a su izquierda llevan años llamando la atención sobre la desigualdad de ingresos y riqueza, sobre la necesidad de reforzar los Estados del bienestar y de abordar el calentamiento global, así como de regular de forma más estricta el capitalismo global. ¿Por qué, entonces, si las preocupaciones de esos votantes irritados encajan tan bien en los programas que ofrecen los partidos de izquierdas, luego, sin embargo, apoyan a los partidos emergentes de la derecha más radical? ¿Acaso esperan que estos mejoren los servicios sociales? ¿O que luchen contra la desindustrialización? ¿O que reduzcan la desigualdad? Entiendo que para responder a estas preguntas hay dos vías. La primera consiste en suponer que el diagnóstico del problema antes presentado es correcto, pero los ciudadanos no actúan en consecuencia porque están confundidos o alienados, no acaban de entender sus verdaderos intereses. Las opciones a las que se puede recurrir para sostener esta tesis son muy variadas, desde las redes sociales, que no hacen más que meter ideas falsas en la cabeza de la gente, hasta los valores nacionalistas, pasando por la xenofobia y el rechazo del inmigrante. Habría, pues, un conjunto de factores que alejan a los ciudadanos más afectados por los problemas económicos de las opciones políticas que más les convienen y, de esta manera, acaban votando a la extrema derecha en lugar de a los partidos de izquierdas. Por decirlo brevemente, se intenta dar cuenta del ascenso de la derecha radical volviendo a la idea venerable de la falsa conciencia. La segunda vía es menos directa, se basa en un argumento algo más complejo. Sin negar que haya graves problemas distributivos en las sociedades occidentales ni que vivimos tiempos inciertos debido a la rapidez con la que están sucediendo los cambios tecnológicos y culturales, esta segunda vía se centra en los problemas específicos que atraviesa la política y que tienen que ver con el profundo descrédito que padecen los políticos, los partidos y las instituciones de la democracia representativa. La idea es la siguiente: los proyectos emancipadores o de progreso solo son viables cuando la gente confía en la política como instrumento de cambio. Hay que creer primero en la política para poder apostar luego por líderes y organizaciones que prometen reformas profundas de la economía y la sociedad. En este sentido, la ciudadanía puede estar de acuerdo con muchas propuestas de la izquierda, pero no actuar en consecuencia (votando por ellas) si piensa que la política está averiada. Cuando había partidos que defendían métodos revolucionarios, el problema de la confianza en la política era el contrario: cuanto menos se confiaba en el sistema, más atractiva resultaba la posibilidad de una revolución que construyera una nueva sociedad (era el “cuanto peor, mejor”). Pero abandonado el sueño revolucionario en los países desarrollados, el único mecanismo de cambio que persiste es el institucional o reformista. Ahora bien, el reformismo, sea más o menos ambicioso, requiere por necesidad que se confíe en que el orden institucional es capaz de llevar a la práctica las propuestas de las fuerzas políticas. Cuando se pierde la fe en las instituciones, el reformismo queda condenado (“cuanto peor, peor”). Al margen del atractivo de las propuestas de cambio que ofrezcan las izquierdas, mucha gente pensará que son irrealizables, pues quedarán bloqueadas por los grupos de poder (nacionales o internacionales), o por la naturaleza corruptible de los políticos, o por cualquier otro factor. De la misma manera en que a las izquierdas les perjudica la crisis de representación democrática, a las derechas, sobre todo a las radicales, les favorece (para ellas, “cuanto peor, mejor”). Al fin y al cabo, estas derechas propugnan mecanismos alternativos a la representación clásica, delegando en líderes fuertes que se burlan de los resortes institucionales de las democracias representativas. Esos líderes se supone que encarnan y defienden valores nacionales que los políticos tradicionales (de la derecha o la izquierda) han abandonado. No es que propugnen una vía revolucionaria, pero tampoco se someten a la lógica institucional. Proponen una solución intermedia (e inestable), basada en gran medida en el fenómeno de un hiperliderazgo liberado de restricciones institucionales. Las derechas radicales capitalizan el descontento con la representación y prometen una política distinta, intransigente, sin complejos, dura, que permita superar la parálisis de la política institucional. Las izquierdas, en cambio, se encuentran en una posición incómoda y débil: no consiguen transformar el descontento económico en una palanca política porque no saben cómo resolver antes la crisis de la representación. Mientras no haya unos niveles superiores de confianza política e institucional, los programas de izquierdas tendrán grandes dificultades para ganar apoyos. Esta manera de plantear el asunto permite entender por qué, a pesar de los problemas económicos a los que se hizo referencia al principio, es la derecha radical la que está consiguiendo ganar terreno en muchos países occidentales. Esos problemas económicos no son una invención, están ahí y muchos de ellos son urgentes, pero la solución no vendrá por la izquierda si tanta gente continúa pensando que los partidos y las instituciones están averiadas. Ese es el principal caldo de cultivo de la derecha radical, el descontento tan generalizado con la política. Y por eso mismo, la derecha radical invierte tanta energía en desprestigiarla.

viernes, 12 de julio de 2024

La extrema izquierda no existe, por Azahara Palomeque (El País 11/07/24)

Había perdido ya toda esperanza cuando, por fin, observé en la pantalla el número que correspondía al que yo portaba en la muñeca, y accedí a la consulta. El médico, un joven cuyas ojeras le resbalaban hacia las mejillas en plena madrugada, me tomó la tensión pacientemente y, ante mi mueca interrogante, respondió: “no te preocupes, la tienes mucho mejor que yo, que llevo aquí miles de horas”. Las señales de agotamiento se acumulaban también en las enfermeras, los celadores contaban anécdotas de personal sanitario achacado de ansiedad crónica, pero lo que más me sorprendió fue la sinceridad de aquel doctor, quien, a pesar de la carga abrumadora de trabajo, visible asimismo en la cantidad de informes apilados sobre la mesa, intentaba a duras penas no desfallecer y hasta se permitía bromear con la situación. Ambos sabíamos que, de haber conseguido cita con el médico de cabecera a la mañana siguiente, yo no habría acudido a urgencias, pero mi infección no podía esperar los 10 días de media que tarda la atención primaria en ver a los enfermos, así que, desplegando cuanta amabilidad fui capaz, les agradecí su dedicación y luego me marché a casa, transformando por el camino esa cortesía y dulzura en rabia: se lo están cargando todo, es un robo a mano armada —cavilaba. Dos meses más tarde leí que los sanitarios andaluces habían protagonizado una huelga masiva. El estado decrépito de la sanidad pública en mi comunidad autónoma y en otros puntos de España nos habla de una agenda sistemática con la que se persigue desmantelar el estado del bienestar en su conjunto y devolver a las ya precarizadas clases medias a su punto de partida: la miseria. Como vengo del futuro, Estados Unidos, no me resulta difícil proyectar un escenario tan factible como aterrador en mi tierra: facturas médicas impagables, mayor número de gente arruinada y/o tirada en las calles y, en pura lógica, una creciente inseguridad ciudadana que, a su vez, provoca la consabida segregación por clases que torna no solo hostil, sino imposible, la convivencia. En la cima, la escueta élite rapiñadora engordando sus bolsillos. En mitad de ese escenario, consecuencia directa de la implementación de políticas neoliberales a lo largo de décadas, se está produciendo un fenómeno de cariz discursivo que consiste en demonizar sistemáticamente a la izquierda a través de adjetivos como “extremista” o “radical”, a partir de los cuales se busca desplazar el espectro ideológico hacia la ultraderecha, de manera que degradar la educación pública a base de recortes o cerrar centros de salud suene, sonrisa mediante, a moderado. La trampa semántica bebe de una estrategia de comunicación trumpista fundamentada en mensajes hiperbólicos, cuando no totalmente falsos, heredados, además, del vilipendio que, durante la Guerra Fría, sufrieron los movimientos sociales: cualquiera mínimamente concernido con la vida del otro es “comunista”. No es preciso clarificar la absurdidad de tales clasificaciones, pues aquí nadie está reclamando nacionalizar la banca ni expropiar a las grandes fortunas, pero da lo mismo: el daño prevalece y se perpetúa igualmente en los medios y en las redes, sin ningún filtro de sentido común. El problema es que se trata de una gran mentira. Las izquierdas contemporáneas, calificadas de peligrosos extremos que bordearían, en las versiones más desvariadas, perfiles terroristas, no pasan de articularse como meros instrumentos socialdemócratas para la preservación de lo que hace poco no se encontraba a la venta: la sanidad o la educación, por ejemplo. El Nuevo Frente Popular francés, liderado por el insumiso Jean-Luc Mélenchon, incluye en su programa medidas tan tibias como la subida del salario mínimo que compense la inflación, la puesta en marcha de vivienda social en tiempos de especulación inmobiliaria, o retornar a la edad de jubilación previa a la reforma de Macron, 62 años. En cierto modo, sus propuestas, como las de buena parte de los sectores progresistas occidentales, se orientan hacia “desfacer agravios y enderezar entuertos” —que diría Cervantes— relativamente recientes, asociados con la merma de derechos fundamentales y ese robo sañoso a las mayorías: la pérdida de poder adquisitivo o del suelo firme estatal cuyos servicios sufren una demolición. En ese sentido, se podría asegurar, contemplamos a unas izquierdas conservadoras tratando infructuosamente de salvar la casa, minimizar los estragos de sucesivas oleadas privatizadoras y necropolíticas, en una actitud bastante más defensiva que atacante. Por eso, en Estados Unidos son frecuentes las voces que anhelan restablecer el derecho al aborto a nivel federal, derogado por el Tribunal Supremo en 2022, o subir los impuestos a los ricos —quienes en su día llegaron a pagar un 90% por ciertos tramos del impuesto sobre la renta—; o en España se exige a las instituciones priorizar la seguridad habitacional frente al turismo que arrasa el tejido vecinal. Entre las pocas reivindicaciones faltas de un componente regresivo quizá destaque la reducción de la jornada laboral, aunque ecos de esa posibilidad ya se hallaban en el pensamiento del economista británico John Maynard Keynes hace casi un siglo. Del lado del ecologismo, se constata esa tendencia de dique de contención de manera incluso más nítida: con la finalidad de frenar la máquina y proteger mínimamente lo que aún es salvable, los colectivos se organizan en torno a la conservación de espacios naturales y la biodiversidad, el derecho universal al agua, o a la mera respiración, teniendo como correlato internacional el Acuerdo de París y su objetivo de no sobrepasar el 1,5 ºC de calentamiento global, ya vulnerado, por cierto, durante los últimos 12 meses. El extremismo, se deduce, cae entonces del lado de quienes ansían expandir la destrucción de la biosfera hasta límites nunca antes vistos, tanto como la destitución de comunidades enteras, saqueadas en su potencialidad para vivir vidas dignas, bajo techo, provistas de agua corriente no contaminada por nitratos procedentes de la agricultura intensiva o las macrogranjas, con atención sanitaria, alimentación sana y asequible, empleo estable… “lo de antes”, dirán algunos, pues estos privilegios actuales se parecen sospechosamente a garantías mínimas arrebatadas. Así como el Ángel de la Historia del filósofo Walter Benjamin, nosotros también miramos hacia atrás, pero esta vez movidos por las ganas de escudriñar el crimen y cerciorarnos de que el pasado podría contener muchas respuestas a las crisis contemporáneas. Si, según el escritor Miguel Ángel Hernández, existe una “nostalgia productiva”, aquella que logre contextualizar el tiempo pretérito en aras de, previa prospección arqueológica, localizar herramientas que permitan vislumbrar un futuro más halagüeño que el que pintan las derechas, no debería acomplejarnos la siguiente confesión: las izquierdas, a grandes rasgos, hoy en día son conservadoras. Su única radicalidad, si acaso, brota de la raíz; es decir, es etimológica. Cualquier acusación desbarrada que las sitúe en una hipotética marginalidad civilizatoria peca de una ignorancia imperdonable respecto a los últimos cien años de historia, o bien de una intencionalidad abiertamente ponzoñosa contra el bienestar comunal. Va siendo hora de impulsar un giro discursivo que esclarezca quién está firmemente a favor de la vida, y a quién no le importaría ver agonizar a sus hijos en una larga lista de espera quirúrgica, o bajo las arenas de un país convertido en desierto. Solo así conseguiremos desembarazarnos de un estigma que enturbia la opinión pública mientras los ladrones continúan perpetrando el delito definitivo.

martes, 2 de julio de 2024

Esa herramienta con la que se construye la inteligencia, por Michel Desmurget (IDEAS, 7/04/24)

Sometidos al yugo adictivo de las omnipresentes pantallas recreativas (películas, series de televisión, videojuegos, redes sociales...), nuestros hijos leen cada vez menos y, por tanto, cada vez peor, porque, como demuestran decenas de estudios, la capacidad lectora depende directamente del tiempo de práctica. En España, según las últimas evaluaciones internacionales Pisa, el 75% de los alumnos de 13 años de secundaria no pasan del nivel “básico”, que como mucho les permite comprender enunciados sencillos y explícitos; el 51% tienen incluso un nivel “bajo” y dificultades con los textos más básicos. Solo el 5% de los lectores son “avanzados”, capaces de identificar y resumir las ideas implícitas en un texto no trivial. Estas cifras son comparables a la media de la OCDE. Desde 2015, los alumnos españoles de secundaria han perdido un año de aprendizaje. Esto significa que los jóvenes de 13 años en 2022 tenían el mismo nivel que sus homólogos de 12 años siete años antes. Muchos observadores parecen satisfechos con esta evolución, alegando que hay que avanzar con los tiempos y que los niños de hoy simplemente aprenden “de otra manera”. Mientras que en tiempos pasados se utilizaba la palabra escrita, en el mundo moderno se recurre a los medios audiovisuales. Por desgracia, este argumento pasa por alto las características específicas de la palabra escrita. En primer lugar, está el lenguaje. El libro está desprovisto de contexto. Solo tiene palabras como soporte. La imagen (o el vídeo) de un paisaje, de un objeto, de una emoción, de una escena de la vida, etcétera, habla por sí sola, por así decirlo, al menos en parte. El libro tiene que describirlo todo. Esto explica por qué, por término medio, la complejidad léxica y gramatical de los corpus textuales es mucho mayor que la de los corpus orales. Amplios estudios de contenido han demostrado que hay más riqueza lingüística en un álbum de preescolar (el más sencillo de los libros) que en todos los corpus orales corrientes: discusiones entre adultos cultos o adultos y niños, películas, series, dibujos animados, programas de televisión... Esto significa que la exposición a la palabra escrita es la única manera de desarrollar un lenguaje avanzado, sin el cual no puede construirse ningún pensamiento complejo. A menudo, oigo decir que las generaciones más jóvenes nunca han leído tanto, gracias a internet. Lamentablemente, la afirmación es engañosa. Entre los jóvenes de 8 a 18 años, la lectura digital representa entre el 2% y el 3% del tiempo de pantalla, mientras que las actividades audiovisuales (películas, series, vídeos, etcétera) suponen entre el 40% y el 50%. Además, este tiempo de lectura incluye muy pocos libros y muchos contenidos lingüística y conceptualmente pobres. En definitiva, el tiempo de lectura en internet (redes sociales, blogs, correos electrónicos y todo lo demás) y, más en general, el tiempo total de pantalla recreativa están negativamente correlacionados con las competencias lingüísticas y la capacidad de lectura de los niños. Lo mismo ocurre con los conocimientos. Cuanto más leen los niños y los adolescentes, más amplia es su cultura general, en relación con los niños de entornos socioeconómicos comparables que están expuestos a contenidos audiovisuales (películas, series, entre otros). Los niños que leen tienen muchas más probabilidades de saber, por ejemplo, qué es un carburador o un tipo de interés; de decir que Japón fue aliado de Alemania y no de Estados Unidos durante la II Guerra Mundial, y de afirmar que hay más musulmanes que judíos en el planeta. En España la diferencia de competencias entre el 25% más aventajado y el 25% menos aventajado en secundaria es de cuatro años de aprendizaje Además de estas repercusiones culturales y lingüísticas, existen beneficios documentados en cuanto a coeficiente intelectual, concentración, imaginación, creatividad, capacidad de síntesis y de expresión (tanto oral como escrita). En otras palabras, mientras que las pantallas recreativas minan concienzudamente el desarrollo de nuestros hijos, la lectura construye meticulosamente su inteligencia. Pero eso no es todo. La lectura de novelas también estructura fuertemente nuestras habilidades emocionales y sociales. Si veo a Don Quijote en la televisión, no tengo acceso a la complejidad de sus pensamientos. En cambio, cuando leo la novela, me meto literalmente en la cabeza del personaje y puedo comprender el funcionamiento interno de sus pensamientos y acciones. Mejor aún, puedo experimentar estos últimos. Los investigadores se refieren a la lectura como un auténtico “simulador emocional”, en el sentido de que las situaciones vividas realmente y las experimentadas literariamente activan los mismos circuitos cerebrales. Cuando busco el significado de la palabra traición en un diccionario, entiendo intelectualmente lo que significa; pero cuando leo Madame Bovary, no solo lo entiendo, sino que experimento la traición desde el punto de vista tanto del traidor como del traicionado. Penetro en los mecanismos subyacentes y siento los estados emocionales asociados. Al final, los lectores de ficción tienen una mayor empatía y capacidad para comprender a los demás y a sí mismos. En última instancia, todos estos beneficios influyen enormemente en la trayectoria educativa y profesional de los niños. El impacto es significativo tanto a nivel individual como colectivo. Numerosos estudios demuestran que el desarrollo económico de un país, el número de patentes desarrolladas y su PIB están estrechamente relacionados con los resultados educativos. Se trata de una cuestión crucial en un contexto de creciente competencia internacional, sobre todo si tenemos en cuenta, en vista de las evaluaciones Pisa ya mencionadas, que las diferencias de rendimiento, no solo en lectura, sino también en matemáticas, son cada vez mayores entre las naciones de la OCDE y los países asiáticos. A menudo oigo que los más jóvenes nunca han leído tanto gracias a internet. Por desgracia, la lectura digital es un 3% de su tiempo de pantalla Por supuesto, podemos vivir sin la lectura. No es esa la cuestión. Lo importante es que entonces perdemos una parte esencial de nuestra humanidad. No es casualidad que los libros hayan sido el blanco de tiranos de todo tipo desde el principio de los tiempos. Los nazis quemaron más de 100 millones de libros y, como ha demostrado el filólogo Victor Klemperer, se embarcaron en un proceso de empobrecimiento del lenguaje digno de la neolengua de Orwell en 1984. Hitler decía que la literatura era veneno para el pueblo. En Un mundo feliz, de Huxley, solo una pequeña casta posee aún las herramientas del pensamiento y del lenguaje. El resto está compuesto por técnicos celosos, formateados para adaptarse con la mayor precisión a las necesidades económicas, atiborrados de entretenimientos absurdos, privados de las herramientas fundamentales de la inteligencia y felices con una servidumbre que ya ni siquiera son capaces de percibir. La lectura es el antídoto más seguro contra esta pesadilla porque, a través de su efecto en el desarrollo intelectual, emocional y social de nuestros hijos, dibuja el camino más seguro hacia la emancipación. Como dijo Ray Bradbury, autor de la novela futurista Fahrenheit 451: “No hay que quemar libros para destruir una cultura. Basta con conseguir que la gente deje de leerlos”. Ante este desastre incipiente, muchos culpan a la escuela. Sin embargo, el entorno familiar desempeña en esto un papel esencial, sobre todo a través de la lectura compartida, que es la única manera de que los niños adquieran progresivamente el lenguaje avanzado de la palabra escrita y, en última instancia, una vez adquiridas las bases de la descodificación, lean por sí mismos. Esto no quiere decir que la escuela sea ineficaz. Lo que significa es que el tiempo escolar disponible y el número de niños por profesor no permiten un trabajo óptimo. Todos los estudios demuestran que, en lo que respecta a la lengua y la lectura, la escuela no con­sigue compensar las desigualdades sociales. En España, según los datos procedentes de Pisa, la diferencia de competencias entre el cuarto más aventajado y el menos aventajado de los alumnos de secundaria representa cuatro años de aprendizaje. Es una diferencia descomunal. El problema solo puede resolverse mediante una acción focalizada, temprana y masiva dirigida a los niños menos favorecidos. También necesitamos un amplio programa de información para los padres, sobre todo para los desfavorecidos. Cuando explicamos a estos últimos la importancia de hablar con sus hijos, de leerles cuentos desde muy pequeños, de llevarlos a la biblioteca, los efectos en el lenguaje, el desarrollo cognitivo, la concentración o el vínculo familiar son considerables. Todo es cuestión de voluntad política. Los costes ocasionados se verían ampliamente compensados por el ahorro posterior (logopedia, fracaso escolar, etcétera).